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¿Un baión para el ojo idiota?

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Recuerdos que mienten un poco – Memoria – En conversaciones con Marcelo Figueras, del Indio Solari (Sudamericana) es un diálogo ¿abierto? entre el entrevistado que elige cuidadosamente de qué hablar y el entrevistador que lo conoce a fondo. Un libro esperado por muchos, tanto fans como detractores. Solari tiene historia para contar y siempre con ese tono enigmático que se ocupó de crear a lo largo de su carrera. Aquí la reseña de Estación Libro.

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POR PABLO DÍAZ MARENGHI

 

Ya desde el título Solari advierte: lo que se leerá a lo largo de las siguientes 864 páginas no necesariamente serán versiones fidedignas de los hechos que rodean su vida. En el prefacio asevera: “Aquellos que nos tomamos en serio la experiencia psicodélica aprendimos a desconfiar de todo otro tiempo que no sea el presente”. En esta ambivalencia se inscribe Recuerdos que mienten un poco, el libro de memorias que realizó el Indio junto al periodista y escritor Marcelo Figueras a partir de conversaciones mantenidas a lo largo de dos años. Respetando un formato dialogado de pregunta-respuesta, el mítico líder de los Redonditos de Ricota se explaya en un recorrido pormenorizado que va desde su infancia, su juventud bohemia y su trayectoria musical entera: analiza toda su discografía ricotera y solista recorriendo etapas consagratorias, idílicas y, por momentos, trágicas.

Este volumen monumental, que será del agrado del fan o de cualquier melómano, funciona como un testimonio valioso de un personaje clave para la cultura argentina (fue distinguido como “de interés cultural” por la Legislatura). Permite ahondar en un universo complejo que fue construido, en gran parte, de manera opaca y críptica. El cantante echa luces sobre las sombras pero, fiel a su estilo, no reniega jamás del misterio.

El libro está estructurado en veintisiete capítulos recorridos por cuatro grandes ejes temáticos: una primera parte que gira en torno a la infancia, memoria personal e intimidad de Solari, seguida por sus años de bohemia en Valeria del Mar, Brasil y La Plata; un recorrido en profundidad por Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (desde su génesis, pasando por la consagración del mito hasta su disolución), un apartado dedicado a su obra solista y algunos capítulos puntuales sobre hechos trágicos que cobraron su propia dimensión de su biografía, destacándose el caso Bulacio y las muertes ocurridas durante el último concierto de Solari con Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado el 11 de marzo de 2017 en Olavarría.

El Indio es verborrágico y, fiel a su estilo, desnuda una verba ilustrada. Intercala recuerdos con citas de películas, obras y autores. Se pronuncia acerca de casi todos los temas. Habla mucho de política, donde no escatima elogios a Cristina Kirchner y críticas a la gestión Cambiemos. Sin embargo, se sincera: siempre mantuvo una actitud de desconfianza hacia la política partidaria («Me involucré en la política del éxtasis», afirma) y postula un modo de entender lo político en torno a la emancipación individual, un modo de reflexión heredero de su formación dentro de la psicodelia y el pensamiento oriental: «Si me cambia a mi, está cambiando al mundo de todos modos, de a un ser humano por vez».

«Soy un hombre de la psicodelia» dirá en más de un pasaje y resaltará el uso de drogas como parte de una experimentación personal y artística. Su discurso es tan voluminoso que, por momentos, aparecen frases repetidas de manera casi textual (por ejemplo, afirma que los Redondos, en un principio, aparecían más en la sección policiales de los diarios).

«Queríamos infectar la cultura», de ese modo describe la pulsión salvaje que lo acompañó durante los primeros años de los Redondos, allá por fines de los setenta y comienzos de los ochenta, cuando tenían una formación itinerante, eran catalogados como una joya under y su público aún provenía de cierta bohemia ilustrada y no de la “tribu de mi calle” de las clases trabajadoras. Afirma que estas primeras presentaciones eran “una explosión, una cosa demencial, dionisíaca. Teníamos una entrega muy grande, casi kamikaze». Traza un paralelismo interesante y poco frecuente con el punk por lo disruptivo de la propuesta: caos, desorden, mujeres desnudas, varios cantantes al unísono, monólogos bizarros de apertura, con Mufercho primero y luego con el inefable Enrique Symns, personaje con el cual estuvo enemistado varios años pero que recuerda con gratitud y cariño.

