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Nuestro Georgie

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Jorge Luis Borges murió hace treinta y tres años. El homenaje que pretendemos rendirle al gran maestro de las letras argentinas son apenas unas pocas líneas donde otra grande, ¡enorme!, como Umberto Eco se vio hechizado por la narrativa del argentino. Un cruce de titanes.

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POR LALA TOUTONIAN

«Todo lo arrastra y pierde este incansable
hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
de tiempo, que es materia deleznable.

Un día como hoy partía Borges. El 14 de junio de 1986, contando el escritor 86 años, dejaba este mundo terrenal para finalmente descansar. Cuáles habrán sido sus últimos pensamientos, a qué recuerdos habrá apelado, cuál habrá sido la última imagen que pinceló en su juicio…

Estaba en su querida Suiza, el lugar que había elegido para su último aliento.

Sabemos que los premios Nobel perdieron credibilidad cuando no se lo otorgaron a nuestro Jorge Luis. Lo que también sabemos es que a pesar de la falta de reconocimiento de los suecos, sí el resto de la humanidad lo considera un referente fundamental a la hora del idilio entre el lector y el autor. ¿Acaso no es Borges el maestro? Fue quien nos llenó de inquietudes y nuevas curiosidades para así adentrarnos en un universo, no, miles de universos, jamás imaginados.

De tantos grandes que se han sentido tocados por Borges, hablaremos de Eco. Corría 1977 -esto es, no había escrito El nombre de la rosa aún que vería la luz pocos años después, en 1980- y el joven Umberto Eco calificaba de extraordinaria la historia de “La busca de Averroes”, un cuento del argentino. «¿Qué es tan extraordinario en esa historia?, -se pregunta el italiano- Es que el Averroes de Borges es estúpido no en términos personales sino culturales, porque él tiene la realidad delante de  sus ojos (los chicos jugando) y no lo puede relacionar con lo que el libro le está describiendo” Esta fascinación por el texto lo condujo a comenzar el único ensayo sobre semiótica del teatro con la historia de Averroes relatada por Borges.

Pero esto no quedó ahí, se continuará la admiración de Eco por Borges para siempre. Cuando su famosa novela El nombre de la rosa llega a ser el éxito que es, se vio obligado a responder por Jorge de Burgos, su protagonista ciego… y malo: “Todos me preguntan por qué mi Jorge evoca, por el nombre, a Borges, y por qué Borges es tan malvado. No lo sé. Quería un ciego que custodiase una biblioteca (me parecía una buena idea narrativa), y biblioteca más ciego, solo puede dar Borges”. Veamos: la biblioteca es digno laberinto, además de una introducción, de típico corte borgeano, el autor (convertido en personaje narrador) encuentra el manuscrito que le sirve como fuente en Buenos Aires: “Pero en 1970, curioseando las mesas de una pequeña librería de la avenida Corrientes, cerca del famoso Patio del Tango de esa gran arteria, tropecé con la versión castellana de un librito…”

Donald McGrady publicó un ensayo para la Universidad de Virginia titulado Sobre la influencia de Borges en El nombre de la rosa de Eco donde en veinte páginas analiza la influencia de Borges en la obra de Eco. Busca los modelos de Eco basados en los de Borges y su relación es extraordinaria. Da por hecho McGrady que el prefacio entero está influido por la obra de Borges, puntualmente en Ficciones. O la compulsiva necesidad de ambos autores de citar y apelar a libros “raros”, únicos. Escribe McGrady: “A las dos obras citadas en nota por Eco corresponde una referencia de Borges a pie de página. Si Eco encontró el opúsculo de Milo Temesvar en una librería de libros usados en la calle Corrientes de Buenos Aires, sería porque en otro emporio de libros viejos en Corrientes y Talcahuano, Carlos Mastronardi había dado con la Anglo-American Cyclopaedia”. O los juegos de palabras de la novela del medioevo son un eterno loop en la obra de Georgie, lo conocemos.

Lo conocimos bien a nuestro Borges: sus sueños, sus tigres, los dorados y los azules, su sabiduría, esos libros fundamentales suyos. La identidad argentina, los fantasmas de pasados irreconciliables, sus vikingos y sus arenas y sombras. Su narrativa como testimonio de una época única, la mejor, la que contuvo al mismo Borges. Ese momento en que fue nuestro -siempre lo será-, ese universo suyo, su lenguaje como forma de expresión y su pregnancia filosófica; en definitiva, el que abrió un nuevo sino el primero, gran capítulo de la literatura argentina.

Un día como hoy partía Borges. Y el mundo ya no volvió a ser el que era.

Foto de Ferdinando Scianna

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