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Permafrost: por la vida, por la muerte

 

Entrar en la piel de la narradora de Permafrost (Literatura Random House, 2019) es asunto sencillo. En apariencia fácil de franquear, Permagel, término catalán con que Eva Baltasar tituló su primera novela, es una delgada capa de hielo que permanece congelada. El prefijo per alude a lo permanente, en este caso del hielo que, como el frío, se suele asociar a la muerte. Pero también se halla per en la supervivencia, en el hecho de seguir existiendo, de permanecer.

 

 

 

POR CAROLINA SAYLANCIOGLU

 

Permafrost combina con lucidez lo serio del deseo de muerte con la supervivencia que lo tiene como objeto de una serie. No es una autobiografía y menos aquello que llaman novela del yo. Más bien, son trazos estéticos en una ficción que, si tiene algo autobiográfico, lo tiene a partir de la narración de experiencias, o mejor aún, de la experiencia de narrar. La ficción, en Permafrost, parece advenir gracias al recurso de la poesía. De  hecho, el libro está dedicado a la poesía.

Eva Baltasar confiesa bajo el disfraz delgado, casi transparente y honesto de la protagonista que se siente bien escribiendo su novela, y que también ha sufrido por ella. La inicia con un ‘Se está bien aquí’, que de manera intencionada o no, hace partícipe al lector de esa satisfacción. En su cueva, en soledad y leyendo, así resiste la protagonista al deseo de muerte. Esa resistencia es su mejor modo de sobrevivir. Sin embargo, la idea de morir es más una certeza que un deseo. Plagada de ideas de suicidio, con lunares que ve prosperar como melanomas, la muerte triunfal es una más de las que coquetea con ella. Siempre encuentra un motivo para no matarse, alguna idea que la distrae de aquella otra idea, y así, ideas recurrentes se van anotando en un texto de supervivencia. Es que hay muchas ganas de vivir en ella, lo advierte por sus sueños, los únicos que han logrado producirle un ‘orgasmo vaginal’. Sueños de placer que la vivifican. Se ve obligada a aclarar, sin embargo, que el sexo la aleja de la muerte, mas no la acerca a la vida. Algo de la vida se le resiste a esta protagonista sin nombre. Sus amantes tienen algo de pureza, una pureza a la merced de su placer que desde la pubertad le es enseñado por una mujer. Reconoce que hace de hombre, en especial con una de sus amantes. No es que nunca se haya sentido atraída por ninguno, sino que hay mujeres con la que se es lesbiana hasta cierto punto.

La poesía, en esta autora que ha publicado diez poemarios antes de ésta, su primera novela, está al servicio de la prosa, una prosa que trata con la sexualidad y la muerte, dos canales de confluencia existencial. Eva Baltasar cuenta que el libro surgió a partir del pedido de una psicóloga que le sugirió escribir su biografía para que se ‘estructurara’. Mientras escribía se dio cuenta que le gustaba escribir prosa en primera persona pero se aburría porque tenía muy clara su biografía. Notó que empezaba a introducir “mentirijillas” para dar color al texto. Dejó la terapia, había encontrado algo que la mantendría entretenida de sus problemas. La escritura como solución, y la ficción como la nueva realidad son moneda corriente entre los que escriben. La mentira fortalece la delgada capa subjetiva de la protagonista. “Miento y pregunto, es mi estilo”. Más que en contar anécdotas, dice la autora en una entrevista, lo autobiográfico de la novela está en aprovechar la voz de la protagonista para decir cosas que ella también cree.  En la ficción, la protagonista sin nombre se inventa algunos. Son sus categorías existenciales. “La lesbiana” es uno de esos nombres que compite con “la hija”, “la hermana”, “la amiga”, “la ex universitaria”, “la lectora”, “la vecina”, etc., etc. “La lesbiana” sabe cómo es estar con una mujer, se lo preguntan y lo explica con más de una metáfora de poderoso ingenio narrativo.

La madre dominante, la casi imposibilidad de despegarse de su pezón, la madre sentada sobre las costillas de su niña, el amor absoluto de madre, la culpabilidad aniquiladora y, por fin, el miedo, son la antesala de una novela familiar que logra escribirse a pesar a la delgada capa resquebrajada de Permafrost. El relato de recuerdos infantiles con lujo de detalles muestra cómo se construye una fantasía que sostiene una posición sexuada. La descripción de escenas vistas y oídas configura un mapa erótico cuyas rutas serán tanto la masturbación como las elecciones amorosas. El amor la tiene difícil, pero no por eso deja de asomarse aunque sea en amagues trágicos. La protagonista nota su acusado instinto de conservación. El devenir de la novela insistirá en él. Amor, ceguera y parentesco se reúnen. La narradora enseña que, así como la muerte, el deseo de ser madre también es transferible, incluso para alguien que reniega de su vida, que cree que nacer es una desgracia, o también para una tía responsable. ¿Solución al vacío existencial? Tratar al libro como un poema lo es para Eva Baltasar, quien también deja un minúsculo lugar a la risa. Pensar en la ruleta rusa e imaginarse con un revólver en la mano…”creo que se me escaparía la risa, las cosas nuevas siempre me la provocan”. En cuanto a la novela (cuya etimología en latín se refiere a lo nuevo, novus), es creíble en esta ópera prima el “se está bien aquí” con que la inicia la autora.

 

 

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