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La intermitencia, de Andrea Camilleri

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El gran maestro Andrea Camilleri nos adentra en un entorno sacudido por la crisis económica, proclive a excesos e irregularidades de todo tipo so pretexto de que «todo vale» para sobrevivir en circunstancias tan difíciles. Un thriller descarnado, de ritmo implacable, en el que sus protagonistas aparecen cincelados con una eficacia rotunda, casi con crueldad, reducidos a los instintos más básicos que motivan sus actos: el deseo, el odio, la venganza, o sea, en definitiva, la pura y dura erótica del poder. (Salamandra, 2019)

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«Fue entonces cuando tuvo la desgarradora certeza de la proximidad de su muerte.»

Estaba aplicándose la espuma de afeitar y primero se sobresaltó, pero luego se quedó paralizado con las yemas de los dedos embadurnadas sobre la mejilla derecha. En el espejo aparecía en la misma pose de la foto publicada en la portada del último número de Comunicazione e Impresa, revista dedicada a los ejecutivos más importantes de Italia, en cuyo interior también había una larga entrevista que le habían hecho. Unos segundos antes estaba absorto reviviendo mentalmente la cena de la noche anterior, a la que el viejo Birolli había acudido acompañado de una nieta veinteañera que quitaba el hipo, y de repente habían aparecido esas palabras. O, mejor dicho, las había leído. Pero… ¿dónde? ¿En el espejo? Sí, pero no exactamente en el espejo, sino en lugar del espejo. Y es que, durante un instante tan corto que no le había dado tiempo ni a pestañear, debía de haberse ido la luz y, en la oscuridad, el recuadro invisible del espejo se había transformado de pronto en una especie de pantalla de cine minúscula en la que había aparecido la frase en nítidas letras blancas. Y escrita en cursiva, como si se tratara del último rótulo de una película muda.

Sin embargo, no la había leído, alguien la había pronunciado en voz alta. Pero no, no estaba en el cine, estaba en su baño. Por lo tanto, sólo podía haber sido él: había hablado solo. Era la primera vez que le pasaba. O quizá le había pasado más veces, pero nunca se había fijado. ¿Cosas de la edad? ¿Con apenas cuarenta y dos años? Menuda tontería. Fuera como fuese, no podía permitirse el lujo de decir cosas sobre las que no tenía el más mínimo control. ¡Y si le ocurría durante una reunión del consejo de administración o mientras estaba metido en una negociación delicada!

Decidió ir a contárselo a Guidotti en cuanto tuviera ocasión.

Empezó a afeitarse, aunque se sentía ligeramente incómodo. «Fue entonces cuando tuvo la desgarradora certeza de la proximidad de su muerte.» Lo que más le molestaba era la poca espontaneidad de la frase. Demasiado elegante, demasiado bien construida. Él ni hablaba ni escribía así. Era una frase de escritor y él jamás se había entregado a la fantasía de la escritura, ni siquiera de adolescente, cuando los primeros amores te empujan a plasmar palabras en un papel. En realidad, era como si la hubieran proyectado desde fuera; no era posible que la hubiera concebido en su interior, él solo. Además, ¿quién era el sujeto? ¿O el objeto? ¿A quién pertenecía, en resumen, esa muerte? Desde luego, a él no. A no ser que se hubiera puesto a hablar de sí mismo en tercera persona, como hacía el viejo Manuelli. «Manuelli no sabía ni qué era una fábrica cuando entró a trabajar a los dieciséis años como aprendiz de soldador.»

Hablaba de sí mismo como si leyera su biografía. Y todo el mundo se reía de él a sus espaldas. Salió desnudo del baño y se metió en el vestidor. Se puso el reloj en la muñeca y miró la esfera. Aún tenía tiempo, faltaba una hora para que llegara el coche. Dio un paso hacia el cajón de la ropa interior, pero entonces cambió de idea. Se dio la vuelta y entró en el dormitorio. Marisa estaba dormida. Como de costumbre, no abriría los ojos antes de las diez. Le gustaba el calor, así que tenían la calefacción puesta al máximo incluso por la noche, pero en aquel momento quizá la temperatura fuera excesiva hasta para ella: estaba boca abajo, desnuda, con la sábana arrebujada a un lado; tenía los muslos ligeramente separados y una de sus largas piernas, la izquierda, sobresalía por el borde de la cama. Lo asaltó un arrebato de deseo tan imprevisto como violento.

