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La canción nunca es la misma

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En Las mil y una vidas de las canciones (Gourmet Musical) de Abel Gilbert y Martín Liut (compiladores) se ocupan de analizar por qué las canciones -algunas de ellas, claro- pasan a la historia o son olvidadas. O cómo el contexto social, histórico y cultural tiene directa relación con un género musical. Cual tesis académica, este ensayo da cuenta de la importancia del arte musical a la hora de definir identidades. 

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POR FACUNDO ARROYO

Mendívil afirma que “ni melodías ni textos poseen contenidos y valores intrínsecos, sino que incluso los condicionamientos performativos de la escucha pueden también generar nuevas asociaciones significantes”. Mejor que hablar de canciones quizás sea analizarlas de manera conjunta, diversa, exhaustiva y así llegar a palpar el poder, el desarrollo y la presencia que pueden tener en la historia de la música argentina. Esta podría ser la primera bajada de Las mil y una vidas de las canciones, el libro que acaba de editar Gourmet Musical bajo la coordinación de Abel Gilbert y Martín Liut.   

En este trabajo coral, y pensado desde la academia, los capítulos entran por orden cronológico de acuerdo a la fecha en la que fue concebida la canción. Parece extraño, pero eso ordena los géneros musicales que participan de la selección. De la música clásica al rock barrial, pasando por el tango, el folklore, la canción de autor y la cumbia tropical. A su vez, el camino de cada canción arranca con la versión más actual para luego analizar su recorrido en la música argentina. Todas encajan con esa característica, motivo quizás, de que hayan llegado a la selección final.

“Aurora”, de Héctor Panizza (1908) es la canción exacta que permite hacer un recorrido político y social -además de cultural- sobre la historia Argentina no tan reciente. Es decir: antes de que el siglo XX se expanda por la historia nacional. En ese sentido, también, una de las únicas posibilidades es la música clásica. Género artístico casi hegemónico en el siglo XIX y que el compilador Martín Liut desarrolla de manera extensa una rigurosa investigación.

Con “Cambalache” de Enrique Santos Discépolo (1934), Julián Delgado le escapa a la estructura estándar que construyen los demás ensayos y se queda con la morfología de su canción asignada. El que posiblemente sea el tango más conocido de la historia del género curtido en Buenos Aires ofrece innumerables versiones que son analizadas, principalmente, desde la interpretación y su letra. De Julio Sosa a Caetano Veloso, de Tita Merello a Libertad Lamarque. El análisis de Delgado demuestra que la letra no es lo que parece, una narrativa tan existencial que hasta no desentona una versión en finlandés con la que el crítico decide cerrar su análisis. El “Concierto para piano N°1”, de Alberto Ginastera (1961) es otro de los textos que se escapa de la estructura general del libro. Una de sus particularidades es que arranca contextualizando el género al que la canción llegará y no en el que fue concebido. Una composición de la música clásica analizada por el pulso del maestro Norberto Cambiasso y su obsesión por el vínculo progresivo.  

“Quimey Neuquén” de Marcelo Berbel y Milton Aguilar (1967) ha pasado de ser un himno para una región determinada a formar parte de una escena border de una serie de Estados Unidos con escala de masividad extrema (Breaking Bad). La canción que popularizó el gran cantor Jorge Cafrune es el ejemplo más amplio para reflexionar sobre una de las hipótesis de este libro. Cómo una composición tiene la capacidad de reinventarse por simple casualidad. “Todavía cantamos” de Víctor Heredia (1980) es una pieza clave para reflexionar sobre el impacto de un hit folklórico que termina en las canchas. Abel Gilbert, además, pasea a la canción por lugares donde antes no se habían investigado. Acompañado del compositor, el compilador es uno de los más sueltos en tanto lenguaje académico y logra a través del análisis político proponer nuevas esferas de entendimiento para una letra que se concibió desde una experiencia muy personal (y trágica) y que terminó representando a un pueblo entero.   

La clave del análisis de Agustín Yannicelli para “Gente que no”, de Todos tus muertos (1986) es observar y desarrollar el paso de una canción proveniente del rock, una especie de postpunk con algo de ska de callejón adoquinado, hacia las bases originarias de la cumbia villera. Damas gratis y Fidel Nadal (más Todos tus muertos) son el reflejo a través de una canción compuesta por otra persona (Jorge Serrano) de una adversidad social y de que el pueblo unido jamás será vencido. Con “No me arrepiento de este amor” de Gilda (1994) la gestión de Cambiemos modificó para siempre en Argentina el alcance de una cumbia tropical, compuesta por una mujer blanca, y Tomás Mariani rescata ese inicio para darle desarrollo a la vida de esta canción. Más allá de este gran foco, hay otros. La mediática (cine, televisión) y también el cruce de otros géneros populares como el rock (Attaque 77) y el folklore de proyección (Verónica Condomí).

Una vez más, el jazz argentino queda afuera de una integración musical. No es excusa que este género de tradición popular tenga su producción proyectada al marco instrumental. Si bien Las mil y una vidas de las canciones hace hincapié en el análisis de las letras también hay ejemplos instrumentales (“La bordona” y “Concierto para piano N°1, por ejemplo). Es decir, el repliegue es casi inevitable. No es fácil pensar una canción concebida desde el jazz que haya tenido un recorrido como las que son mencionadas en este trabajo. Eso no quiere decir que no haya habido composiciones del jazz de trascendencia sino que simplemente no reúnen las condiciones de este foco para que al menos una de ellas integre la lista.

Hay además canciones que engrosan los géneros por donde la producción ensayística se pasea. Allí están “La bordona”, de Emilio Balcarce (1958); “Hay un niño en la calle”, de Armando Tejada Gómez (1967); “Señor cobranza”, de Las manos de Filippi (1998) más las “Músicas en contexto”, el posfacio de Julio Mendívil y el excelente prólogo de Pablo Semán donde marca que la canción nunca es la misma y propone un contexto analítico posible para recorrer el camino de esta obra.

Más allá del gran aporte que esta serie de ensayos viene para hacer sobre canciones que así lo merecen, queda en el tintero seguir aflojando la escritura académica y el tecnicismo musical para que el público lector pueda tener un mayor acceso. Para el mundo de la investigación, los textos del libro seguramente se desarrollen con gran swing, despojados de la rigurosidad de un jurado acartonado. Pero aún así, y como pretendiera Gilda –o Pablo Lescano- no está de más seguir bajando las montañas.

Finalmente, las canciones y sus autores terminan generando un ecosistema propio. Se cruzan, se citan, conviven y se construyen bajo algunos parámetros en los que cada una tiene algo para decir. Para una compilación de ensayo, ese gesto funciona como una audacia victoriana, decidida a generar una posible historia de la música argentina a través de un par de canciones populares.

 

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