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Mis tíos gigantes, una novela para los más chicos (y no tanto)

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En su nuevo libro, uno de los escritores argentinos más destacados de la literatura infantil, Nicolás Schuff, revela un poco de su oficio y mucho de sus sueños e inquietudes, en una historia de antihéroes donde su alter ego (o alguien muy parecido) se junta con estos excéntricos integrantes de la familia. Desmedidos en todo sentido, los protagonistas de Mis tíos gigantes (Loqueleo) desconciertan y divierten con ternura y aspereza en partes iguales, una combinación que sólo su joven y querido sobrino podrá soportar (y contar) con tanta paciencia como imaginación.

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POR EUGENIA TAVANO

 


Uno de los primeros hitos en la vida social de la infancia es aprender a comportarse cuando llegan las visitas. Después de entender que hay que saludar con amabilidad (con la cara y las manos limpias, para no hacer papelones a la hora de poner la mejilla o chocar los cinco) y concentrarse en mantener, con gracia ligera y firmeza estoica, eso que llaman los «buenos modos», niños y niñas del mundo advierten lo siguiente: que los invitados pueden ser muy bienvenidos o muy plomos. Pero más revelador e inquietante aún es lo que deviene de tamaño descubrimiento, esto es, que no hay nada que los chicos puedan hacer al respecto. Mientras los grandes abran las puertas, los huéspedes de una y otra clase vendrán para alegrarnos o fastidiarnos irremediablemente. Ahora bien… ¿será que cuando uno crece tiene ventaja? ¿Será que hacerse adulto, aprender a cocinar, a pagar los impuestos y a sonreír aunque no tengamos ganas nos librará de los convidados de piedra? En Mis tíos gigantes, Nicolás Schuff nos demuestra (a todos los que compartimos, gustosos y agradecidos más allá de la edad, su nuevo libro) que no.

Severino y Saturnino no son solamente unos parientes malhumorados e irrespetuosos (tocan el timbre a cualquier hora y entran sin preguntar), sino que además son gemelos y enormes. Enormes por su increíble tamaño (¡miden como tres metros!) y por su férrea voluntad de hacer caso omiso de lo que su sobrino, el escritor, pueda pedirles. No sólo lo interrumpen mientras intenta inventar nuevas historias, sino que además le discuten los argumentos con críticas despiadadas o burlonas y ante las cuales, por supuesto, ni ellos mismos se ponen de acuerdo. ¡Son unos tíos tremendos! Pero como se consuela a sí mismo el escritor en el libro, «son familia». En buen criollo, eso quiere decir que aunque el artista intente e intente mantenerlos alejados, Severino y Saturnino siempre se las rebuscan para irrumpir en su departamento y en su vida. ¿Por qué? ¡Porque quieren un cuento! Eso sí, los métodos para lograr su cometido solo marean al pobre escritor. ¿Son las cinco de la mañana? Lo llaman por teléfono para criticarle un final. ¿Sale a tomar un poco de aire en busca de inspiración? Los tíos lo interceptan desde la copa de un árbol, tirándole venenitos. ¿Van al zoológico para pescar una buena historia de animales? Su comportamiento es tan bizarro que los niños les tiran galletitas pensando que son parte de la atracción. Como si fuera poco, hay que salvarlos de la policía (¿pueden creer que mientras estaban por las ramas, se les ocurrió hacer pipí desde lo alto?). Porque a estos tipos les gusta mucho el vino con azúcar y los quinotos, pero muy poco la gente. Salvo su sobrino, al que le exigen un Cuento Grandioso y a quien quieren ayudar (buéh, un poco toscamente) a ser un Exitoso Creador. 

Pero aunque a los gigantes no les importe -o quizás ni se den cuenta- de cuánto lo fastidian en ese intento, hay que ser justos y decir que en medio de tanto lío también hay jarana: como cuando cargan sobre sus hombros al pequeño artista (pequeño en relación a ellos, claro) y le regalan una majestuosa panorámica de la ciudad. Y además hay reflexión: porque a fuerza de refutarle protagonistas, paisajes, frases y el tono de sus historias (uno quiere más miedo, al otro le disgusta el amor), Severino y Saturnino obligan al escritor a pensar. Nuevas cosas, otras cosas, o las mismas cosas pero desde otro lugar. Y no al estilo circunspecto de una maestra o un psicoanalista, no: lo de ellos es como hacer deporte extremo, puede dar pánico pero sin dudas es estimulante. Finalmente, como en el cuento de la buena pipa, después de tanta vuelta el escritor encontrará que siempre hay una receta para todo. 

Acompañado por las ilustraciones de Javier Reboursin, Nicolás Schuff consigue hacer de esta historia novelada un relato tan entretenido y absurdo como espontáneo y sentimental, en una armonía austera que fluye lejos de estridencias y pacaterías y, sobre todo, sin que ningún estereotipo se interponga entre la imaginación y los lectores. 

 

 

 

 

  

 

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