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La mirada perversa

 

¡Felicidades! (2019), de Juan José Becerra resulta la novela que faltaba en la literatura argentina. Cínica, divertida, filosa, la narrativa de Becerra nos lleva a viajar a por Europa de la mano del fantasma de Cortázar y un supuesto entendido literato que roza el patetismo.

 

 

POR DIEGO DE ÁNGELIS

La literatura de Juan José Becerra ha consolidado, tal vez con mayor vehemencia a partir de El espectáculo del tiempo (2015) y El artista más grande del mundo (2017), un estilo que se afirma en el despliegue casi torrencial de una escritura expansiva, plena de invención e ingenio. Como si una idea o varias –cada nuevo trabajo de Becerra exhibe un flujo continuo de pensamientos, sentencias y especulaciones de diverso tenor corrosivo- despertara el hambre de un narrador envalentonado que avanza inducido por una necesidad narrativa irrecusable. Como si fuera un “monstruo que nos diera una mordida mortal”.

¡Felicidades! (2019), su última novela, revela en este sentido una evidencia que bien podría leerse como fundamento de la propia obra del escritor: un deseo radical de ficción. La convicción (la firme creencia) acerca del poder casi patológico que puede conquistar la literatura. En esta oportunidad, el punto de partida será, bajo la lógica contemporánea del evento cultural y la efeméride literaria, una de las figuras estelares de la cultura argentina: Julio Cortázar. 

El narrador y protagonista de la historia es Andrés Guerrero, curador de arte, «experto» en literatura -esencialmente un lector, pero un lector empedernido, un lector perverso y burlón -, encargado de la curaduría de una muestra sobre los cien años del nacimiento de Cortázar, organizada por el Museo Nacional de Bellas Artes. Guerrero debe viajar junto a una comitiva a distintas ciudades de Europa y recoger, en los lugares por donde ha pasado el escritor argentino, distintos objetos y testimonios para montar la exposición.

Casado y con tres hijos, ya transcurridos los cincuenta años, temeroso de la certeza inexorable de envejecimiento («el único progreso humano, el único futuro»), el viaje trazará en Guerrero la trayectoria inestable y paradójica de una profunda crisis de existencia. Una trayectoria que dispondrá para sí la forma de una deriva incierta, por momentos desopilante, cuya perspectiva inaugural, aquella que procura “la realidad del extranjero”, le ofrecerá al protagonista la oportunidad de atravesar una experiencia inédita, descubrir una nueva sensibilidad, una forma distinta de ver los hechos. En definitiva, la posibilidad de ser otro. 

El derrotero que moviliza al protagonista tras los pasos de Cortázar, un escritor indispensable durante su juventud pero que ahora detesta y critica impiadosamente –casi tanto como a sus idólatras, esos «jóvenes indefensos, adultos infradotados»- incluirá ingeniosas hipótesis sobre su obra, recuerdos de su propio pasado, la convivencia tensa con los integrantes de la comitiva, en donde el narrador descargará toda su artillería de materia irónica, y una aventura amorosa con la hija de un gran amigo. La narración de los escarceos sexuales de Guerrero y su joven amante expondrán una vez más la capacidad de Becerra para escribir la sexualidad. A su vez, la caracterización de los personajes de la novela, criaturas excepcionales muchos de ellos, es notable. El ingenio se expande allí, como la escritura, una cruza perfecta entre oración compleja y vulgaridad, capaz de promover escenas de una comicidad extraordinaria.

Sin embargo, el centro de atracción de ¡Felicidades! se encuentra en la composición de la figura del narrador. Un narrador que además escribe, porque se encuentra justamente en plan de escritura de su experiencia de viaje. Desde el comienzo es posible distinguir una de las marcas que definen su quehacer narrativo. Guerrero es un narrador atento al análisis pormenorizado del espectáculo social. La descripción de lo que reconoce, una y otra vez, como una representación, como un teatro de vanidades en el que participan todos los que lo rodean. Sin excepción. 

Guerrero es un lector obsesionado por identificar los secretos que los cuerpos revelan, aquello que descubre el lenguaje y las manifestaciones involuntarias de la conciencia. Es un lector riguroso: todo es posible de ser leído. Una forma de lectura crítica que el protagonista relacionará con el acto de ver mal. Ya sea por las complicaciones visuales que provoca su edad, ya sea por cierto trastrocamiento de la perspectiva que logra promover el viaje: “Los hechos se encuadraban desde ángulos extraños. No sé qué es, pero algo me pasa en los viajes. Digamos que falla la unidad de la vida. Sucede como un reemplazo del punto de vista, que tiene el efecto de un reemplazo del cuerpo”. O acaso también por las repercusiones en la visión que suscita el movimiento en una situación típica del paseo turístico: “La relación natural entre caminar y ver se hizo patente. Se camina para ver y se detiene la caminata para entrar a fondo en lo que la atención selecciona, pidiendo algún vínculo con la profundidad, es decir con la experiencia de ver de manera sostenida aquello que siempre se pasa por alto. O sea que ver es detenerse a ver”. En algún momento del relato, el narrador lo expresará sin tapujos: «Ver mal: el verdadero arte». 

El narrador que construye Becerra presenta así una mirada, podríamos llamar, perversa. Una mirada que sostiene la atención en la dinámica de la comedia humana. Durante el transcurso de su derrotero existencial, Guerrero intentará contradecir a fondo su funcionamiento con la exhibición parsimoniosa de la verdad. Y la gracia -es decir, el placer del lector- será inconmensurable.

 

 

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