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Una forma de entender el mundo

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En Cuentos completos de Evelio Rosero (Tusquets) se adivina o, mejor, se aprecia, la idiosincrasia colombiana. El paso del tiempo con sus tiempos líricos, poéticos, le confieren un aura hasta de desencanto. Toda la narrativa breve de uno de los autores caribeños vivos más importantes. 

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POR HIPÓLITO AZEMA

En los Andes colombianos existe una ciudad que se llama Pasto. Esa ciudad, que alguna vez perteneció al imperio inca y de la cual los historiadores no pueden ponerse de acuerdo ni en la fecha de fundación ni en quién fue exactamente el fundador, parece una ciudad ficticia, un ámbito para que se desarrolle una historia de realismo mágico. Pero no. Existe. Y es la ciudad en la que Evelio Rosero (Bogotá, 1958) pasó su infancia.  

Tusquets acaba de editar en nuestro país Cuentos Completos, un libro que en realidad son cuatro. Cualquier volumen de textos completos, por lo general, contiene piezas que son muy disímiles entre sí. Quizás esto se explique porque suelen estar producidas a lo largo del tiempo y, aunque usted no lo crea, los escritores también son personas que sienten, piensan y experimentan cosas muy diferentes a lo largo de sus vidas. Sería muy extraño que la producción intelectual de alguien a sus, digamos, veinte años, fuera similar a la producida a sus, digamos, cincuenta. ¿Somos la misma persona a nuestros veinte que a nuestros cincuenta? ¿Qué es lo que nos hace ser quienes somos, lo que determina nuestra esencia? ¿Hay algo a lo que podríamos llamar esencia? No nos volvamos tan metafísicos y volvamos a Rosero.

Otra constante de los volúmenes de “cuentos completos” es que se limitan a recopilar los textos en el orden en el que fueron publicados con anterioridad (la mayoría de las veces hasta respetando el título del volumen original) y, a lo sumo, agregan algún epílogo de inéditos. En el caso del de Rosero, la división por “capítulos” (como él mismo la llama) no responde a esta lógica sino que se estableció especialmente para este libro. A veces no parece que el lector estuviera frente a libros distintos: parece que estuviera frente a diferentes escritores. Rosero tiene muchas facetas. Y las sabe aprovechar.

El primero de los capítulos se llama “Desnudas”. Los cuentos que lo integran están protagonizados por mujeres, siempre extrañas. En algunos casos se narra la violencia de lo cotidiano, de lo que nos pasa desapercibido en el día a día (siguiendo la teoría borgeana de “Kafka y sus precursores”, en cuentos como “La mujer que se comió a su lora” es imposible no pensar en Samanta Schweblin) y en otros, muy interesante para leerlo en la época en la que nos toca vivir, está la historia que narra lo espantosa que puede volverse la vida cuando el matrimonio se transforma en una cárcel elegida, cuando dejamos de encontrar cosas que nos generen entusiasmo, y cómo no es tan difícil que sea ese el disparador de una mentalidad xenófoba y clasista.

El segundo, “Bogotanos”, es quizás el capítulo cuyos textos son más homogéneos entre sí. Tiene una clara impronta social, donde la venganza y la violencia están a la orden del día (“Nadie se hace cargo del cadáver” es una mini obra maestra de cómo el género fantástico puede ser una herramienta muy eficaz a la hora de hacer una feroz crítica social).

“Figuraciones”, el tercero de los capítulos, reúne los textos más por ser diferentes al resto que por cualidades comunes entre sí, una especie de cajón de sastre donde van a parar todas las misceláneas que no encajan en otro lado. “Las horas inmóviles” y “Los tenderos” son, quizás, los mejores cuentos del libro. Finalmente, el último de los capítulos “Cuentos cortos”, tiene un criterio formal más que temático: como su nombre lo indica, está compuesto por textos de una página, de muchos de ellos casi podría decirse que son más ejercicios o experimentos literarios que textos acabados, donde se tensan los límites de lo que soporta una narración, casi una prosa poética surrealista. En nuestros tiempos podríamos confundirlos con posteos de alguna red social.

Pero también hay un hilo conductor que sobrevuela todo el libro, y ese hilo es lo mejor del fantástico “a la latinoamericana”, que es una manera un tanto particular de entender el género. Hay algo de lo ominoso, del mal siempre al acecho, pero también de la grieta amable que se abre en la realidad, esa que Cortázar o García Márquez tan bien supieron explorar. Pero en la cuentística de Rosero también está presente el espíritu de Kafka, y ahí la cosa cambia un poco. Se pone más interesante.

Otro de los hilos conductores que atraviesan los cuentos producidos por Rosero a lo largo de veinte años es la presencia de personajes (y, en muchos casos, narradores) niños. Es inevitable pensar en Silvina Ocampo y en cómo lo siniestro empieza a tomar forma cuando un niño dice o hace cosas que a priori no nos parecen propios de la inocencia que se espera en esos casos (en “Casa” el narrador llega a dudar de si se trata de niños o de enanos por el tenor de las obscenidades que dicen). Quizás “Con los zapatos desamarrados” sea el mejor ejemplo. A veces, también, narra un adulto cosas que le sucedieron cuando era niño, y la voz, que en un principio no es infantil, lentamente se va infantilizando, sumergiéndose en la atmósfera de lo que está contando hasta hacernos dudar de quién es el que está hablando. En “La duda”, incluso, el narrador dice acordarse de una experiencia que tuvo en el útero materno. Son personajes que no avanzan, que están paralizados en el niño que fueron y no logran desenvolverse con naturalidad en la vida adulta. Además, los padres, casi siempre ausentes, cuando están son figuras violentas, que se limitan a dar coscorrones o aparecen solo para volver a desaparecer sin dejar ningún rastro.

Consultado acerca de la particularidad de llamar “Cuentos completos” a la producción de un autor de jóvenes 60 años, Rosero responde que “Son completos porque desde hace 20 años no escribo cuento, ni creo que vuelva a hacerlo jamás. Me ganó la novela. Eso sí, soy un lector de cuentos devoto. Y en mis novelas el cuento alumbra por todas las esquinas. Siempre he dicho que en todas mis novelas estoy escribiendo cuentos, incluso cada párrafo lo pienso con las arquitecturas solemnes y certeras del cuento; cada capítulo tiene que ser un cuento, y así sigo escribiendo cuentos hasta que la novela se ha hecho”. Alguien dijo alguna vez que la diferencia entre un novelista y un cuentista es esencial: radica en la forma en la que entiende el mundo. De ser así, con toda certeza Rosero es cuentista. Y de los buenos.

 

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