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Entre caníbales

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El libro naufraga entre dos olas: la comunicación y la carne. O la falta de ambas, también. La vida de Teo se cuenta a través de las ventanas de chat abiertas en su computadora. El ¿absurdo? de las relaciones virtuales, el tráfico de data personal y la dependencia de un apoyo digital para vivir construyen una novela hilarante donde el riesgo existe, no en el mundo real, sino mientras estamos conectados. Manija, de J.P. Zooey (La Pollera) resume nuestro mundo contemporáneo.

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POR JIMENA REPETTO

¿Amamos por chat? ¿Lloramos por chat? ¿Puede un emoji sustituir una emoción? ¿Qué pasa entonces con esa cosa loca del contacto cuerpo a cuerpo cuando nos abstenemos de lo presente o los presentes? ¿Cómo vivimos ahora con reglas que nadie nunca aprendió? Manija, quinta novela de J. P. Zooey, expone un mundo virtual donde el amor, todo el amor, se ha vuelto un vegano vampiro, a quien nadie se acerca sin temor.

Si bien el arte de tapa de un libro no siempre suele tener tanto que ver con su interior, en el caso de Manija, la rana diseccionada sobre fondo amarillo anticipa mucho el universo que encierra el libro. Título, arte de tapa y texto encajan a la perfección en el universo algo trash, algo bizarro y algo dark que se configura en esta novela del autor argentino, de seudónimo a lo Salinger, ahora editado en Chile por la editorial La Pollera. De qué va la cosa: Teo es un joven de cuya vida sabemos a través de sus charlas por chat. Chat con sus amigos, chat con su mamá, chat con su coach emocional. Y entre chat y chat aparece Rocío, una novia a la que conoce por Tinder y con la cual desea mantener una relación que dure más que un mes. Pero Rocío, postvegana ella, tiene la extraña tentación de comer animales vivos. Y lo que empieza con un par de peces y sigue con colibríes, escala y escala a niveles que mejor quien quiera, lea. Teo se deja llevar un poco. Se deja porque encuentra en ese vínculo algo parecido a lo real. Rocío está ahí cuando todo lo demás se deshace en bits. Rocío es. Y es a tal punto que devora lo que encuentra. Porque en un mundo dominado por las distancias, aquello cercano pareciera un desafío incómodo. Y nada más cercano que el amor y sus imperfecciones, sus aristas, sus dilemas.

Mientras tanto, los amigos de Teo, desde la virtualidad por supuesto, son un encanto literario porque nada de lo que dicen tiene mucho peso y, sin embargo, constituyen en la prosa una presencia que divierte: por la asociación de canciones de bandas clásicas y bandas nuevas, por las charlas incongruentes, por ese mostrarse y ocultarse a la vez. En definitiva, por todo eso que conocemos bien de tan solo abrir Facebook, Instagram, Whatsapp o cualquier aplicación que pretenda acercar lo distante, para darnos el don de, con toda nuestra subjetividad, recluirnos a nuestras anchas. Nada empieza ni nada termina si siempre hay más para elegir, para recomenzar.

Por si con los amigos de Teo no bastaba, su mamá, de una depresión eufórica, se presenta como un personaje que se contacta con su hijo sin poder nutrirlo más que de problemas que Teo no puede, paradójicamente, digerir. Todas estas charlas se entrelazan en la novela con las sesiones de chat que Teo comparte con un coach emocional quien, lejos de ayudar en algo, pareciera disfrutar de los morbos, detalles sexuales y angustias de sus llamados “comandados” -o coacheados si vale la palabra- y alimentarlos.

Caníbal y postvegana; graciosa y triste; con el vértigo millenial pero el hastío de la generación X, esta pequeña novela va a encontrar su público en quienes gusten de las rarezas que la tradición sangrienta de la literatura argentina bien ha sabido generar, desde El matadero de Echeverría en adelante. Entre chat y chat la trama tiene algo de contemporáneo, algo que indigesta como una sacudida de realidad en la era virtual. Algo que nos recuerda el peligro de sentirnos acompañados cuando estamos tan solos. Tan solos entregando nuestros datos de forma gentil a un mundo que de todo genera explotación.

 

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