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El médico del nazismo

 

Pocos nombres provocan escozor como el de Mengele. El médico y antropólogo que jugó a ser Dios en los campos de concentración, donde se dedicaba a hacer experimentos genéticos con ellos. Refugiado en Argentina, murió ahogado y sin ser juzgado en Brasil. La desaparición de Josef Mengele (Tusquets), la novela literaria de Olivier Guez, trae a cuento esta historia espeluznante y esta es la reseña de ESTACIÓN LIBRO.

 

 

 

POR MARTÍN LIBSTER

 

 

Empobrecido, desclasado, viviendo en una pensión, harto de su trabajo, arrojado por la marea de la guerra que ha destruido su país al otro lado del Atlántico, el escritor polaco Witold Gombrowicz anotaba en 1955 en las páginas de su diario: “Ustedes, periodistas,  consejeros respetables y aficionados no debéis temer nada. Ya no los amenaza ninguna presunción mía, ningún misterio. Al igual que ustedes, que el universo entero, me deslizo hacia el periodismo”.

Lo que Gombrowicz escribiera de modo irónico hace más de sesenta años para referirse a una carrera literaria que creía terminada, se ha transformado en los últimos años en una tendencia dominante en la literatura francesa: la novela escrita sobre la base de hechos reales, la crónica histórica, el periodismo como sucedáneo de la literatura. Por supuesto, el género tiene exponentes diversos y novelas buenas y malas. El más famoso de sus cultores, Emmanuel Carrère, escribió Limonov, sobre la interesantísima vida del escritor ruso de ese nombre. Pero si la vida de Limonov es apasionante, la novela que lleva su nombre no pasa de la mera enumeración de sus aventuras, contadas en un estilo más bien chato. El año pasado, el escritor Eric Vuillard ganó el Premio Goncourt con El orden del día, una novela mucho más interesante sobre las complicidades de la gran industria alemana en el ascenso del nazismo. A diferencia de Carrère, Vuillard toma como punto de partida un hecho histórico y se detiene en la descripción de los personajes, hipotetiza sobre sus motivaciones, inventa y especula; en una palabra, hace literatura.

La nueva novela de Olivier Guez, nacido en Estrasburgo en 1974, es una muestra más de la vigencia del género (que, dicho sea de paso, no se limita a las letras francesas sino que tiene alcance universal). Titulada La desaparición de Josef Mengele, fue publicada originalmente en 2017 y galardonada ese mismo año con el Premio Renaudot. El libro cuenta, previsiblemente, las desventuras del “Ángel de la Muerte” (años más tarde, un siniestro capitán de fragata de la Armada Argentina recibiría el mismo apodo) luego de ser rescatado de las ruinas del Reich por la Odessa, la poderosa red con que el nazismo aseguró el exilio de algunos de sus jerarcas (por la misma vía llegarían Klaus Barbie a Bolivia y Adolf Eichmann a la Argentina). Empobrecido, desclasado, arrojado también él al otro lado del Atlántico, privado de los privilegios de que gozara como guardián de la vida y la muerte en Auschwitz, viviendo en un lúgubre hotel del barrio de Palermo, Mengele, que se oculta tras el alias de Helmut Gregor, intenta poco a poco retomar sus contactos y rehacer su vida en Buenos Aires. La ciudad de posguerra, alega Guez, es un santuario para nazis escapados; al amparo de la vista gorda de los funcionarios peronistas, una activo grupo de criminales de guerra lleva adelante sus actividades sin ser molestados. Pero la caída de Perón en 1955 complica las cosas, y Mengele debe continuar su fuga en medio de las persecuciones de los cazadores de nazis y la paranoia generalizada que entre los suyos provoca el secuestro en 1960 de Adolf Eichmann, quien será trasladado a Israel y ejecutado por su rol en el Holocausto.

Hasta aquí, La desaparición de Josef Mengele es una novela convencional, no demasiado imaginativa pero con una trama interesante facilitada por la vida de su protagonista. Pero el problema es que Guez no conoce Sudamérica, por lo que el andamiaje histórico de su novela cruje por todas partes. Atribuye a Perón planes que son más bien propios del régimen de Uriburu (la llegada de una presunta “hora de la espada”), le adjudica simpatías nazis que, más allá del prejuicio acendrado de un sector de la población, no resiste el análisis histórico serio (como lo demuestra el historiador israelí Raanan Rein en sus libros), se refiere a Chubut como un “estado” y, en líneas generales, pinta un retrato de la Argentina de un maniqueísmo que denota un desconocimiento profundo de las complejidades políticas de aquellos años. El efecto inevitable es la caída en el orientalismo, el retrato de la región con un pintoresquismo que le quita todo viso de realidad. Por lo demás, la tentación maniquea no lo abandona a la hora de retratar un Mengele que, como corresponde a un nazi, es malo, malísimo, y vive escupiendo bilis, rechinando los dientes e insultando al prójimo. Es allí donde se produce el conflicto; más allá de la presunta verdad histórica del relato, se vuelve inverosímil en tanta literatura. El personaje es demasiado lineal, demasiado simple; se comporta de la manera autoparódica en que se comportan los nazis (y los comunistas, y los dictadores, etc.) en una mala película de Hollywood.

Un párrafo aparte (y final) merece la traducción, que contribuye a empeorar las cosas. A un autor que no conoce la Argentina se suma un traductor español que desconoce el habla y la historia rioplatenses, por eso los personajes argentinos de la novela hablan en una incomprensible variante peninsular (“A los argentinos les importan un comino los rifirrafes europeos”) y las reuniones secretas de los exiliados nazis en barcos anclados en el puerto están custodiadas por gorilas, que en español peninsular significa “patovicas” y que, en la Argentina peronista, tiene un significado marcadamente distinto.

La desaparición de Josef Mengele es una novela fallida que cae víctima de sus múltiples limitaciones; el desconocimiento del autor de la complejidad del tema que lo convoca, el binarismo de su concepción política y, fundamentalmente, el desfasaje entre la crónica histórica y las necesidades de la ficción. Un ejercicio periodístico del cual, como decía Witold Gombrowicz, no hay nada que temer.

 

 

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