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Joy Division en primera persona

En Touching from a distance – Ian Curtis y Joy Division de Deborah Curtis (Dobra Robota), la esposa del cantante de la primera gran banda pospunk, cuenta en primera persona la vida con el poeta maldito. Una existencia muy dura, frágil, pobre, en una Inglaterra rota, la banda que supo ponerle un aire lúgubre al estallido punk, arrastraba más poesía que nadie.

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

*La policía me pidió que identificara el cuerpo pero finalmente aceptaron que lo hiciera mi padre. Me arrepiento profundamente de no haberlo hecho. Me quedé esperando en el auto, todavía muy en shock como para poder llorar aunque no para darme cuenta de que sí, como aquel viejo cliché, el sol continuaba brillando y la brisa seguía soplando. Era un día hermoso. Las hojas verdes sobre Barton Street zarandeadas contra un cielo azul, muy azul. Por última vez a Ian y a mí nos llevaron en direcciones opuestas. Luego me enteraría que durante la requisa, Kevin Wood y otro joven de la zona habían intentado descolgar a Ian antes de que llegara la policía. Habrá sido una experiencia horrorosa porque no teníamos cuchillos filosos en casa”, escribe la esposa de Ian Curtis en esta -de rigor- biografía aunque más es una crónica sobre su vida junto al cantante de Joy Division. Una narrativa que atrae desde la historia misma: Joy Division, el grupo mancuniano que sobresalió como pocos; Ian Curtis y su suicidio.

Sin pretensiones, apartada de los análisis desde sociales hasta filosóficos de una Viv Albertine en Ropa Música Chicos (Anagrama, 2017), Deborah Curtis apela a un estilo simple pero que mantiene a lo largo de todo el libro sin crear huecos en el texto. No aburre, la épica es el mismo sustrato del que se nutre. Sincera, íntima, abrumada, Deborah Curtis -que sigue usando su apellido de casada- no recurre a golpes bajos, no tiene esa necesidad. Una banda que finalmente parecía que alcanzaría su merecido reconocimiento (una gira por Estados Unidos era lo mejor que podía pasarle a unos chicos de pueblo inglés) se ve aplastada por la muerte del cantante. Algo que todos ya intuían (las declaraciones de Peter Hook mechadas a lo largo de todo Touching from… son reveladoras) pero nadie quería dar crédito. “Me arrepiento profundamente de no haberlo hecho”, dice su viuda con respecto al reconocimiento del cuerpo y quizá haya exorcizado fantasmas escribiendo este relato, echando un poco de luz frente a tanta oscuridad. Estas memorias escritas originalmente en 1995 cuentan en la edición local con un prólogo del mismo Jon Savage, periodista especializado en música, gran crítico y autor de muchos libros contraculturales, quien dice muy acertadamente que este ejercicio de escritura de Deborah Curtis debe ser una manera de cerrar una herida que lleva tantos años abierta.

Las obsesiones de Curtis, sus temores (¡enormes!), dudas y desamparos, sus inquietudes y también las ¿alegrías?, no, tanto, no, apenas momentos de rebuscada paz, están detalladamente contadas en este volumen. Esta intención de vivir una vida normal con una afección como la epilepsia que sufría no pueden tener un punto en común. Puede leerse, interpretarse como una existencia monocromática -quizá gris, quizá negra como la negación del color o quizá blanca- pero una iconografía bien delineada, una identidad tal que logra hacer entender por qué aquel mayo de 1980 decidió partir. No es menor el detalle del ahorcamiento, un joven de veintitrés años, estrenando calidad de padre de la pequeña Natalie, se suicida acaso creyendo así matar a sus espectros. Esos que tanta sombra le habían dado a lo largo de su corta subsistencia. Acá se lo adivina un tipo complicado, desordenado, celoso y cruel, muy cruel; primero consigo mismo pero sin resultarle suficiente pues para con los demás. Un antihéroe, así lo pinta la mujer que estuvo a su lado los últimos años de su vida, y también un pobre hombre que no pudo-supo.quiso cargar con el peso de, como veía y consideraba, una sociedad impía e injusta, un mundo insoportable. Su infidelidad no está narrada como una pasada de factura ni mucho menos venganza, sí como parte de una personalidad poco heroica, nada gloriosa. Deborah Curtis pasaba sus días preocupada por el trabajo, la familia y las cuentas a pagar mientras él se hundía muy rápidamente empujado por sus demonios, cada vez más grandes, cada vez más sádicos. La vida (y la muerte) de Ian Curtis cuenta con todas las herramientas primarias y el argumento latente que opera en el imaginario sobre un músico abatido, un poeta del desánimo. Quien podía estimular e incitar las transformaciones del proceso de creación se vio derrumbado frente a su propio yo. Recurrimos a estos textos sedientos de poder clarificar las relaciones entre los distintos pensamientos y manifestaciones de lo humano pero frente a esa imposibilidad nos vemos afectados por el síntoma, siempre tardío y nunca a tiempo, de algún fenómeno que guiña a la depresión con sonrisa socarrona. La entrega a la ira y la desazón de Ian Curtis, su animalidad, se impusieron y el arte no le fue suficiente.

¿Es acaso el hombre, Ian Curtis, un eslabón antrópico necesario en la cadena metafísica superior? Touching from a Distance no responde a la retórica, la refuerza, de ahí la necesidad de leer este libro que logra lo que toda narrativa debiera: un constante cuestionamiento.

 

 

 

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