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Con la espada de mi boca, de Inés Garland

 

Los relatos de este nuevo libro de la Garland (Alfaguara, 2019), tienen la impronta de este presente que transitamos. Primeras entregas amorosas y sexuales en tiempos donde la mujer es protagonista y todo se ve desde distintas perspectivas. En esta precisa reseña de nuestra autora, los cuentos de Con la espada de mi boca, se atraviesan a pura piel.

 

 

POR AGUSTINA DEL VIGO

 

Hay un libro que un monje escribió hace muchos años sobre el amor. En ese libro, El libro de Buen Amor del Arcipreste de Hita, escrito a fines de la Edad Media española, se habla de las formas del “buen” y del “mal” amor. En un intento por condenar las prácticas sexuales, el arcipreste entrega a los hombres y mujeres de su época un manual bastante completo de cómo disfrutar el cuerpo del otro. De la boca para afuera -del monasterio, para el mundo- estas prácticas se condenan. Del papel hacia adentro, la lujuria sobrevive y se expande.

En este siglo tan opuesto al del Arcipreste de Hita, Inés Garland escribe un libro sobre los despertares del deseo y del amor. Y lo hace también vistiendo a su lobo con la túnica del santo cordero. Con la espada de mi boca es nada menos que la parte de un versículo del Apocalipsis con el que la autora decide introducir su libro. Otros pasajes de la Biblia servirán de epígrafes al comienzo de cada capítulo. Sentencias divinas que vienen a señalarnos la piedra con la que ya no deberíamos tropezar. Pero los personajes de Con la espada… no están para concluir procesos, sino problematizarlos. Explorar las intrincadas y perversas formas que adquiere el amor y el sexo en nuestra sociedad. Pensar en los besos también como heridas, en la familia como el lugar inseguro, y la intimidad como un miedo que solo nos transforma en olas, y al cuerpo del otro, en nuestra piedra mortal.

En el libro, separado en tres secciones de relatos breves y un pequeño cuento largo (“Pedazo de mí”), no hay imágenes acabados sino más bien escenas de la vida con sus asperezas sin limar, y narradores con una gran capacidad de observación. Para estos protagonistas, el mundo se detiene para ser observado y expuesto en sus detalles, fragmentos de sentido que quedan resonando en nuestra mente como una bala que estalla en el bosque. Lo supe muchos años más tarde, como tantas cosas. Cuando los bloques que seguían juntos ya mostraban todas sus fisuras, cuando hacía tiempo que había descubierto que los matrimonios se hacían daño.”, dice la niña de doce años protagonista de “Bloques inseparables”, la misma que oirá a su padre decir sobre una amiga de similar edad que es un “avión”, y que si sigue contoneándose de ese modo volverá loco a su padrastro. La misma que escucha a su madre decir que la hija de otra pareja amiga de la familia “se casa por apuro” para esquivar el incómodo debate de los embarazos adolescentes. Los narradores de estas historias también son mujeres que pasan revista a sus frustraciones amorosas (“La zorra ilusa”), amantes que teorizan sobre el amor y se pelean por tener sexo en una pieza de hotel en hilarante diálogo (“Los Hamsters”), o una madre dañada por un amor egoísta que también quiere obligar a abortar a su futuro hijo (“Pedazo de mí”).

Todos ellos entregan el relato de sus victorias y derrotas en el pantanoso terreno del amor para contribuir a la desactivación de ciertos patrones de comportamiento, y así poner en evidencia los mecanismo de control con los que fuimos inseminados desde la infancia. Que no pueden más que reproducirse cada vez que se posan en un nuevo cuerpo, como esa planta endémica que florece por toda Buenos Aires en tendido de cables y balcones. Con la espada de mi boca también es una apuesta por el poder de la palabra. Las palabras como una espada. La boca que blande los besos y las dagas. La espada de la boca también será la que no pueda blandir el adolescente que le roba plata a su madre para ver a una prostituta y deja que la mucama sea despedida por supuesto robo (“La mujer de la esquina de la estación”), o la que no pudo usar Julián para frenar las manos que sobre él posó la despechada novia de su padre (“La Colorada”). También será la boca que no pudo cerrar una madre para no gritarle a su hija cuando pretendía hablarle con calma (“Los ojos que la miran”). O la del chico que se deja besar y manosear el sexo por la mujer que venía a complacer a su padre todos los fines de semana en la casa familiar, bajo la mirada aprobatoria de la madre (“A principios del verano”), y donde el protagonista concluye: “El peso de lo que no entendí todavía arrastra lo que sí entiendo.”

