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Mariana Enriquez lee a Shirley Jackson

 

La Maldición de House Hill (Debolsillo, 2019) revive a Shirley Jackson, esa autora vital del terror. Aquí la Enriquez, con su conocimiento del género, despliega la concepción de una literatura madre, raíz. ¿La clave según su crítica? Escribir sobre las obsesiones que vivimos. Así lo entendió Stephen King, vean.

 

 

 

POR MARIANA ENRIQUEZ

 

 

Antes de empezar, hay que advertir: La maldición de Hill House, la novela, no tiene nada que ver con La Maldición de Hill House, la serie de Netflix. Cierto, la serie fue promocionada con la siempre sospechosa categoría de “basada en”, pero la verdad es que solo toma la idea de una mansión maldecida y desde ahí construye una ficción completamente distinta, en trama, atmósfera y personajes. La novela sí fue adaptada con su trama original al cine: la mejor de todas las versiones es The Haunting (1963) del británico Robert Wise. Este disclaimer no quiere advertir sobre las virtudes o desaciertos de la serie: solo quiere señalar que no se parece en nada a la novela.

El nombre de Shirley Jackson empezó a darse a conocer fuera del círculo de los iniciados hace pocos años, especialmente en castellano. Gran maestra del fantástico absurdo, del terror psicológico, del relato cruel, de todos esos géneros raros y perturbadores, en 1986 Stephen King le dedicó su libro Ojos de fuego de esta manera: “A Shirley Jackson, que nunca necesitó levantar la voz. The Haunting of Hill House. The Lottery. We Have Always Lived in the Castle. The Sundial”. La enumeración era un alerta: lean estos libros, pedía. King hacía campaña por Jackson desde antes: en 1975, citó las primeras líneas de La maldición de Hill House al principio de su novela La hora del vampiro. Un comienzo sugestivo e inquietante: “Ningún organismo vivo puede prolongar su existencia durante mucho tiempo en condiciones de realidad absoluta sin perder el juicio”, dice.

En su país –nació en San Francisco, murió en Vermont–, Shirley Jackson no es un secreto hace tiempo. El premio de literatura fantástica y de terror más importante de Estados Unidos lleva su nombre: los Shirley Jackson Awards se entregan desde 2007 y lo recibieron escritores como Neil Gaiman, Kelly Link, Joyce Carol Oates, Koji Suzuki, Lucius Shepard e incluso Samantha Schweblin, por la traducción de Distancia de rescate.

¿Qué hizo esta mujer para cambiar el juego? Como suele suceder, escribió sobre sus obsesiones. Y ella estaba obsesionada, entre otras cosas, con las casas. Esos lugares que deberían cuidarnos, donde vivimos con nuestras familias, donde nos sentimos seguros; para Shirley Jackson, esos lugares eran imanes de locura. Trampas con puertas: el hogar como jaula y prisión.

La trama de La maldición de Hill House ha sido copiada, desde su edición en 1959, hasta el cansancio. Un investigador de lo paranormal, Montague, reúne a un pequeño grupo de personas en Hill House, una mansión encantada y célebre por las desgracias que destilan sus paredes. Una de las invitadas, Eleanor –que, de chica, hizo llover piedras con el poder de su mente, igual que Carrie: un homenaje de Stephen King en su primera novela– llega a Hill House agobiada después de años de cuidar de su madre enferma. Es una mujer tímida, influenciable, reprimida, que vive cual rebelión pequeños gestos, como viajar sola o llevarse el auto de su cuñada. En Hill House, la frágil Eleanor entra en una relación simbiótica con la casa: una refleja a la otra, son parasitarias. La casa loca necesita a la mujer loca y acaban en un abrazo claustrofóbico cuando sus distorsiones se potencian. Es una narrativa gótica, pero el estilo de Jackson es diáfano, veloz, leve: su escritura no se parece en nada a las novelas góticas clásicas y tampoco a las del gótico sureño, que sí refleja en su cuento clásico La lotería, tan bueno como cualquier otro de Flannery O’Connor. Además, la idea del experimento conductual en un lugar cerrado, guiado por Montague, le queda perfecto a una novela que es casi el modelo del terror psicológico.

Shirley Jackson murió a los 48 años, en 1965, de un ataque cardíaco. Tuvo una vida breve e intensa, como esposa de un académico y ama de casa poco y nada convencional. Fue autora de dos memoirs sobre su familia, muy graciosos y adelantados a su época, con títulos como Criando demonios. Sufrió de agorafobia y de trastornos alimenticios; abusó de barbitúricos y anfetaminas. Trabajó toda su vida, sin descanso: escribió seis novelas, más de cien cuentos (algunos, como “Los veraneantes”, son elegantes imprescindibles del horror), y cuatro libros para chicos. Es la mejor y la más original escritora de género de su época y el descubrimiento de su vigencia es tan justo que dan ganas de sacar la ouija y contactarse con Shirley, para que lo sepa. Estaría encantada.   

 

 

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