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Panfleto, de María Moreno, o cómo ser mujer hoy

 

Panfleto, esa genialidad (y van…) de María Moreno (Literatura Random House), es leída desde el inconsciente. O como dice la autora, como respuesta inclusive a futuras inquietudes. Los textos que aúnan este título se devoran con avidez, se analizan con precisión quirúrgica y se disfrutan. Que es todo lo que esperamos de un buen texto. La psicoanalista Carolina Saylancioglu así lo leyó.

 

 

 

POR CAROLINA SAYLANCIOGLU

 

 

Como una fruta que ha madurado con el tiempo, el estilo de María Moreno ha adquirido algo del gusto de sus lectoras, esas que ella imagina como futuras pero que hoy, movilizadas por un feminismo renovado, encuentran en Panfleto una contestación. Si la dulzura de la madurez pudiera transcribirse en la forma, podría decirse de sus textos posteriores al 2000 que son dirigidos, le hablan al lector, a una lectora, más bien, para la que prescinde de sus barroquismos de antaño, los que suple con algún saber sobre el sexo. Esto no implica, para nada, hablar sobre sexo, sino saber de los rodeos posibles para lo imposible: escribir la relación sexual. 

Panfleto (del inglés pamphlet: folleto u hoja de propaganda política o de ideas de cualquier clase) reúne textos que habían sido publicados en distintos espacios entre 1988 y 2018. La autora los ofrece como “hojas de un cuaderno”. De estas hojas se puede aprender que un feminismo que desconoce sus antecedentes es ineficaz, y que todo discurso se funda en tradiciones, costumbres, por más traicionadas que éstas pretendan ser por parte de la revolución que se espera del futuro. Se puede aprender que cuando se pierde la función de la metáfora es la muerte, o el lenguaje en su dimensión mortificante, lo que se abre paso sobre los cuerpos; que esta dimensión del lenguaje, así como aquella otra que vivifica, es fundante de lo humano; que hay, como dijera Laura Klein, referencias bibliográficas y autoras que solo María Moreno encuentra; que la retórica es una forma de heráldica y resulta, en este sentido, una flecha política. Se puede aprender de María Moreno que el psicoanálisis ha servido y sigue siendo eficaz a los fines emancipatorios no solo de las mujeres sino de cualquier disidencia en el deseo; que, aun si se lo confronta teóricamente, su discurso tiene un gran poder de orientación para quien escribe, para el artista o, incluso, para quien lo ignore, dado que se ha ganado una transferencia universal, por más negativa que se demuestre a veces; que el amor hace lazos: de Uma Thurman a Mauro Cabral, de Adán y Eva a Michel Foucault, de Paul B. Preciado a Freud… ”¿Quién puede evitar que las palabras lleven a otras palabras?”

El conventillo de María Moreno incluye provocación y goce pedagógico. No teme excitar y toma el riesgo de ser arrancada de sí misma. Propone que hablar de literatura femenina es hablar de erotismo. Se mofa un poco de las histéricas que afelpan el falo, de aquellos que escriben a dúo sin revelar cómo lo hacen. Rescata a la sociedad antigua por creerla menos “falócrata” y más progresista que la actual, y encuentra sensualidad en los Nambinquara -la tribu que fascinó a Lévi-Strauss- revolcados en la arena o metidos entre los matorrales, hablando de sexo, siempre de sexo, y echando ramitas a la hoguera para no dejar que se apague.

La infaltable alegoría de los años sesenta, esos ladrones de historia en los que Eros quedó tan escrito como una pared parisina de mayo del 68, en los que ya se reconocía el mandamiento laico “¡Goza!”, que convertía al desobediente en un paria social. “Obedecíamos pero lo ignorábamos” en la confusión caliente y esperanzada que equiparaba al deseo con el deseo sexual, cuando “románticas puritanas” disfrazadas de kamikazes de alcoba se reservaban el corazón para la edad de la discreción mientras se entregaban como “colonizadas del vecino” al primer psicópata, con tal de no ser sometidas al entonces paralizante anatema de ¡histérica! 

Enamorada de las victorianas eminentemente travestidas no solo para amar tanto a hombres como a mujeres sino por una búsqueda estética y moral, cultora del sadomasoquismo, siempre y cuando el malentendido no termine con la muerte de alguno de los jugadores, coquetea en alguna época con esa parte de sombra necesariamente presente en todos. Reconoce lo imposible de “hacerlo en masa” y lo risible de la revolución cuando afirma la permanencia de un deseo un poco al sesgo de las revueltas políticas. Se entrega sabiamente cuando, ridiculizándose un poco, y luego de haber experimentado la violencia del amor pasión, se convierte en un Sócrates de setenta y cuatro años que afirma: “Basta de sexo: al fin soy libre”.

Una bisexualidad que no cesa de ser proclamada se topa, para su desgracia, con la querella de la autora frente a los significantes de una anatomía que sabe de sus partes perdidas pero que retorna en supuestas “representaciones de la feminidad”. Es que aun sabiendo que no hay lo propio de la mujer, que no lo habrá nunca, se sirve de César Aira para decir que “la literatura consiste en volverse mujer de un modo u otro”.

Pero, “¿Se puede escribir el inconsciente?”. Dejando de lado la pretensión de equiparar verdad y escritura, y sabiendo que el inconsciente también miente, se puede leer, más bien, a alguien que escribe para que la palabra sea lo real. Una mujer que escribe trabajando su muerte porque “el hecho de no separar la angustia de la zozobra intelectual constituye paradójicamente el más agudo de los sufrimientos físicos”, y para María Moreno la simpatía no alcanza para atenuar la ocasión de sufrir de la cerrada la matriz del lenguaje. 

 

 

 

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