El libro profundiza, tal vez demasiado, en el proceso creativo de Solari. Realiza un recorrido pormenorizado tema por tema de toda su discografía. Es aquí donde muchos fans se sentirán agraciados y otros decepcionados. Si hay algo que caracterizó a la obra del Indio es el hálito de misterio que supo construir, ya desde la gestación de Patricio Rey como concepto. Infinidad de blogs, fanzines y sitios webs han surgido con el objetivo de interpretar sus letras. Aquí se encarga de derribar ciertos mitos (el de Karina Rabolini en “Tarea Fina”, por citar un ejemplo) y tal vez no era tan necesaria tanta profundización. A la vez, describe su quehacer compositivo: muchas veces parte de un título sugerente, anota frases sueltas en un cuaderno que llama “La Cantera”; un afluente discursivo inagotable del cual poder ir a buscar recursos cuando sea necesario.

Otro aspecto polémico es cuando afirma, en varios pasajes, que él “no alimentaria bajo ningún concepto esa mitología”, sin embargo su figura se engrandeció a niveles míticos desde la consagración de los Redondos hasta hoy, generando océanos de gente incondicional que, en sus propias palabras, desconoce el “sold out”. Vale entonces, hacerse la siguiente pregunta: ¿por qué no impidió o trabajó en contra de la construcción de su propio mito? También dedica varios párrafos a detallar las dificultades organizativas en tiempos redondos debido a boicoteos de la industria musical, problemas con la policía y la organización. Según Solari, se la hicieron pagar por intentar mantener una estructura ciento por ciento independiente y su público sufrió de la estigmatización generalizada.

El Indio demuestra que es una máquina de disparar máximas y frases, tal como supo construir versos que se convirtieron en grafitis del inconsciente colectivo. En este fragor discursivo se condensa su esencia, su alma y su filosofía de vida. Algunos ejemplos: “Lo que significa para mi ya fue, es pasado. Mi alma está en otra parte, escribiendo otro disco. Fijate qué te pasa a vos con esa canción, qué te inspira, qué te remueve”; “La única revolución que está a tu alcance es lo que hacés de la mañana a la noche, tu manera de vivir”; “El cantante es el representante humano del sonido, tiene que acercarse a los músicos a tirarles brasa”; “Proponíamos la salvación a través del caos, un escape a la vida ordenada y predictible. Yo fui siempre dionisíaco y lo sigo siendo. Un hedonista ético”; “No podés escribir sobre algún riesgo si viviste toda la vida entre algodones”; “Escribo desde un temperamento formado por el hecho de haber corrido riesgos”.

Amado por muchos y odiado por otros, el Indio da sus explicaciones sobre el caso Bulacio y la actitud de la banda que eligió el perfil bajo antes de “colgarse” de la causa; expresa su congoja ante la tragedia de Olavarría y da a entender que no tocará en vivo nunca más. Da su versión de los hechos sobre el fin de los Redonditos (corroborando aquella famosa polémica por el registro audiovisual de los conciertos con la Negra Poli y Skay, al que también elogia como guitarrista, donde sintió una traición sin retorno) y afirma que nunca hicieron rock barrial, que él escuchaba otra música y siempre apuntaba hacia otro lugar. Que hasta incluso se equivocaba y lo que a él, en un principio, no le agradaba (el estribillo de “Ji Ji Ji” o la canción entera “Mi perro dinamita”) era lo que después la terminaba pegando. Quizás por eso en un momento de esta extensísima charla transmutada en libro suelta, con un dejo de melancolía: “Me voy a ir sin entender qué pasó con mi vida, cómo es que terminé siendo el Indio Solari”.

 

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