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Polanski: el hombre culpable

Escribe Javier Diz sobre Memorias (Malpaso) de Roman Polanski: “Esa contradicción entre su misoginia galopante y la fascinación por las mujeres fue una de las sombras con las que el cineasta tuvo que lidiar durante toda su vida, alimentada también por sus relaciones al borde de la ilegalidad con mujeres muy jóvenes”. Una mirada crítica, aguda y con la rigurosidad de la palabra justa.

 

POR JAVIER DIZ

 

 

En el epílogo de sus Memorias (Malpaso, 2018), Roman Polanski afirma, a más de treinta años de haberlas escrito, que casi no se reconoce en el relato, como si fuera otra persona que dice ya tener más claro ese límite borroso entre ficción y realidad en el que estuvo inmerso durante sus años jóvenes. “No soy el mismo hombre que entonces; hoy prefiero la realidad”, asevera. En esas últimas cinco páginas resume la vida post 1981, no contada en el libro (su estable pareja afectiva y artística con Emmanuelle Seigner, la realización de más de una docena de películas, la Palma de Oro en Cannes y el Óscar de El pianista, el escandaloso arresto en Suiza, una actualización en el famoso caso que lo acusa de haber violado a una menor y un largo etcétera), que podrían ser relatadas en un segundo volumen de memorias. Pero si al Polanski de estos días el espejo le devuelve otro reflejo, no tiene que ver con un gesto negador para despegarse de una reputación construida a veces por malos entendidos y exageraciones infundadas, y otras ganada por conductas y pensamientos propios del artista. De hecho, curiosamente, en su revisión, Polanski decidió no aggiornar ni actualizar algunas cuestiones –al menos– polémicas (el cineasta polaco dice también no arrepentirse de nada de lo que ocurrió en el camino; que su presente no sería sin aquello).

La autobiografía hace un recorrido obligado por algunas etapas trascendentes de la vida joven del artista: describe con precisión la atmósfera de terror durante la Segunda Guerra Mundial; su infancia alerta durmiendo en sótanos, abrazado a su osito de felpa y con los zapatos puestos por si había que huir a toda velocidad; su vida de aventuras en carne viva en el gueto de Cracovia; la mudanza obligada por distintas casas de familias; su temprana obsesión con el cine; la construcción de un proyector improvisado; el descubrimiento de su vocación, cuando a los trece años, como parte de un grupo de boy scouts (Polanski era también un dedicado deportista y amante de la aventura) se animó a recitar un monólogo cómico y perdió todas sus inhibiciones conociendo la atención que podía despertar en sus ocasionales espectadores. Y es en esos años de juventud cuando aparece por primera vez la curiosidad de Polanski por las mujeres y la posibilidad del sexo. Y así, uno de los “deslices” del relato: cuando la chica que le gusta lo invita a cenar a su casa (él entiende esto como “una invitación a pasar la noche juntos”) y al final de la velada le pide que se vaya: “la primera muestra de incoherencia femenina”, según la mirada de Polanski.

Esa contradicción entre su misoginia galopante y la fascinación por las mujeres fue una de las sombras con las que el cineasta tuvo que lidiar durante toda su vida, alimentada también por sus relaciones al borde de la ilegalidad con mujeres muy jóvenes (en el libro enumera sin ruborizarse las situaciones de sexo casual en fiestas y noches alocadas, y es de destacar su relación sentimental con Nastassja Kinski cuando la actriz tenía solo quince años y el director pasaba los cuarenta), que culminaron con el escándalo por el que se lo acusó de haber violado a una chica de trece años a quien Polanski debía fotografiar por un pedido de la revista Vogue Hommes, al estilo del trabajo de David Hamilton (cuyas películas etéreas con adolescentes desnudas serían imposibles de producirse hoy).

Además de la relación con el sexo opuesto, hay otro elemento significativo que sobresale durante el relato: la cercanía de Polanski con la muerte. La idea del “Dios aparte” juega fuerte en la vida del cineasta. Si bien en su niñez fue testigo de numerosas escenas espantosas en la calle propias de la guerra, fue una noche, al levantarse para ir al baño, cuando vivió ese horror en carne propia. Apenas sintió el zumbido de un avión, se vio arrojado contra una puerta, golpeando contra el suelo del pasillo, aturdido y cubierto de polvo. Un pedazo de vidrio se le había incrustado en un brazo. Una de las tres bombas lanzadas esa noche había caído en el edificio de al lado. Él y su familia se salvaron por pocos metros. Fue el primer gran golpe de suerte en su vida.

Pocos años después, ya adolescente, se dejó guiar por un conocido hacia un lugar apartado y oscuro en un parque, donde supuestamente concretarían una operación en la que se haría de una bicicleta. Se trató de un engaño, que terminó en un ataque en el que fue golpeado de espaldas en la cabeza numerosas veces para robarle. Pocas horas después, mientras estaba internado y le comunicaban que estuvo cerca de morir por fracturas de cráneo, se enteraba de que la persona que lo había atacado era buscada por tres asesinatos que habían tenido el mismo modus operandi.

Aunque la más trascendente de estas evasiones azarosas a la muerte se daría en la tragedia más importante y más célebre de su historia personal: el asesinato de Sharon Tate, la mujer de su vida –a pocas semanas de dar a luz–, en manos de los miembros del clan Manson, en una lujosa residencia que Polanski había alquilado en Los Angeles. Allí podría haber estado el director, si un problema de papeles le hubiera permitido tomar el vuelo asignado desde Londres, donde se encontraba trabajando. El capítulo dedicado a esta pérdida –y a sus consecuencias– es el más doloroso y triste de Memorias. “Me alegra haber escrito este volumen en un momento en que todos mis recuerdos estaban frescos y eran precisos”, cierra Roman Polanski. Y esa claridad es quizás la razón por la que sus líneas, a más de 35 años de haber sido escritas –sin excusas, sin remordimientos, sin escapismos–, se sienten tan verdaderas.

 

 

 

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