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Rafael Toriz lee a Mark Fisher

 

Cuando Fisher decidió partir un par de años atrás, sabíamos que necesitaríamos de todos sus textos revisitados porque ya no tendríamos un nuevo Realismo capitalista, por ejemplo, aunque Los fantasmas de mi vida fue un modo de recuperarlo. Hoy Caja Negra nos alcanza la primera parte de su k-punk, ese compendio de pensamientos que se volvieron su alter ego. Aquí, Toriz y su crítica cultural.

 

 

 

POR RAFAEL TORIZ

 

 

k-punk o los motivos para ser salvaje

Aunque ahora parecieran hechos sucedidos en una época lejana, hubo un tiempo (no hace tanto), en que las esperanzas democráticas de la red fueron una utopía al alcance de la mano. Entre las buenas intenciones de algunos disidentes como Richard Stallman, Linus Torvalds o John Perry Barlow, destacaban los análisis de Douglas Rushkoff, quien en un libro temprano como Cyberia, Life in the Trenches of Hyperspace, no solo exploraba nociones difusas como hiperespacio o realidad virtual, conceptos que leídos desde el presente resultan indispensables para comprender las coordenadas y sobre todo el derrotero en el que derivaría el mundo digital, un entramado barroco configurado de manera irreversible como una inmensa corporación que nos vigila, constriñe y explota a niveles insospechados (en algunos casos, como el de China, de manera delirantemente infernal): nuestros son los tiempos imaginados por Orwell, Huxley y Dick, pero revueltos.

Entre las retóricas del hipervínculo de la primera década del siglo y la emergencia del insurrecto blogetariado, cobró una importancia nodal en la crítica de la cultura el blog de Mark Fisher k-punk, un espacio para el pensamiento no académico –mejor dicho, ensayístico– donde se daban cita la teoría de manera despeinada pero con swing, es decir, un pensamiento anárquico, revulsivo, lúcido y letal. Nadie como Fisher leyó un presente episódico y transversal donde la totalidad de la experiencia audiovisual –libros, música, cine y televisión– configuraban un nuevo horizonte para la opinión pública en el que la inteligencia colectiva y la horizontalidad inspirada eran una realidad y un presente emergidos desde corazón del capitalismo tardío, con auténtico espíritu punk: rabia argumentada contra la depresión ocasionada por las miserias del neoliberalismo. Por ello resulta particularmente deplorable que vivamos en el presente pegados a tres o cuatro plataformas mediocrizantes que tornan más infecta nuestra zozobra.

Pensador revulsivo y a contrapelo, lo más interesante de la publicación del libro –editado a finales del año pasado en el Reino Unido por Repeater Books, la editorial que Fisher fundó junto con otros amargos entusiastas– es que permite leer lo más granado de su producción prosística escrita bajo las exigencias de tiempo y estilo que demandaba el formato del blog. 

Nutrido por múltiples reseñas de música, series televisivas y películas –atravesadas por el trasfondo político de las primeras dos décadas del nuevo milenio– la obra se publica en español de mano de Caja Negra, que ha decidido, debido a lo voluminoso del tomo, hacer un extracto del original y publicar su selección de la selección del blog en tres tomos, una idea sensata habida cuenta los tiempos de crisis que recorren la Argentina.

La lectura fresca de Fisher no ha perdido un gramo de pertinencia; y no solo por sus aguda comprensión del mundo de Ballard, uno de sus tótems, sino por la solidez de su aparato teórico, que integra de manera provechosa, sin petulancia, amaneramiento o gratuidad a autores como Spinoza, Nietzsche, Adorno, Althusser, Jameson, Deleuze, Derrida, Baudrillard, Badiou, Zizek, y hasta Lacan; un cóctel expansivo y peligroso que no obstante es asimilado por la pasión lectora que sabe que la teoría es una herramienta para usarse y desecharse una vez que ha cumplido con su cometido. Entre los análisis de este primer tomo sorprende leer sus asegunes sobre películas como Toy Story, Children of Men o Batman Begins, pero más aún sus comentarios de series como The Americans, Breaking Bad o Westworld, por lo que resulta triste ver lo cerca que está aún de Fisher incluso desde su muerte: una desgracia para lamentar porque la vigencia de su estilo nos recuerda a su vez la certeza de su ausencia.

Crítico fuera de serie de un presente desangelado y en apariencia sin esperanza, las ondas expansivas de su lucidez aún nos tocan con el filo intacto, que se vuelve necesario en contra de la colonización digital que padecemos y sobre todo disfrutamos, como señala él en su texto sobre la mejor película de Alfonso Cuarón, Children of Men: “el daño está desarrollándose. La catástrofe no está esperando en la carretera, ni tampoco ya ocurrió. Más bien se la está viviendo. No hay un momento puntual del desastre, el mundo no termina con una explosión, sino que parpadea, se desenreda, gradualmente se desmorona”.

A la espera de los tomos por venir, no deja de ser paradójico y reconfortante que, a la manera de un boomerang, sus bombas molotov nacidas en aquel espacio mítico vuelvan en forma de libro: una garantía insobornable de que lo mejor de la civilización, su herramienta imperfectible, aún está dando la batalla.

 

 

 

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