Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

Derramarás lágrimas de sangre, de Andrea Milano

En Derramarás lágrimas de sangre – Un amor prohibido en tiempos de esclavitud (Brasil, 1866 – 1888), de Andrea Milano (PLAZA & JANES), Brasil está sumergido en la injusticia, miles de esclavos son obligados al trabajo forzado y sometidos al castigo físico. La pasión entre Maria Graça Esteves y Dimas es incontenible. Ella pertenece a una de las familias más conservadoras de Brasil, y él es un mulato, esclavo del cafetal, joven, fuerte y con ideales libertarios. ¿Podrá un amor sobrevivir a la prohibición?

 

 

 

POR ANDREA MILANO

 

 

 

Estaba vivo.

Con el poco aliento que le restaba, logró arrastrarse hasta el patio. Se volteó lentamente y observó, impotente, cómo las precarias paredes del rancho, abrasadas por las llamas del infierno, se caían a pedazos como naipes en una mesa.

Ya no había nada que hacer. Se habían ensañado con él de la peor manera, sin siquiera darle la oportunidad de pelear. Se mordió los labios para no llorar de rabia y de dolor. Intentó ponerse de pie, pero el ardor en la espalda le impidió moverse. Quedarse allí era arriesgarse a una muerte segura. Debía alejarse antes de que alguien descubriera que había conseguido librarse del incendio. Estiró el brazo hasta alcanzar la pared del aljibe. Se dio cuenta en ese momento de lo mucho que temblaba. Se impulsó hacia arriba y logró incorporarse. Tomó el barreño de madera y se echó el agua encima para refrescarse. La quemadura en su espalda escoció como el mismísimo demonio. Ahogó un grito mientras se deshacía de los jirones de tela de su camisa que se le habían pegado a la herida. Uno de los caballos, nervioso por la cercanía del fuego, empezó a rasguñar el suelo con sus pesadas herraduras mientras abría y cerraba los ollares para intentar respirar. Volvió a caer al suelo. La densidad del humo se hacía cada vez más espesa y le provocaba un picor en la garganta. Le hizo señas de que se aproximara. Sería más sencillo montarse encima del animal que ir a su encuentro. El potro se resistía a obedecer, estaba tan asustado como él. Puso el cubo en el suelo, y aunque ya no había ni una gota de agua en su interior, fue todo lo que necesitó para atraer nuevamente su atención. Cuando lo tuvo cerca, se sujetó con ambas manos del estribo y consiguió erguirse. Hizo un esfuerzo sobrehumano para llegar hasta la silla de montar, y comprendió de inmediato que encaramarse encima del caballo, en su calamitosa condición, sería toda una odisea. Debía intentarlo. No tenía otra opción si quería salir de allí. Puso el pie derecho en el estribo y, tomando aire, saltó sobre el animal, quedando con medio cuerpo colgando. Cuando buscó acomodarse mejor, vio por el rabillo del ojo que un jinete se aproximaba. Era una silueta fantasmagórica que se dibujaba más allá del humo que se alzaba por encima de los muros del rancho y se perdía en la espesura del valle. Su primera reacción fue pedir ayuda; sin embargo, a medida que el desconocido se iba acercando, descubrió que se trataba de uno de los hombres que lo habían atacado. El miedo y el instinto de supervivencia le dieron la fuerza suficiente para tomar las riendas del animal y echarse a andar. No llegó muy lejos. Un vozarrón lo intimidó a detenerse. Ni siquiera miró hacia atrás. Azuzó al caballo, golpeándolo en la parte trasera con vehemencia, pero cuando la bala que le estaba destinada entró por su espalda, cayó pesadamente hacia delante y terminó en el suelo, con un agujero en el cuerpo. Aturdido y débil escuchó a su agresor apearse de su caballo y avanzar hacia él. Debía huir. Si permanecía un segundo más allí, todo lo que había luchado para sobrevivir habría sido en vano. Y él no estaba listo para morir todavía.

Se arrodilló con las manos abiertas apoyadas en la hierba. La sangre que manaba de la herida chorreaba por su pecho y caía en gruesas gotas sobre la tela sucia de sus pantalones. La bala había atravesado su cuerpo, dejándole un agujero a escasos centímetros del corazón. Llegar hasta el río era su única escapatoria. Y lo sabía. Unos cuantos metros lo separaban del cauce que corría por esas tierras. Aunque la distancia no era mucha, el desconocido venía pisándole los talones. Se arrastró por el suelo hasta que consiguió incorporarse. Se cubrió la herida para detener el sangrado. Con la visión borrosa y el cuerpo maltrecho por causa del disparo y la quemadura, tardó una eternidad en alcanzar la orilla del Jaguarí. Cuando miró por encima de su hombro, vislumbró esa silueta oscura y amenazadora acercándose a pasos agigantados. Contempló el río. En su largo recorrido que terminaba desembocando en el Uruguay, esas aguas tumultuosas que se estrellaban contra las rocas infundían un gran temor. Sin embargo, en ese momento, arrojarse en ellas era su única oportunidad para salvarse. Cuando faltaban pocos metros para que su atacante llegara hasta él, se entregó a esas aguas y encomendó su alma al Señor. Su cuerpo, gravemente herido, fue devorado sin piedad por el Jaguarí mientras una gran mancha de sangre iba tiñendo su cauce.

 

 

Posteos Relacionados