Garland pone una y otra vez en primer plano estas relaciones inquietantes entre adultos y jóvenes, entre adultos y adultos, para mostrarnos una verdad: el elemento siniestro que deforma lo cotidiano siempre aparece en las dos costas del río. Y aún así, lo único que importa a veces es poder echarle la culpa alguien. Aunque ese alguien sea un chico, acusado en las redes sociales de haber estado con una compañera sin su consentimiento luego de una fiesta (que los despertó a ambos desnudos y con resaca en una carpa), cuando ni la compañera se acuerda de lo que hicieron esa noche (“El rapto de las Sabinas”). Es interesante cómo Garland entra a los debates del feminismo poniendo en primer plano el testimonio de un hombre durante el relato de una supuesta violación. La autora nos habla de las otras campanas y de sus imposibilidades de sonar en un mundo cada vez menos testosteronizado. En ese mundo también hay víctimas. Pero de eso hoy nadie habla en las redes sociales:

Sigue sin saber por qué le pide perdón. Sigue sin saber qué le hizo. Él siente que lo que sea que hicieron lo hicieron los dos, pero no lo dice. Le gustaría tanto acordarse. La piel de Celeste esa mañana en la carpa, tan blanca, el cuerpo de él acostado sobre las bolsas de dormir, el cansancio, la resaca, la perplejidad. La vulnerabilidad, la vulnerabilidad. No es que pueda usar esa palabra, ni siquiera se le cruza por la cabeza”. Garland le muestra al mundo hasta qué punto el deseo sexual puede traer caos y confusión, pero también lo reivindica como la posibilidad de no morir, como dicen los dos hombres adolescentes, protagonistas de “Evitar la ocasión 1978” y “Evitar la ocasión, 2017”. Con solo recordarlo, vuelve a quedar como esa noche que no puede explicar, ni siquiera sabe qué palabras ponerle a eso, pero lo que sabe, dice, es que el que sepa parar ahí es un monstruo. De haberle dicho que si seguía podía morir, hubiera contestado que moriría de no seguir. No podía ni respirar. Quería partirla como una nuez y comérsela.

La carne siempre está atrapada entre la duda y el deseo, como en estos dos relatos espejados, en los que se narra con exactas palabras -con un copy-paste deliberado- lo difícil que es ir en contra de los instintos primarios, aunque sea una idea que nunca se instale verdaderamente en el relato parental, y que se da más que por obviado en el discurso social sobre la sexualidad. Como si tener sexo o sentir atracción por alguien fuese algo que pudiese responder a un orden, aprenderse en los manuales, ser evaluado con la frialdad con la que se evalúa lo que le pasa a otros. Garland nos dice, relato tras relato, que el sexo jamás es fácil ni natural, a pesar de que la industria cultural nos haya hecho pensar lo contrario.

Con la espada de mi boca también nos habla entonces de la dificultad de sostener un amor que se vuelve físico, casi una parte de nosotros. Después de todo, cada uno se enamora según “lo que tiene disponible para enamorarse” como dice el joven protagonista del cuento “Giulio Césare” luego de debutar de la forma más inesperada y extraña en aguas caribeñas. Una verdad que se impone hacia el final de esta obra como una realidad, y una esperanza.

En la yuxtaposición del mundo celestial y terreno, Con la espada de mi boca logra narrar, como hizo el Arcipreste de Hita en su época, lo complejo que puede ser el sexo y el amor en los vínculos humanos. También logra mostrarnos lo que somos capaces de hacer fuera de todas nuestras vigilancias. De lo que hay detrás de las puertas que nos obligamos a cerrar para sentirnos más dignos, pero sobretodo, menos culpables de nuestros deseos.

 

 

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