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Matar al padre

Hija de revolucionarios (Anagrama, 2018) es la búsqueda de Laurence Debray a una pregunta que fue una bomba: ¿su padre había delatado al Che Guevara? Esto es, el responsable directo del asesinato del líder revolucionario. No obtuvo nunca una respuesta muy directa de parte de ellos así que este libro es la investigación sobre aquello. También, una mirada retrospectiva a su propia vida familiar.

POR ANA PRIETO

 

En junio de 2014, Laurence Debray viajó a Madrid para promocionar su biografía del rey Juan Carlos I, quien acababa de abdicar a favor de su hijo Felipe. El volumen de casi 600 páginas atrajo una buena cantidad de prensa y entrevistas. En una de ellas le preguntaron si acaso era la hija del “intelectual francés acusado de haber entregado al Che cuando fue detenido en Bolivia”. Esa pregunta algo fuera de lugar terminó siendo el germen de Hija de revolucionarios, el segundo libro de la autora, en el reconstruye e intenta comprender la vida y las decisiones de su padre, el filósofo francés Régis Debray, y de su madre, la antropóloga venezolana Elizabeth Burgos, entusiastas defensores de la revolución cubana y favoritos de Fidel Castro, quien les concedió una larga estadía de lujo en La Habana a mediados de los 60.

Dentro de la visión del mundo que tenía la pareja, no había en Latinoamérica otra cosa que opresores, oprimidos, y una vanguardia de emancipadores de la que ellos formaban parte. A principios de 1967, Debray publicó en Cuba ¿Revolución de la revolución?, un breve volumen en el que despliega las virtudes del foquismo: la teoría fallida que el Che quiso aplicar en el Congo y en Bolivia, y que postula que la acción y la insurrección guerrillera –y no la organización política– serían el primer instrumento que uniría a las masas en torno a la causa revolucionaria.

Quizás Régis Debray no habría pasado de ser otro autor europeo de textos de izquierda radical fotocopiados ad infinitum si no se hubiera unido a la guerrilla del Che Guevara en Bolivia en 1967 como agente de enlace. Nada salió bien y fue detenido junto al mendocino Ciro Bustos en Muyupampa. El estado francés intervino rápidamente en su favor gracias a los influyentes y acomodados padres de Debray, y el asunto alcanzó los titulares internacionales. Así y todo, fue juzgado y pasó cuatro años en la cárcel. Allí recibió la noticia del asesinato de Ernesto Guevara. Y también los primeros rumores que lo responsabilizaban.

Laurence Debray reconstruye con una pluma llana y efectiva los sucesos que preceden a su nacimiento gracias a archivos históricos y periodísticos, más testimonios de parientes y amigos de la familia. Con sus padres no pudo contar mucho: nunca fueron abiertos ni directos con ella y hasta el día de hoy evaden sus asuntos de juventud poniendo como pretexto, según cuenta, las complejas sutilezas de la época.

Regis y Elizabeth vivían separados cuando Laurence nació en 1976. Con padres semi-ausentes pero sociables hasta el paroxismo, la niña creció rodeada de celebridades, artistas, intelectuales y políticos para quienes la pareja era a la vez una amistad y una leyenda, como Jane Fonda, Simone Signoret, Yves Montand, Roberto Matta y el propio François Miterrand, en cuyo gabinete presidencial trabajaría Debray a partir de 1981. Las menciones recurrentes a los amigos de la pareja desbordan cariño y nostalgia y tienen también cierto viso irritante de name-dropping que se convierte en lo más flojo y arbitrario del libro. En cambio Laurence logra mantener el interés del lector por los avatares de su infancia cuando asocia los eventos de su crianza a las ideas inflexibles de sus padres. A los diez años, por ejemplo, la mandaron a un campamento de entrenamiento revolucionario en Cuba, y luego a un campamento de verano en Estados Unidos, para que decidiera “dónde iba a situarse políticamente”. En Cuba, su “falta de patriotismo” e indiferencia hacia la revolución francesa provocaron asombro y desconfianza entre sus compañeritos. En el campamento californiano la asombrada fue ella al enterarse de que los otros niños eran incapaces de ubicar a Francia –o cualquier otro país– en el mapa.

Hija de revolucionarios es una memoria personal, familiar, y el retrato de una época que la autora no glorifica porque, dice, es impermeable a la “mística de la lucha” y puede distinguir a un revolucionario arribista con solo mirarlo. Que la hija del comprometido Debray, teórico del castrismo y ex preso político haya dedicado parte de su vida a las finanzas y haya escrito una biografía laudatoria de Juan Carlos I dice mucho acerca de las ironías del destino, y también del probable resultado de una crianza en la que salvar al Tercer Mundo se antepuso siempre a jugar a las escondidas o tomar un helado.

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