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¡Socorro!

Elsa Bornemann

¡Socorro! 12 cuentos para caerse de miedo, de Elsa Bornemann (Rei)

Este libro se recomienda
a partir de los 11 años
2
Texto
Elsa I. Bornemann
Ilustración de Tapa

1ª edición: mayo 1988
15ª edición: noviembre 1991
Título original: ¡SOCORRO!
Elsa Bornemann

 

 

POR FRANKENSTEIN

Celebro —con todos mis corazones (el literario y los cinematográficos)— la publicación de este nuevo libro de Elsa Bornemann. Ella me había prometido escribirlo poco tiempo después que nos conocimos, cuando era apenas una criatura más o menos así de alta y —como a casi todos los niños— le encantaban los cuentos de terror (aunque se cayera de miedo al leerlos o escucharlos…).
A pesar de su corta edad, al enterarse de la tremebunda historia de mi vida E.B. me compadeció y comprendió que lo que yo necesitaba —desesperadamente— era ser amado.
Me trató —entonces— del mismo modo que a su familia o a sus compañeros de escuela y yo respondí con profunda lealtad a sus sentimientos: ja más le hice el menor daño.
Un día —en el que me sentía monstruosamente tris te— E.B. me prometió —para mimarme, un regalo hecho por ella, especialmente para mí. «Cuando usted cumpla 170 años y yo sea grande —me dijo— voy a escribir un libro de cuentos que le van a poner los pelos de punta, querido Frankie», y acarició una de mis repulsivas mejillas, a la par que me dedicaba la mejor de sus sonrisas.
Quererla a Elsa es fácil. Quererme a mí, no. Por eso, valoré tanto su amistad. Hasta que la conocí, no sabía lo qué significaba tener un alma amiga. Toda la gente a la que intentaba acercarme huía de mí —despavorida— debido a mi apariencia, ya que —según dicen— soy horrible y los seres humanos suelen fijarse en esos detalles para querer o no a otro, en vez de tomar en cuenta la fealdad o hermosura de los sentimientos.
Nadie podrá imaginarse mi sufrimiento: ¡es insoportable que a uno le adjudiquen —siempre— el papel del malo de la película!
Seguramente —a esta altura de mi relato— muchos de ustedes estarán pensando que E.B. era una nena horripilante, pesadillesca, y que por eso me aceptaba con tanta naturalidad.
Nada que ver. Todos la encontraban bonita, simpática y despertaba cariño y se lo decían, así como a mí me gritaban cosas irreproducibles y únicamente me ganaba el miedo y el odio de los demás.
Pero para qué recordar —ahora— momentos tristes, si también los he tenido muy felices. Como esos ratos que pasaba en compañía de mi amiguita —por ejemplo— y durante los que yo solía recitarle fragmentos de gran des poetas, que siempre me apasionó la poesía y a ella también.
Me escuchaba —entonces— tan extasiada y me con templaba con tanto afecto que yo lograba olvidar que era Frankenstein.
Pero lo soy. Y tengo el orgullo de que E.B. me considere su monstruo favorito y que me haya elegido a mí para escribir este prólogo, entre tantos y tantos monstruos como le tocó conocer en su vida real. Hacía mucho tiempo que no sabía nada de ella. Por eso, cuando recibí el sobre con los originales de estos cuentos y su pedido de que fuera yo quien escribiese la introducción, me alegré doblemente. E.B. había cumplido con su promesa y su libro me llegaba justo para los festejos de mis 170 primaveras (ya que nací en 1817). También, con el consejo de que no lo leyera antes de dormir, recomendación que —ahora— repito para ustedes, porque lo cierto es que no le hice caso y anduve insomne y con los pelos de punta durante todas las noches que duró mi lectura de «¡SOCORRO!» (la experiencia fue más inquietante que mirarme en el espejo…).
En la carta que me envió adjunta al libro, E.B. me contó que tuvo que armarse de coraje para escribirlo. La pura verdad es que lo hizo muerta de susto, como si hubiera sido aquella nena del pasado la que los creaba, con el corazón encogido y el miedo serpenteándole debajo de la piel.
Al fin, reunió doce —uno para ser leído cada mes del año; uno por mes— porque opina que no es cuestión de exagerar en este asunto de codearse con lo terrorífico… (Y si ella lo dice… Por algo me tenía olvidado durante tanto tiempo, ¿no? Bah, lo que me importa es su confianza…).
Ah, también confió en mí para que le ordenara el material.
Bien. Verán que se me ocurrió dividir a «¡SOCORRO!», en tres partes de cuatro textos cada una, ordenados del siguiente modo: tres cuentos breves más un cuento relativamente largo al final de cada parte, para que resulte un volumen equilibrado en su forma, lo más armónico posible… (justo lo contrario que yo, ¿eh?). Me he referido —someramente— a la estructura del libro, puesto que E.B. asegura que estos detalles de «la cocina literaria», suelen interesarle bastante a «sus» lectorcitos.
«Sus» lectorcitos… Les confieso que me puse un poco celoso al enterarme de que no sólo había escrito el libro para cumplir con la promesa que me había hecho sino —e igual de «especialmente»— para responder —de una buena vez— al reclamo que le venían haciendo ellos desde hace varios años atrás, en el sentido de que escribiera «cuentos de miedo».
Aquí los tienen.
Afirmo que nunca había leído yo historias tan sobrecogedoras.
Son decididamente geniales y están escritas con maestría, lo que demuestra —una vez más— el extraordinario talento de E.B., escritora argentina que asombra mundialmente.
Y que nadie ose decir que mis elogios son desmesura dos, no sólo porque E.B. merece éstos y muchos más sino porque siempre se supo que los prologuistas tienen como función hablar maravillas de la obra que presentan y de su autor y no voy a ser yo la excepción a la regla (bastantes problemas me ha traído —ya— el ser excepcional, como para que me invente uno nuevo…).
Deseo y auguro para «¡SOCORRO!» el más impresionante de los éxitos en el mundo de la literatura para jovencitos.
Ya los dejo en la perturbadora compañía de sus relatos y corro a esconderme debajo de la cama, canturreando «¡Helpl» —una y otra vez— para espantar los temores (a ustedes puedo revelarles mi nuevo secreto: ¡me caigo de miedo al recordar estos cuentos!).
Los saluda, muy monstruosamente,

FRANKENSTEIN
Año 1987

 

 

La recordada Elsa Bornemann.

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