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¿Qué es el amor?

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Esa pregunta intrépida que en la adultez enunciamos con aires melancólicos, en la adolescencia surge con la gracia de lo que sucede. Y cuando algo sucede, las palabras sobran. Algo que brilla como el mar (Debolsillo, 2019) de la escritora japonesa Hiromi Kawakami, se presenta como una novela de aprendizaje donde los vínculos -de pareja, de amistad, familiares- pasan a primer plano en la vida de su protagonista, Midori.

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Midori Edo es un adolescente que vive con Aiko, su madre, y su abuela Masako. Su padre biológico anda dando vueltas por ahí, sin poder del todo asumir su rol de padre y presentándose más como un galán algo perdido, que como un hombre adulto dispuesto a guiar el crecimiento de su hijo. Así se da inicio a esta novela de pasaje de la adolescencia a la madurez. El texto en la voz de Midori tiene algo de genuino al ir y venir entre las crisis del adolescente. Su amor por Mizue, su primera novia, está plagado de dudas. Algo nos recuerda que, si bien desde la adultez el primer amor pareciera un acontecer que con su ternura y ingenuidad transforma todo a su paso, para Midori no siempre es todo tan cándido y armonioso. Las interrogantes de Mizue, la voluntad de comunicarse sin siempre lograrlo, vertiginoso deseo de los primeros encuentros sexuales se entremezclan en el flujo de la relación. Entonces a la pregunta por la esencia de los amoroso -y sin tanto ribete rosado-, le sigue una segunda más visceral y no por eso menos profunda: quién soy yo para merecer esto. Porque si de algo se trata la adolescencia es de encontrarse en un mundo adulto que exige definiciones. Y acá entra el mejor amigo de Midori, Hanada.

Hanada es el adolescente que todos hubiéramos querido ser. Decide vestirse de mujer por ir contra la norma, se cuestiona los mandatos y se enfrenta a todas las preguntas que tememos. Hanada es el mejor amigo que acompaña y no juzga, que se lanza a las aventuras para que Midori lo siga. Es casi la representación de la libertad en una sociedad que nos enseña a domesticarla. Si en la trilogía Midori, Mizue y Hanada se configura el universo adolescente, no es menor el rol de los adultos. Aiko, la madre soltera de Midori, es una escritora freelance que pareciera vivir en una suerte de estado etéreo constante. Masaka, la abuela, es un personaje más terrenal que ordena el hogar. Juntos los tres constituyen el núcleo familiar. Las escenas que se gestan entre ellos en el texto conmueven en su sencillez y quizás ahí esté una de las claves del libro: hacer cotidiano lo singular.

En Algo que brilla como el mar, este recorrido oriental se sucede con una rítmica envidiable. Será por eso, en parte, que esta es una novela de fácil lectura, de esas que atrapan sin exigir mucho más que el dejarse llevar. Y la experiencia es bastante placentera porque, si bien la atmósfera japonesa dista mucho de los recuerdos adolescentes locales, la precisión en las metáforas y la construcción de los ambientes llevan a que sea fácil volver a sentir ese fluir de sensaciones que como adultos hemos perdido. Porque Kawakami, debemos decirlo, genera una poética precisa, prísitina, donde la naturaleza va ganando un protagonismo elegante. No es casual, entonces, que Hiromi Kawakami sea una de las escritoras más populares de Japón. Su producción literaria ha recibido numerosos premios, además de ser reconocida como crítica literaria y ensayista. Los títulos de sus libros son de un encanto tal que es difícil resistirse a la tentación de saber qué hay adentro. El cielo es azul, la tierra blanca: Una historia de amor, (2001); Abandonarse a la pasión: Ocho relatos de amor y desamor, (2011); El señor Nakano y las mujeres, (2012); Vidas frágiles noches oscuras, (2015); Amores imperfectos (Acantilado, 2016), junto con esta novela del 2010 que ahora publica Debolsillo conforman el abanico de la obra de la autora.

La pregunta que nos surge es: por qué como adultos resulta tan atractivo perderse en esta trama que va de aventura juvenil en aventura juvenil. Tal vez porque nos da la posibilidad de volver a preguntarnos por todas esas cosas que olvidamos. Mientras Midori quiere “crecer y ser libre”, el adulto lector añorará esa sensación de todavía no saber hacia dónde se va cuando se transita. ¿Cómo es el hijo cuando el padre está ausente? ¿Cómo se ama cuando no se es correspondido? ¿Cómo se perdona una traición? Estos aprendizajes vienen acompañados de una prosa de metáforas muy sutiles, bastante encantadora. Y así termina siendo este texto como una suerte de amor de verano que se empieza y termina con la sensación de que algo bueno ha pasado por ahí.

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