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Alejandro Galliano lee a Santiago Gerchunoff

 

Ironía On – Una defensa de la conversación pública de masas (Anagrama), de Santiago Gerchunoff enfrenta a las partes: por un lado se pronuncia a favor de los debates en la web y por otro problematiza la ironía. En este ensayo, el autor expone si es mucha o es poca esa ironía y si la aplican quienes pueden dominarla o los que creen que pueden. ¿Twitter como nuevo campo de batalla? Galliano, licenciado en historia, docente y periodista que acaba de publicar ¿Por qué el capitalismo puede soñar y nosotros no? (Siglo XXI) hace una lectura bisturí en mano y la recorta quirúrgicamente.

 

 

 

La ironía nos liberará

 

POR ALEJANDRO GALLIANO

 

No son tiempos fáciles para liberales. Su programa político cruje en todo el mundo y su programa económico triunfa en países antiliberales como China (y fracasa en otros, como Argentina). Por eso, siempre es necesario recordar que el liberalismo, además de un sistema económico, es una idea de sociedad o, mejor dicho, una teoría de la conversación: una filosofía que nos considera individuos tan libres, iguales y racionales que cualquiera es capaz de charlar con cualquiera, sin necesidad de llegar a un acuerdo. En la primera mitad del siglo XX esa conversación pública se saturó y estuvo a punto de colapsar en manos de los totalitarismos. Para sobrevivir, se profesionalizó en enormes corporaciones: grandes medios de comunicación y partidos políticos que desde entonces conversarían por los demás. Pero algo se había perdido para siempre en la vida pública y los intelectuales se encargaron de lamentarlo. Con la llegada de la internet 2.0 aquella conversación pareció resurgir. Sin embargo, hoy parece a punto de colapsar otra vez y muchos vuelven a desconfiar de ella. Santiago Gerchunoff, doctor en filosofía residente en Madrid, sale en defensa de esta “conversación pública de masas” en Ironía On

Su punto de partida es la supuesta intoxicación irónica de la esfera pública, ya denunciada por David Foster Wallace en los 90 y hoy potenciada por las redes sociales. Con citas que van de Sócrates (Atenas, 470 a. C. – 399 a. C.) a Richard Rorty (NY, 1931 – California, 2007), Gerchunoff va siguiendo la historia cultural y política de la ironía de manera amable y más que breve. 

Su conclusión es que la ironía nació en la comedia griega clásica con tres rasgos que explican el lugar omnipresente que tiene hoy.

1) La ironía es humilde: espera que sea el otro el que hable, seguro de su discurso, para intervenir. Esa humildad para Rorty es la “consciencia de la propia contingencia”: ironizamos porque asumimos que no hay posiciones públicas absolutas ni siquiera para nosotros mismos. Gerchunoff va más allá: la irrupción de la ironía en la historia para él es la irrupción de la subjetividad, nuestra consciencia de ser individuos más allá de los valores y discursos de una época. Solo que en la Antigüedad esa humildad irónica era una falsa modestia reservada a los pocos que tenían las herramientas intelectuales para asumir ese lugar. Hoy ese “elitismo irónico” está al alcance de cualquiera. Primero fue de manera pasiva con campañas publicitarias en televisión, radio y prensa gráfica que se burlaban del mismo consumismo que promovían. Luego, de manera activa, gracias a las redes sociales que nos permiten replicar esa ironía para nuestros propios consumos vergonzosos y defectos personales.

2) La ironía es reaccionaria: se limita a responder a la solemnidad o arrogancia del otro. Más o menos la misma crítica que los conservadores hacen al liberalismo: sólo puede proponer límites y cuestionamientos al poder, sin ser capaz de construir ese poder. Por eso, para Gerchunoff, la democracia liberal es constitutivamente irónica: es la  institucionalización del escepticismo político, el sistema de gobierno de los que desconfían de todo gobierno.

3) Finalmente, la ironía es política: tiene lugar en el espacio público. La ironía individual es solo la incorporación de la ironía pública a nuestro carácter. Y la multiplicación de la conversación pública no hace más que generar más ironía. Si las libertades individuales del siglo XIX hicieron posible una conversación pública de ilustrados y notables, según Gerchunoff las redes sociales del siglo XIX permiten una conversación pública de masas, que “se ha colado en todos los espacios privados o incluso íntimos”.

Para Gerchunoff, las críticas intelectuales a los medios masivos de comunicación por corromper y despolitizar a la opinión pública ya no son válidas luego del advenimiento de internet y su conversación pública de masas. Todos podemos opinar e intervenir los discursos “dogmáticos” vulgarizados, hiperbolizados, hiperideologizados, moralizados” de los medios masivos y los políticos profesionales. El autor concluye que la ironía es un antídoto a esos discursos solemnes y pedantescos de la política profesional, la academia y los intelectuales. Quienes desconfían de la “conversación pública de masas” de las redes sociales, en nombre de las noticias falsas y los algoritmos de las grandes corporaciones, son para Gerchunoff “nuevos conservadores”, temerosos tanto del igualitarismo de opiniones de las masas como de la posibilidad de que sean manipuladas por grandes intereses corporativos. “El fundamento de la conversación pública -dice Gerchunoff- no es la verdad sino la democracia”. Ese juicio lo acerca al republicanismo, en especial al de Cicerón?? (Roma, 106 a. C.- 43 a. C.) quien consideraba que la política no debía buscar la verdad ideal de Platón sino el consenso real.

Sin embargo, la confianza de Gerchunoff en que todos podamos decir cualquier estupidez en las redes sociales reposa en la existencia de un sistema político liberal y pluralista que nos proteja de las consecuencias de esas estupideces. ¿Qué pasaría si ese sistema quedara a merced de esa “conversación pública de masas”? ¿Qué pasaría el día que, por ejemplo, los militantes de Vox en España o los “liberales libertarios” en Argentina tomaran el control del sistema de gobierno que nos permite decir lo que sea? La propuesta de Gerchunoff de “aceptar la ambigüedad del lenguaje” depende de aceptar al pluralismo liberal como algo absoluto, justo en el momento en que está dejando de serlo.

Ironía On es un libro de batalla, que cabe mejor en un bolsillo que en una biblioteca (80 páginas de 17 x 10,5 cm); listo para discutir con la melancolía reaccionaria de los que siempre van a preferir el pasado (de los diarios en papel, la discusión en los cafés y la sociedad industrial y patriarcal de obreros en overol e intelectuales en polera). El único riesgo es que haya llegado demasiado tarde para dar por supuesto el pluralismo democrático.

 

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