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Rafael Toriz lee a Greil Marcus

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Greil Marcus es el crítico cultural que todos queremos ser. Despojado de academicismos, sus ensayos dan luz sobre la realidad artística mundial. Rastros de carmín (Anagrama) es la Biblia, así, sin más, que recorre los movimientos contraculturales que nutrieron a tantos. Nuestro autor lo volvió a leer y esto nos dice.

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POR RAFAEL TORIZ

 

A Damián Ortega

 

Besos de segunda boca

 

En un mundo en el que todo caduca antes de salir a la venta –o nace directamente como ruina– resulta sintomático reecontrarse con una obra que ha resistido el paso del tiempo, sobre todo en esta era de infoxicación crítica y flujos permanentes que se se disuelven y diluyen después de haber agotado su escasa vida útil: por razones que no viene al caso discutir, cada vez nacen menos clásicos contemporáneos, entre los cuales Rastros de carmín, en una nueva edición ampliada y revisada, ostenta su vigencia con el mismo vigor de hace treinta años, inmersos como estamos, más que en el antropoceno, en los tentáculos del Chthuluceno

Insigne dentro de la insigne obra de Greil Marcus, Rastros de carmín es un libro de contrahistoria cultural –erudito, fecundo, profuso y sugerente– que explora los hitos del punk no tanto como fenómeno musical sino más bien como un estallido social que construyó, sin quererlo, una ética y una estética que hunde sus raíces tanto en el anarquismo como en algunos heréticos prófugos de la Europa medieval. 

Nacido como una bocanada de aire fresco y como una bomba molotov frente a la hipocresía del mundo, el punk fue un estado del alma que cristalizó lo que el dadaísmo, la internacional situacionista y letrista, el pop y la honda impronta nihilista que recorre siglo XX bordearon y conjuraron: justo porque nada parece tener sentido en un nuestro corrupto entramado social es que vale la pena destruirlo, en un gesto inmolador que se erija, en lo que dura la llama, como una prueba de autenticidad y valor frente al páramo de mediocridad y vulgaridad burguesas de la vida en occidente (es justo mencionar que dicha vulgaridad no se circunscribe al clasemedierismo espiritual propio de la posguerra, sino también al compromiso ideológico emanado de mayo del 68, que ha subrayado con íntimo tino Laurence Debray en su novela Hija de revolucionarios, citando a André Senik: “El comunismo nos suponía muchos beneficios. Teníamos una visión del mundo, teníamos una razón para vivir, teníamos una actividad que compensaba los problemas eventuales que podíamos tener en nuestra vida privada y pensábamos que nuestras ideas eran útiles. ¡Era el colmo de la felicidad”).

La investigación de Marcus, que recoge un gabinete de curiosidades compuesto por un archivo periférico hecho de manifiestos, guiones, extrañas y desconocidas poesías, fotogramas, ensayos y artículos señeros, es ahora un documento en sí mismo que permite contar las historias del “débil declive” (la expresión es de Michel Foucault) que permite comprender la microhistoria de un sentimiento y una pasión como parte del inconsciente colectivo del siglo XX.  

Y esa es una diferencia palpable, a treinta años de la primera edición, dado que el mundo burgués al que se opuso el punk fue, en primera y última instancia, un privilegio del que ahora estamos proscritos la mayor parte de la población económicamente activa, dado que en el derecho al trabajo no es, hoy por hoy, sino una dádiva y una limosna: a decir verdad, casi un milagro (como de alguna manera puede cotejarse en algunas de las consignas de mayo del 68: “Club MED, unas vacaciones baratas en la miseria de los demás”, “Viva lo efímero”, “No trabajes nunca”, etcétera).

Otras, por el contrario, revelan las diferencias de clase, siempre tan marcada entre Estados Unidos y Europa y todos los demás: “Muerte a un mundo en que la garantía de que no moriremos de hambre ha sido obtenida con la garantía de que moriremos de aburrimiento”. Ejem. Basta mirar por encima a cualquier país de América latina, por decir algo, para comprender que en estos tristes trópicos se muere casi por todo, menos por aburrimiento  (salvo en dos o tres editoriales y sus respectivos barrios).

Para quienes crecimos con la idea de salir de una zona de confort a la que nunca verdaderamente llegamos (ni llegaremos), el libro de Marcus funciona como testimonio de todo aquello que pasó en los entresijos de la historia, tomando la distancia suficiente para aquilatar gestos y materiales y para comprender las posiblidades de radicalización y mansedumbre en el presente, menos lejanas que antaño.  Sin embargo, creo que la moraleja no didáctica late transparente en sus palabras: “Si uno era capaz de detenerse a mirar el pasado y comenzar a escucharlo, entonces podría oír ecos de una nueva conversación; de este modo, la tarea del crítico sería conseguir que oradores y oyentes totalmente ignorantes los unos de la existencia de los otros llegasen a hablar entre sí.”

 

 

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