La noche anterior no lo habían hecho, aunque él había tenido ganas: la velada se había alargado hasta las dos y, nada más meterse en la cama, Marisa había murmurado que estaba muy cansada, algo que sucedía en muy pocas ocasiones. En los cinco años que llevaban casados, raras veces lo había rechazado e, incluso, con frecuencia era ella quien tomaba la iniciativa. La miró: tenía un cuerpo magnífico, de veinteañera, que lucía con la plena conciencia de sí misma que tiene una treintañera. ¿Qué hacer? ¿Despertarla? La conocía bien, no habría sacado nada en limpio, apenas un seco y rotundo «vete, déjame dormir». Marisa se encerraba en el sueño como un polluelo dentro del huevo y ay de quien rompiera la cáscara antes de tiempo. Sin embargo, cuanto más la miraba, más fuerte y apremiante se volvía el deseo. Si no se libraba de él se lo llevaría encima al trabajo y sin duda alguna lo ofuscaría, lo haría estar menos alerta y menos rápido. Y sabía que aquella mañana no podía despistarse ni un segundo. Se acercó, se encaramó a la cama de forma que su peso no desequilibrara el colchón y luego, apoyándose en la palma de la mano izquierda, alzó la pierna hasta posar al otro lado del cuerpo de Marisa la rodilla derecha, a la que siguió la mano de ese mismo lado. Una pirueta digna de un atleta, se felicitó. Había quedado suspendido encima de ella. Descendió lentamente para salvar los pocos centímetros que aún impedían que su sexo rozara el pliegue de finísima seda que tenía debajo. Le bastó con poco. Marisa se ha despertado nada más notar que Mauro se subía a la cama, pero se ha hecho la dormida. Ha tenido que morderse la lengua para cortar el paso a la serpiente del asco que se ha deslizado desde su vientre hasta su garganta en cuanto ha sentido el sexo de su marido entre las nalgas. Ni siquiera se ha movido cuando, al cabo de una eternidad, él ha terminado y ha vuelto a meterse en el baño. Pone mucha atención para descifrar los ruidos procedentes del vestidor.

Bueno, ahora ha bajado a la cocina a desayunar. Se levanta con cautela, corre descalza hasta el baño para limpiarse la inmundicia que se le ha quedado pegada a la piel y luego vuelve a acostarse. Pero ¿cómo es posible que no lo vea? ¿Cómo es posible que no se haya dado cuenta de que todo ha cambiado, de que ya no soporta que la toque? Hace un mes que… Antes era una oruga, pero ahora alguien la ha convertido en mariposa. Y es que desde hace unos días ya no sólo se siente capaz de andar, sino también de volar. Como por un milagro, todo sucedió en cuestión de tres horas una tarde que, en principio, iba a ser como cualquier otra. Es consciente de que ya no podrá volver a dormirse. Al cabo de un rato vuelve a levantarse, se asoma al pasillo y se acerca a la escalera que lleva a la planta baja. Escucha. Mauro ya debe de haberse ido.

Vuelve al dormitorio, coge el bolso, saca el móvil, lo enciende y llama a un número.

—¡Sorpresa! ¡Buenos días, amor mío!

—¡Buenos días! ¿Qué haces despierta a estas horas?

—A Mauro se le ha caído algo y me ha…

—¿Cómo fue lo de anoche?

—¡Un tostón!

—¿Y qué haces ahora?

—Estoy en la cama, desnuda. ¡Me gustaría tanto estar contigo! Oye… no te enfades, por favor, pero ¿me recitas uno?  

—¡¿Ahora?!

—Sí, sí.

—Amor mío, es que ahora no es un buen momento: estoy de camino al despacho, no llevo el manos libres y hay un tráfico horroroso.

—Venga, hazme ese favor, uno muy muy cortito.

—Bueno. Marisa se pone la mano entre las piernas.

—«Redondo hasta el punto de darme tormento, / un muslo separas del otro. / ¡Dilatas tu furia una agria noche!»

