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Crónicas de la inmigración japonesa en Argentina

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Una isla artificial de Fernando Krapp (Tusquets) hace un recorrido por los entrañables y dolorosos pasos de la corriente migratoria más desconocida de la Argentina: la japonesa. Krapp recorrió el país buscando las historias más recónditas sobre esta cultura tan lejana y sin embargo, tan nuestra.

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POR PABLO DÍAZ MARENGHI

 

Un dicho popular latinoamericano dice: «Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos de los barcos». Sin dudas, la inmigración y el mestizaje forma parte del ADN de la argentinidad. Desde la época colonial, pasando por las diferentes oleadas migratorios, con el puerto de Buenos Aires como epicentro, una impronta cosmopolita, con miras a Europa, ha delineado al territorio y sus habitantes. Sin embargo existe una corriente que, tal vez, sea de las menos exploradas por la historiografía, la prensa y el inconsciente colectivo: ¿qué pasa con los japones? Con altas dosis de xenofobia, racismo y «orientalismo» -en términos del antropólogo palestino Edward Said- se le suele endilgar el epíteto de «chino» a cualquier persona proveniente del continente asiático. Pero existen muchos (demasiados) matices en torno a estos pobladores del suelo argento que huyeron, en su mayoría, de la pobreza extrema, el hambre, la guerra y el conflicto social. Reconvertidos en tintoreros, floricultores y paisajistas, sentaron las bases de toda una corriente poblacional que dejó su huella. El escritor, periodista y cineasta Fernando Krapp (1983) rastreó sus orígenes y vaivenes en su notable libro de crónicas Una isla artificial (Tusquets). Allí compone una radiografía en donde resuenan la nostalgia, la melancolía y, también, la ternura de un pueblo con una historia milenaria que acumula décadas de perseverancia y resistencia.

 

En el prólogo a la edición de 2004 de Larga Distancia, Martín Caparrós definió, con su habitual ironía, que «la crónica convierte al periodismo en algo más que información que morirá mañana, o eso intenta, al menos, dispuesta a morir en el intento». Una definición corrosiva pero eficaz del periodismo narrativo que Krapp cumple a la perfección. Colaborador habitual de medios gráficos, sus catorce crónicas se embanderan dentro de una forma de un modo de contar la realidad que Tomás Eloy Martínez supo definir como «híbrido y fronterizo». En el prólogo cuenta un poco de sus motivaciones (una inquietud sobre los japoneses, un pedido de su editora y directora de la colección Mirada Crónica de la cual forma parte este libro, Leila Guerriero, un amigo de la infancia, el encuentro con Matías Chiappe, un estudiante de Doctorado en Literatura Japonesa en Tokio) y sus dudas («¿por qué los japoneses son como son?»). El autor recurre a fuentes bibliográficas y a los Nikkei (así se denomina a los emigrantes de origen japonés y a su descendencia) pero, sobre todo, utiliza su olfato periodístico/cinematográfico, su curiosidad y un tono que oscila entre la descripción minuciosa y el respeto por conservar de la manera más honesta y equilibrada posible las voces de los protagonistas de estas historias. En una entrevista al diario Página 12 describe su modus operandi: «Tenía que ver con algo de poner el cuerpo en la crónica. Obviamente, tenés que trabajar con material escrito, con el cotejo, con tomar notas. Pero en un principio, para mí, había algo en relación al cuerpo. Eso salvaje que tiene la crónica, que es ir y encontrarte con gente». En la misma entrevista comentó sobre el aporte de su experiencia como documentalista: «Podía aprovecharla y tratar de hacer una especie de documental escrito. En lugar de hacer un estilo paper, lo que hice fue viajar». Sobre todo se nota la influencia en su mirada de su última producción, El volcán adorado (2018), película que versa sobre el descubrimiento de las momias de Llullaillaco y la identidad de las comunidades coya e inca. Tal filme parecería haber sido el entrenamiento necesario para que Krapp profundice en Una isla… su peculiar y minuciosa habilidad para indagar sobre la identidad de una nación, un territorio y un pueblo a partir de sus pliegues y fragmentaciones.

 

Algunos relatos se destacan por sobre otros, como «El paraíso de los trajes muertos» en donde narra el origen, ascenso y caída de los tintoreros, oficio que ayudó a consolidar económicamente a miles de inmigrantes nippones (la mayoría provenientes de Okinawa) y a sus familias. Resuelve aquí la duda de por qué nunca se creó un «Barrio Japonés» y las comunidades fueron instalándose en diversas regiones (Mendoza, Misiones, Buenos Aires) colaborando también con el desarrollo urbano. Emergen personajes que, por la potencia de sus historias de vida, se vuelven encantadores, como la docente universitaria Cecilia Onaha, la escritora Anna Kazumi Stahl, el paisajista Yasuo Inomata (diseñador del Jardín Japonés) y la experta en sushi y principal difusora de dicho alimento en el país, Silvia Morizono. Un relato se destaca por sus condimentos históricos, nombres célebres implicados y dramatismo: Susana Tamashiro, ex militante revolucionaria, periodista, sufrió el flagelo de ser mujer y moverse en la bohemia porteña de las redacciones y los bares en los años sesenta y setenta, fue amiga de Jorge Di Paola y se codeó con los hermanos David e Ismael Viñas, Miguel Briante y hasta conoció a Rodolfo Walsh. Fue rechazada de una redacción por el solo hecho de ser mujer. Su caso le sirve a Krapp para mencionar la historia de los desaparecidos japoneses durante la última Dictadura Militar reconstruida en el libro No sabían que somos semillas, de Andrés Asato (quien da testimonio en la crónica «Dos sobrevivientes»). 

 

Krapp recurrirá a un tono que privilegia las voces ajenas antes que la propia. Construye a una narrador que sugiere, pregunta pero no prejuzga, reflexiona pero, a la vez, contempla; casi como un maestro zen. Se perciben algunas lecturas que Krapp tuvo en cuenta, como Ezequiel Martínez Estrada o Carlos Gamerro, más bien en el uso minimalista del lenguaje en clave intimista, algo necesario a la hora de abordar una comunidad que no por nada posee el mote de ser «cerrada».  Por qué no también mencionar a La ciudad vista de Beatriz Sarlo, como una posible obra emparentada. Con la misma displicencia narra escenas de exhibiciones de sumo, explica de manera minuciosa los procesos de clonación de orquídeas, las ceremonias del té y el devenir de las tintorerías desde su consolidación, por la preeminencia de los trajes elegantes de la city porteña hasta el advenimiento de las cadenas 5àsec. La versatilidad y la fragmentación del mismo Japón funciona, a lo largo de las casi trescientas páginas del libro, como una metáfora, a la vez, de la propia argentinidad. En la misma entrevista a Página 12 el autor menciona que «el haiku del fracaso se aplica a todas las colectividades, a nosotros como sociedad». En un pasaje del libro define a Japón como «Un pueblo chico, una isla apartada donde todos los náufragos, tarde o temprano, llegan a conocerse». El devenir de las diferentes generaciones de japoneses instaladas en este rincón del cono sur, con sus pérdidas y fracasos a cuestas, con sus pequeños grandes triunfos, con sus mitos y leyendas llega a un extremo que de tan distante y exótico parece estar, al mismo tiempo, hablándole al oído del ser nacional. Krapp captura estos matices, los disecciona y expone con rigor histórico y elegancia dando (posibles) respuestas a sus preguntas iniciales. 

 

 

 

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