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La muerte del comendador – Libros I y II, de Haruki Murakami

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Inmediatamente un año después de la publicación de la primera parte de La muerte del comendador (Tusquets), sale a la luz su desenlace. El autor japonés, un verdadero best seller de calidad, es digno ganador de numerosos premios literarios. Siempre nos brindará una lectura con un dejo amargo de soledad, amores que no deben ser y un sentido de fatalismo muy propio del orientalismo. Aquí un análisis de lo suyo.

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POR WALTER LEZCANO

Hay un momento que todos los lectores del narrador japonés Haruki Murakami (Kioto, 1949) conocen. Y es la instancia en la que se encuentran con un rapto de duda o incertidumbre o desconcierto frente a lo que tienen entre manos. Es más bien un límite, un borde, una barrera, un desafío en la historia que están leyendo. Y hay que  tomar una decisión: pasarlo por encima (y seguir adelante hasta que se baje la cortina) o detenerse (y abandonarlo para siempre y pasar a otra cosa). No es una carrera ni una competencia: es simple y sencillamente la manera en la que se gestan estas vinculaciones entre un autor muy personal y quienes buscan y compran sus obras, que a esta altura se cuentan, sin exagerar, por millones. A partir de ahí (del límite, del borde, de la barrera, del desafío), la relación entre el autor y sus lectores (y si nos referimos a Murakami tal vez debamos hablar de fans) va a tomar un camino distinto del que llevaba. Confirmación de la fidelidad o abandono absoluto sin culpa son las decisiones que los lectores de Murakami deben tomar ante cada nueva historia que leen salida de su Word, de su cabeza, de una imaginación afincada en una zona transitada una y otra vez.

El caso de La muerte del comendador, Libros I y II (Tusquets), sus nuevos libros publicados en nuestro país, no son la excepción. Sin embargo, hay que decir que Murakami, en esta ocasión,  lleva sus materiales -reconocidos y habituales- hasta las últimas consecuencias.

Chica abandona a chico también es una fórmula y un recurso narrativo para poder hablar del amor, y de todo lo contrario también: de desamor y soledad y las posibilidades –más bien la búsqueda- de la aparición del olvido. Pero Murakami utiliza este tópico –de la literatura universal en general y de su recorrido en particular- para dar comienzo a una aventura donde el encierro para sobrellevar una ruptura se ve interrumpido constantemente por un afuera que trae misterio, perturbación y, después de todo, más misterio.

Un pintor especializado en hacer retratos para gente poderosa es abandonado por su esposa, Yuzu. Pero es él quien decide deja la casa donde vivían juntos y comienza a vagar en auto hasta que recala, gracias a un amigo, en una casa en Osawara que pertenecía a un pintor reconocido, Tomohiko Amada. Amada es quien pintó el cuadro que fascina y obsesiona al retratista: La muerte del comendador. Ahí ve algo que no puede alcanzar a descifrar y será vital para comprender algunas instancias de esta historia. Cerca de su casa vive Wataru Menshiki, un millonario que ya no trabaja y con quien comienza una relación laboral (le pide un retrato) que deriva en una amistad extraña (Menshiki le pide un favor importante al retratista y además lo ayuda económicamente). De acá en adelante, aparece una niña de trece años con la que el narrador habla de sexualidad, genitales y relaciones de amor (tiene sentido señalar acá que en Japón esta novela se vendió como prohibida para menores de dieciocho años) y que desvía la historia hacia lugares imprevistos. Pero que todo lector de Murakami puede llegar a esperar de algún modo.  

Entre estos elementos argumentales también aparecen (como ingredientes de fondo pero que funcionan como condimentos necesarios para que el plato Murakami pueda degustarse en su totalidad) la música clásica, un pozo profundo y atractivo, ecos de la Segunda Guerra Mundial, conocimiento superficial sobre el trabajo del pintor, escenas de sexo entre el retratista y sus dos amantes, fantasmas, sueños surrealistas, entre otros.

Casi mil páginas de una novela dispuesta en dos entregas representan un nivel de ambición que Haruki Murakami ya había practicado con soltura en 1Q84 y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo (quizás su obra maestra junto con Kafka en la orilla). Lo que significa que una vez más los lectores se encuentran con el universo de este escritor en todo su esplendor y no se van a sentir, de ninguna manera, traicionados. En ese sentido conviene preguntarse, ¿en qué consiste “el efecto Murakami”? En poder crear un espacio ambiguo donde los lectores (que se fueron educando en el lenguaje limitado pero penetrante de este escritor) se sienten atraídos hacia universos que no encuentran en ningún otro lado. Lo que les da Murakami a sus lectores no se descubre en otras zonas literarias. Es un puerto seguro a pesar de que el viaje depare ciertas turbulencias.

¿Qué es lo que hace Murakami con cada obra que nos entrega? ¿Es arte? ¿Es una empresa de fast food? Digámoslo: es un artefacto literario que se va perfeccionando y puliendo libro a libro en una historia que siempre es la misma pero con leves variaciones. Lo que sí es seguro, por otra parte, es que la construcción de una voz y una rítmica interna están presentes y la edificación de un territorio unívoco e inigualable (tal como pasó con, por ejemplo, Juan José Saer o Roberto Bolaño) le dan a cada libro de Murakami un sello, una esencia, un cuerpo y una materialidad que no se diluye en la marea de novedades que inunda las librerías. Ya lo decía el filósofo George Berkeley: ser es ser percibido. Y son muchos, muchísimos, los que perciben a los libros de Murakami.

 

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