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La historia de Genji: una novela milenaria con visión femenina

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Hubo un mundo literario habitado por mujeres. Y hasta un alfabeto solo para ellas. No es un devenir distópico, fue en Japón hace mil años. Junto a El libro de la almohada, esta La historia de Genji, rezuman sabiduría oriental desde la primera letra hasta la última. Una semblanza extraordinaria. Lean.

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POR LUCÍA MONDINO

En cierto reinado, mil años atrás, la expresión literaria y su correspondiente espacio de circulación eran predominantemente femeninos: en otras palabras, prácticamente toda la literatura de la época no solo era escrita por mujeres, sino también en un alfabeto exclusivo de ellas. Esta frase, que tranquilamente podría ser el inicio de una ficción utópica, habla de una circunstancia histórica real de un país real: concretamente, la de la corte del periodo Heian, en Japón, entre los años 794 y 1185 d.C. No obstante, esto que suena a curiosa interrupción de la hegemonía masculina (al menos en las clases altas) contrasta con el dato de que la vida de estas cortesanas era más bien penosa: solas y ensimismadas, su cotidianidad consistía en permanecer en el ámbito doméstico y sentadas detrás de biombos para no ser vistas. Pero, más allá de que esta interesante situación paradojal tendría mucho que aportar a la hora de evaluar las bondades de cierto feminismo que se limita a pedir para las mujeres los mismos privilegios que los hombres en ámbitos profesionales y laborales en general, lo extraordinario es que en ese contexto nació La historia de Genji, escrita por Murasaki Shikibu, que está considerada no solamente la primera novela de las letras japonesas sino que también se la compara en importancia –eurocéntricamente, sí– con los poemas homéricos, las obras de Shakespeare y En busca del tiempo perdido de Marcel Proust.

“Lo suyo era el amorío poco común, cargado de dificultad y congoja, pues en ocasiones hacía cosas que no debería haber hecho”, nos advierte en los primeros capítulos la narradora sobre el cortesano Genji (en la edición de Atalanta), protagonista cuya trayectoria vital y amorosa la novela sigue como si la existencia de este seductor en serie –que no obstante no se parece a los donjuanes occidentales– fuera la principal preocupación del libro. Pero, antes que sobre la biografía de un héroe, muchos de sus lectores entendieron la obra a lo largo de los siglos como una crónica de la vida de la época en que se escribió: cuando los nobles no se ocupaban de la guerra o de la administración, sino que se dedicaban al culto de la belleza, en el cual no faltaba el debate sobre los méritos de las estaciones del año. En este círculo privilegiado, la poesía era una cuestión de necesidad social, y el que era inepto en la composición de poemas corría con desventaja; saber pintar, recitar poemas y escribirlos en buena caligrafía era sinónimo de distinción. Y, en tanto crónica del periodo Heian, la vida de las mujeres se lleva una atención especial: incluso hay cierta crítica que lee la novela como una advertencia hacia las mujeres sobre las penurias del matrimonio. “¡Ah, no hay nada tan limitado y constreñido como una mujer! ¿Qué recompensará su paso por el mundo si permanece encerrada en sí misma, ciega a las alegrías y las penas y todos los placeres de la vida? ¿Qué iluminará la monotonía de sus días huidizos?”: Este tipo de reflexiones puede leerse con llamativa frecuencia a lo largo de los dos tomos extensos que componen el libro.

“Mito orientador de la matriz cultural japonesa”, como afirma el especialista Alberto Silva, La historia de Genji hipnotiza a quien la lee por su modernidad y cercanía: además de ofrecer complejas tramas argumentales con ciclos generacionales en los que suele repetirse la misma historia (el hijo enamorado de una de las esposas de su padre, por ejemplo), el Genji contiene digresiones, argumentos paralelos, relatos dentro de otros relatos y variaciones del punto de vista; sus personajes no son simplemente buenos o malos, jóvenes o viejos, sino individuos complejos atormentados por dudas e incertidumbres. Todos estos elementos son más factibles de ser encontrados en una novela moderna que en una escrita hace mil años.

De su autora, Murasaki Shikibu, se tiene poca información, empezando por su nombre, que no es el verdadero (lo cual no es raro: excepto en el caso de miembros de la familia imperial, los nombres de las mujeres no se conocían). De haber nacido hombre, probablemente no hubiera escrito el Genji, porque los hombres de su tiempo no solían escribir obras de ficción. Nació hacia 973, en la poderosa familia Fujiwara, que para cuando ella vivió había “caído” en un nivel medio-bajo (era una sociedad rígidamente jerarquizada por rangos hereditarios). Más o menos en 1006, Shikibu fue destinada al servicio de la emperatriz Akiko (o Shôshi). Es posible que haya muerto alrededor de ocho años después. Además de La historia de Genji, dejó unos fragmentos de su diario (editado en castellano por la editorial Satori) y una colección personal de poemas.

Pero este mundo contado por mujeres, que también aportó joyas recientemente redescubiertas como El libro de la almohada, de Sei Shonagon (contemporánea de Shikibu, que la menciona en su diario sin mucha estima; existe una edición argentina traducida por Amalia Sato), desapareció a manos de una cultura vivida y relatada por varones, quienes tomaron hasta hoy el control de las palabras, y en la que el samurái pasó a ser la figura emblemática. Ninguna edad de oro dura para siempre.

 

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