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No lo perdono

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Desde que los hijos de genocidas se atrevieron a ponerle voz a sus historias, que se conoció desde un ángulo diferente, esto es desde la intimidad, cómo fueron esos hombres que participaron de la dictadura militar como cómplices de torturas y desapariciones. Esos capítulos aparte que merecen quienes además expropiaban los bebés de las parturientas luego de asistirlas a dar a luz, de algún modo resulta una nueva forma, una aún más morbosa y cruel, de las atrocidades cometidas. Aquí la reseña de un libro crudo, difícil de digerir, necesario.

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POR VICTORIA MANSILLA

No lo perdono – El testimonio de Érika Lederer, hija de un médico obstetra genocida, de Guillermo Lipis resulta un título más que contundente desde la misma tapa. Con un prólogo que invita a la lectura desde el análisis por parte de Daniel Rafecas, las poco más de doscientas página se leen de un tirón. La legitimidad de lo testimonial lo vale.

“Memoria, Verdad, Justicia. Un eslogan que Érika va a poner siempre por delante de todo, incluso sus propias conveniencias. La decisión de hacer pública su historia sin duda va también en ese sentido. Y no deja de ser un aporte más para seguir soñando, como sociedad, en darle un adiós definitivo a la cultura autoritaria que tanto mal nos ha hecho y tanto mal nos sigue haciendo como sociedad”, termina diciendo Rafecas en su pie introductorio.

Quizá, haciendo una triste analogía lingüística, Lederer apela a una figura, a una voz que da forma a la época más negra de nuestra historia: “A veces para sobrevivir hay que desaparecerse, y fueron muchos años de desaparecerme como sujeto”, comienza diciendo la hija de Ricardo Lederer. El doctor Lederer era obstetra y fue el segundo jefe de la maternidad de un centro clandestino de detención durante la dictadura argentina. Como tal, Lederer fue cómplice genocida como ejecutor apropiador de bebés de mujeres que daban a luz estando detenidas ilegalmente en Campo de Mayo.

Su propia hija dice que, además,  estuvo involucrado en los “vuelos de la muerte”, cuando arrojaban detenidos-desaparecidos al Río de la Plata, y que luego se sumó al movimiento carapintada, un grupo de militares que intentó sublevarse durante el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. También dice, entre tantas cosas, que su padre era nazi y que no se hubiera quedado con ninguno de esos bebés con tal de no sentar a un judío en su mesa. A pesar de estos hechos -y todos los relatados en el libro-, Lederer vivió en libertad, hasta que se suicidó en agosto de 2012, luego de haberse difundido la restitución de identidad del nieto recuperado 106, Pablo Javier Gaona Miranda. En esa instancia se supo que con su firma había avalado la identidad falsa con la que se lo entregó a sus apropiadores.

Guillermo Lipis es periodista. Escribió en El Porteño; Nueva Sión (que dirigió entre 2000 y 2008); Página/12; el suplemento Enfoques del diario La Nación, donde realizó artículos especiales desde Medio Oriente; y colaboró para la edición latinoamericana de Le Monde Diplomatique. Tras tantísimos trabajos, en 2004 fue consultor en la Oficina Anticorrupción del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, para la Dirección de Planificación de Políticas de Transparencia; y en 2005 reorganizó el Departamento de Prensa de la Superintendencia de Servicios de Salud de la Nación. A partir de esto publicó Zikarón – Memoria. Judíos y militares bajo el terror del Plan Cóndor (2010). En 2012, el Canal Encuentro estrenó la serie documental Sara Rus, tengo que contar, del que fue coautor y coguionista. Actualmente es secretario de redacción en la agencia nacional de noticias Télam, donde se desempeña como editor de la sección Sociedad. Lipis es quien ejecutó esta larga entrevista que vuelca en forma de crónica, siempre desde una mirada personal y hasta de involucramiento.

Érika es la primera hija del capitán médico Ricardo Lederer, es abogada y se especializa en Mediación Familiar y trabaja en contextos de encierro, lo que no sorprende. Como ella misma lo define, esto es “hacer magia; aportar herramientas para construir una historia alternativa, que sea habitable para la persona”. No lo perdono es su propia historia: su infancia, el momento en que descubrió las actividades del padre, el vínculo con su familia, sus años escolares, el nazismo naturalizado y la consecuencia de los abusos de autoridad. También describe la vida en su casa paterna, la vergüenza, la soledad, la traición, su estudio del Derecho y el sentido de la justicia, el amor, sus reflexiones acerca de su posible identidad judía, la toma de conciencia sobre los derechos humanos y el vínculo con sus hijos. Criada en el seno de una familia de clase media profesional, asistió a un colegio privado de la colectividad alemana de Villa Ballester, donde comenzó a leer sus primeros libros de filosofía. Integró el grupo fundador de “Historias desobedientes” y, posteriormente, “Ex hijos y ex hijas de genocidas por la Verdad, la Memoria y la Justicia.

Como destacábamos más arriba, su padre fue médico obstetra, soldado comando y partícipe del alzamiento carapintada del cuartel de La Tablada en 1987. También se lo sindicó, en el libro Nunca Más, como “el loco con pretensiones de depurar la raza”.

Este libro es una larga sesión de terapia de la propia protagonista: relata el arduo trabajo interno para asumirse como hija de un represor, la decisión de no cambiar su apellido y su vinculación con otros hijos de represores enfrentando a su pasado, a su propia historia y hasta revela aspectos desconocidos de la trágica dictadura argentina 1976-1983.

Cómo lidiar con los demonios, se pregunta el lector. Uno no puede menos que involucrarse y hasta ponerse en su lugar, ¿cómo reaccionaría uno al saber semejante verdad? ¿Puede uno reconciliarse con un ser amada a pesar de semejante devenir?

“Llevo constantemente sus crímenes en mi mente. Son sus crímenes, su vergüenza, por lo menos lo pagó con su vida”, dice la hija del represor. El libro es un diálogo muy crudo entre el periodista y la abogada, conocer los pormenores de las vidas personales, su día a día, esos odios a flor de piel transmitidos. Como ejemplo, relata Lederer hija, la crueldad del padre era ejercida en la misma familia: “Lo hizo con mis abuelos –relata- cuando se enteró de que la madre tenía cáncer de cólon, fue a ver a su padre y le contó sobre la enfermedad de su esposa. Mientras se lo decía mi abuelo sufrió un ACV y esa misma noche murió”. Pero esto no quedó ahí. La madre del represor fue internada poco después en un geriátrico, porque su hijo (el genocida) quería alquilar la casa de sus padres. La anciana no pudo superar la pérdida del marido, el desalojo de su propia casa y así fue como dejó de alimentarse y de ingerir líquidos para morir una semana más tarde.

Un testimonio sin anestesia, espantoso por donde se lo mire y una lectura fundamental para entender nuestra historia y la crueldad del hombre.

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