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José Bellas lee Paz, amor y death metal

 

La noche del 25 de noviembre de 2015, Eagles of Death Metal se encontraba en plena actuación en la sala Bataclan ubicada en el suburbio parisino cuando integrantes del Estado Islámico irrumpieron con escopetas kalashnikovs y granadas adosadas a sus cuerpos. Además del grupo y su equipo de trabajo, se encontraban presentes 1500 personas que habían ido hasta el 50 del Boulevard Voltaire de la capital francesa a presenciar el show. Murieron 131 personas, además de siete terroristas. Paz, amor y death metal (Tusquets), es el testimonio de Ramón González, un sobreviviente de una de las tragedias más dolorosas del rock. Nuestro autor, especialista en crítica de rock, analiza el libro y las circunstancias.

 

 

 

POR JOSÉ BELLAS

 

 

Wikipedia da cuenta de al menos ocho Ramón Gonzalez más famosos que el autor de Paz, amor y death metal. Colombianos, españoles y chilenos: militares, políticos, catedráticos, ciclistas y organistas. Pero ninguno nació en España, vive en París y estuvo presente en el Bataclan Café el 13 de noviembre de 2015, cuando un grupo de terroristas ingresó a perpetrar una deliberada matanza, disparando contra los 1500 espectadores que ahí se habían reunido para presenciar un show del grupo Eagles of Death Metal.

El manchego Ramón González, entonces, asistió con su novia, una argentina llamada Paola, a una cita que le cambiaría la vida por otra vida. Para ser más precisos, por una en la que este licenciado en Ingeniería Química, que por entonces trabajaba de consultor informático, devino escritor.

“No creo que signifique gran cosa. Tampoco creo en el destino ni soy supersticioso. Pero, cuando los terroristas entraron en la sala, era viernes 13 y sonaba una canción que hablaba del diablo”, explica González ni bien entrando al libro, a propósito del momento en que la banda tocaba “Kiss the Devil” y ya nada volvió a ser igual.

El título (Paz, amor y death metal) no implica que el autor confunda el género de la música del grupo anfitrión de aquella noche, sino que es un comentario sobre un malentendido que de forma casual escucha en una charla ajena, en la víspera de todo. No será el único: el libro se toma unas 200 páginas, su totalidad, en trazar un muro entre el autor-víctima y los ajenos. Igual que en tanta literatura expelida después de la tragedia de Cromañón, por nombrar un caso argentino, González toma la primera persona como una cárcel de máxima (in)seguridad. Esto es, él sigue atrapado en aquella noche, allí estuvo, allí está, y nadie de los que opine puede tocarlo ni sanarlo. 

Por eso, sin nombrarlo, carga duro contra el escritor y filósofo español Arturo Pérez-Reverte, que por aquellos días no se cubrió precisamente de gloria con sus dichos sobre la desgraciada jornada: “Interesante el deseo de vivir del ser humano. ¿Y si los centenares de la discoteca se hubieran abalanzado sobre los del Kalashnikov? ¿Imaginan cuánto duraría un terrorista europeo con un arma en una mezquita siria a la hora de la oración? Ni a recargar le daría tiempo”. Ése sería el caso extremo, que lleva a González a un fastidio demencial. “Me da bronca que me digan cómo me tengo que sentir”, justificará luego a Paola, incluyendo esa declaración, cuando concurra por primera vez a una terapia psicológica y no se sienta conforme con el protocolo inicial.

La obra puede complementarse con el aún más tráfico No tendréis mi odio (Ediciones Península), donde el periodista francés Antoine Leiris saca el corazón a través de las yemas de sus dedos para tipear cómo es que perdió a su esposa en aquella jornada y acto seguido pasó a ser el único adulto responsable de un bebé de 17 meses.

Así las cosas, incluyendo momentos muy logrados (“La expresión de su rostro me estremeció. Parecía querer decirme que el sentido último de la vida era la violencia, que todo hombre y mujer estaba condenado así”, describe al cuerpo inerte de un cincuentón) la catarsis sale sola y nunca es amena, aunque se pueda empatizar con las víctimas. De casualidad, fue publicado mientras se estrenaba en Buenos Aires la emotiva Dolor y gloria de Pedro Almodóvar, una película que trata sobre un director de cine (alter ego del propio PA) buscando escapar de sus crónicos malestares físicos, que lo han apartado de los sets. Uniendo los casos, tendríamos dos españoles y su búsqueda creativa para lidiar con los padeceres, con opuestos resultados.

 

 

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