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El libro imperdible de crónicas del jazz

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En Grandes del jazz internacional en Argentina (1956-1979), de Claudio Parisi (Gourmet Musical) están las anécdotas backstage que todos queremos saber. Esas historias entre bambalinas que terminan de armar o desarmar el mito del músico. Como bien destaca el autor de la reseña, este libro viene a completar una trilogía de jazz en Argentina, lean.

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POR FACUNDO ARROYO

 

El periodista radial y arquitecto Claudio Parisi escribió un texto más que necesario para la historia del jazz internacional desarrollado en Argentina. Y por fuera de lo que se trabaja en Jazz al sur de Sergio Pujol y Jazz argentino de Berenice Corti, este trabajo editado por Gourmet Musical viene a aportar, como bien lo demuestra su título, un posible contexto. Abarcativo, sistematizado y frondoso. Sostiene, de alguna manera, los textos que reflejaron al circuito de jazz argentino.

 

Aquí la anécdota se vuelve testimonial. Son excepciones, para la bibliografía musical, en los circuitos genéricos donde no se han producido tantos libros. En el caso del jazz, ni hablar. En el otro extremo está el rock argentino: un libro de anécdotas, dentro de la hiper producción que se desarrolló durante los últimos diez años, no tiene sentido. O es simplemente eso: un libro de anécdotas con un mínimo grado de aporte a la causa. Parisi, entonces, tiene luz verde para desbordar de anécdotas a través de numerosas entrevistas y así relatar el hecho central del libro. 

 

Es tan poderoso el material de base que maneja el autor que ante cada artista que sistematiza y relata, queda en el tintero contenido para seguir tipeando. Al voleo, van algunos ejemplos de ensueño. Ella Fitzgerald sentada en el fondo del bar Jamaica con una copa de champagne en la mano. Un espacio chico, casi a oscuras, panoptizado por una de las grandes cantantes de jazz de toda la historia del género. O Stan Getz y Gary Burton subiendo unas escaleras mientras escuchan el ensayo del Quinteto de Piazzolla. “No quiero cerrar después de esta música, no habría nada que hacer”, aseguraban. O Dizzy Gillespie entrando a caballo, y vestido de gaucho, a grabar. La anécdota es conocida y termina siendo la tapa del libro (ilustrada por Santi Pozzi), pero piensen por unos segundos en esa imagen.

 

Un poco más sin spoilear demasiado: Ray Charles custodiado por ex boxeadores y sus típicas gafas negras. Fue tan difícil acceder a él que ni siquiera hubo fotos en 1970, el año en que vino por primera vez al país. Charles Mingus en el hall de su hotel dispuesto a charlar tres (¡tres!) horas con el grabador de la Expreso Imaginario. Una vez más, la histórica publicación dirigida por Lernoud le sacaba 10 metros de ventaja a la crítica de los grandes medios en 1977 que ni siquiera se hizo eco de esa única visita histórica del contrabajista y compositor más zarpado de la historia del jazz. Imaginen a Sarah Vaughan con un tremendo vestido blanco mirándolos, con amor y profundidad. Imaginen que la cantante hace foco en alguien, lo señala y le dedica “Tenderly”. Eso fue lo que pasó durante su segunda visita en 1972 en el Teatro Coliseo. El agraciado aún recuerda la anécdota, y asegura, lo hará para siempre. Escenas, secuencias y datos que antes de este libro estaban guardados en la memoria de algunos privilegiados, de algunas memoriosas.  

 

En una línea paralela a los grandes objetivos de Grandes del jazz… se construye, también, la historia de un circuito. Otra excusa para seguir hablando del jazz en Argentina. Así es que uno puede recrear las bases de operaciones claves para el desarrollo de las trasnoches del género. Ahí aparece el emblemático bar Jamaica, el estético y amplio 676 y el disruptivo y derivador lugar llamado La Cueva, cuna también, del origen del rock argentino. El circuito, se entiende, no sólo se construye de lugares que acogen el despertar de una música y sus artistas. También hay nexos importantes que forman parte de la realización y el flujo. La figura del productor, en este caso, está encarnada en la presencia ineludible de Nano Herrera. Uno de los protagonistas, sin lugar a dudas, del foco de este trabajo. 

 

No iba a ser fácil si armaban las visitas del jazz de otra manera que no fuera cronológica. Así, a partir de 1956, el autor desarrolla los shows más trascendentales de cada año. Hay, en algunos años como en 1960 y 1970, hasta tres visitas dignas de ser relatadas. En ese conteo, y por fuera de los artistas ya mencionados, también están Cab Calloway, Coleman Hawkins, Enrico Rava, Stone Alliance, Lionel Hampton, y los nombres, dentro de algunas crónicas principales, siguen apareciendo.    

 

El arte de la publicación no queda para la segunda bandeja. Hay un despliegue de archivos numeroso y de valor. Algunos guardados en cajas durante algunas décadas. A través de los capítulos que relatan cada una de las visitas, van apareciendo fotos que ilustran el momento (la mayoría con alguna de sus figuras principales) y hasta los programas de los shows con créditos y datos para el nerdismo que seguramente serán anotados en ediciones especiales y archivos personales. Por mencionar tan sólo una: el enorme Charles Mingus con un pucho en la boca y tocando su contrabajo. Una imagen capaz de demostrar su dolor (tenía problemas de salud), la dedicación artística y la profundidad de su presencia.    

 

De las visitas de Kamasi Washington en el Lollapalooza y la presencia del Quinteto yanqui de selección que lidera el trompetista argentino Mariano Loiácono a 1979 hay un hueco. Y ustedes lo están viendo, un hueco zarpado. ¿Se estarán escribiendo algunos volúmenes más de los grandes del jazz internacional en nuestro país?

 

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