—¡Sigue, sigue!

—¿Eh? ¡No, mujer! ¡Ya está bien! ¡Eso es todo!

—¿De quién era?

—De Ungaretti.

—No he entendido mucho, pero me ha gustado. ¿Llegarás esta tarde a las cinco?

—Creo que sí.

—Es que no puedo más. Hace una semana que…

—Yo tampoco. Perdona, amor mío, pero estoy conduciendo y…

—El desayuno está servido, dottore.

 

Él ni siquiera le contesta y sigue haciéndose el nudo de la corbata. Anka, la asistenta, se marcha. ¡Cómo insistió su padre para que la contratara! Probablemente se la había beneficiado de todas las formas habidas y por haber durante unos meses y luego, cuando se cansó de ella, como suele pasarle, se la encasquetó a él. Anka es una rumana entre los treinta y los cuarenta años; guapa, ni que decir tiene, con un culo y unas tetas increíbles, que habla un italiano perfecto y que en su país consiguió el título de aparejadora. Su tarea principal es espiar, contarle a su padre cómo se porta, si bebe demasiado, si de vez en cuando se mete una raya… Eso lo entendió enseguida.

Por otro lado, también su secretaria, Giuliana, es una simpática herencia de su padre. Claro que al menos con Giuliana… ¡Mierda! ¡Cuánto pelo se le está cayendo últimamente! Y además tendría que ponerse un poco a régimen… Ya ha llegado al último agujero del cinturón. Baja al comedor. Después de los tres años que pasó en Estados Unidos, adonde su padre lo mandó a perfeccionarse, Beppo ha adoptado la costumbre de desayunar a la americana. Se sienta de forma que da la espalda al retrato de tamaño natural de su padre, que el viejo se empeñó en que colgara en el comedor con el único objetivo de recordarle constantemente quién paga desayuno, comida y cena. Desmonta con parsimonia todo el castillo de bandejitas, platitos, cuenquitos, vasos, jarritas, tacitas y teteras preparado con detenimiento por Anka.

—Su secretaria al teléfono. Quiere saber si hoy tiene que pasar a recogerlo —anuncia con una sonrisilla en los labios, la muy puta.

—Sí, muy bien, que venga. Lleva seis meses sin carnet. Se lo quitaron por embestir a un viejo agilipollado que iba en bici y que salió volando por los aires. Y ni siquiera fue capaz de morirse, el muy imbécil. Un mesecito en el hospital y listo. Él ya creía que se había ido de rositas, pero tenía que pasar por allí el típico mamón que en lugar de tocarse los cojones prefiere ir a tocárselos a los demás. El tío consiguió apuntar la matrícula de su Mercedes y dársela a los carabineros. De no haber sido por su padre, la cosa podría haber acabado peor. Por eso Giuliana se ofrece a ir a buscarlo. Aunque antes llama por teléfono, porque a veces él pide un taxi o un coche de la empresa. Mira la hora, se levanta, le dice a Anka:

—Cuando llegue Giuliana, hágala pasar a mi estudio. Acaba de sentarse detrás del escritorio cuando suena el teléfono. Es la línea directa con su padre.

—Hola, papá.

—Hola, Beppo. Oye, hoy no voy a trabajar, que he pasado muy mala noche. A los setenta y cinco años, pasar la noche con una menor debe de resultar agotador. Hace poco que el viejo ha descubierto la carne fresca y le ha entrado hambre.

—Sólo quería decirte que esta mañana mejor que Mauro no te vea. Mantente alejado, ¿entendido?

—¿No quieres que vaya al despacho?

—No he dicho eso. No hagas como si no me entendieras. Lo que digo es que mejor que no te vea.

—Muy bien, papá.

—Adiós.

Pega un buen manotazo en la mesa. ¿Es o no es el subdirector general? ¿Cómo es posible que Mauro de Blasi pretenda y consiga que él no esté presente cuando hay que tomar decisiones importantes? ¡No es ningún niño, cojones! ¡Tiene cuarenta y cinco años y la cabeza encima de los hombros, joder! ¡En fin, muy pronto le dará una lección a ese hijo de la gran puta que se cree Dios en la Tierra desde que ha salido en la portada de una revista!

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