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Animales del mar

por Lexus, Array

...

Ficha Técnica

Peso 0.3 kg
EAN

9788538086550

ISBN 13

853808655-3

Editorial

Idioma

Español

Edición

1

Sinopsis

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El mar (Suma de Letras) es la historia de tres hombres desesperados por encontrar a dos mujeres en peligro. Un magnífico relato sobre la brutal maquinaria de la mafia pesquera y el devastador efecto de la avaricia del hombre sobre el océano. Wolfram Fleischhauer bosqueja un escenario catastrófico pero posible y nos obliga a enfrentarnos a nuestros propios límites sobre el amor y el compromiso con la naturaleza. Compartimos un fragmento del primer capítulo.

[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row el_id="padding-contenido" css=".vc_custom_1549998210668{padding-right: 40px !important;padding-left: 40px !important;}"][vc_column][vc_column_text el_class="texto-contenido"]     Todo estaba a oscuras cuando ella abrió los ojos. Percibió que estaba empapada de sudor, aunque al mismo tiempo tenía solo una vaga sensación de su cuerpo. Cerró los ojos y volvió a abrirlos. Ninguna diferencia. Intentó mover las piernas, luego los brazos, pero las articulaciones no le obedecieron. Entonces cobró presencia una vibración que se fue extendiendo por su piel. Todo lo que había a su alrededor se elevaba y después descendía ligeramente. Intentó mover los brazos de nuevo y esta vez sí notó algo: primero, una resistencia y, a continuación, un dolor súbito que la forzó a permanecer inmóvil de inmediato. «Tranquila —pensó—, no es nada. Se te han quedado dormidos los brazos y la sangre comienza a circular de nuevo. Eso es todo.» Pero eso no era todo. ¡Ni muchísimo menos! Esperó y se puso a escuchar con atención, esforzándose por distinguir cualquier clase de objeto en aquella oscuridad absoluta. ¿Qué le había pasado? ¿De dónde procedía aquel zumbido, aquella vibración? De pronto sonó una especie de estampido y sin el menor aviso comenzó a oírse un chirrido, el grito prolongado de un ser sobrenatural. Ella se sobresaltó y chilló; ahora un dolor recorría a toda velocidad su cuerpo, un dolor que no conocía ni era capaz de clasificar. Respiró con dificultad, intentó mover al menos un poco los brazos y las piernas, ahora con un temor y una prudencia mayores, pero las ataduras eran implacables y le apretaban la carne con cualquiera de sus movimientos; la sangre se le estancaba y tenía la sensación de que le estaban clavando agujas en los brazos y en las piernas. ¡La cena en la cámara de oficiales! Era lo último que recordaba. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Un segundo fuerte estampido contra la pared hizo vibrar el lugar en el que ella yacía. ¡Bumm! El estómago se le contrajo instintivamente para compensar aquella sensación de ascenso y descenso de su cuerpo en la oscuridad. Bumm. Bumm. La pared de acero situada tras su cabeza retumbaba. Aunque sabía que era inútil, intentó enderezarse y alzó la cabeza todo lo que buenamente pudo a pesar de las ataduras. Poco a poco fue teniendo claro dónde se encontraba: estaba en su camarote, en el casco del barco. A sus oídos llegaron apagadas voces de órdenes. Luego oyó los estampidos y los retumbos de la maquinaria de un barco. «Un segundo barco. —Se le pasó por la mente—. Están transbordando mercancía. Claro.» Antes de que pudiera seguir pensando en ello, todo se ladeó de repente. Algo cayó en su camarote con un ruido y los gritos de fuera se volvieron más intensos. De nuevo algo volvió a chocar contra el casco produciendo un estruendo. Ella se estremeció. Por la inclinación del barco, ella ya tendría que haberse caído de la litera en circunstancias normales, pero las ataduras la mantenían sujeta, volvían a estrangularle la sangre y le cortaban la piel como un cuchillo romo. Sin embargo, eso no era lo más desagradable. Lo peor era que ahora se deslizaba por su busto un objeto de tacto áspero. Al principio no entendió qué era, pero cuando la manta que tenía encima fue resbalándose centímetro a centímetro y ella pudo percibir entonces el aire sobre su piel desnuda, sus ojos se abrieron como platos. ¡Estaba completamente desnuda! Intentó soltarse de las ataduras presa del pánico y gritó por el dolor que le producía cada movimiento. Sin embargo, su voz se desvanecía con el chirrido estridente del exterior, que ahora pudo identificar con claridad. Era el aullido iracundo del metal restregándose contra el metal. Respiraba a sacudidas y tenía frío. Intentó tranquilizarse, no moverse y ordenar sus recuerdos. Había cenado con ellos; todavía se acordaba de eso. Por supuesto, había percibido la animadversión de la tripulación. Sus miradas. Sus comentarios. Pero estaba acostumbrada a esas conductas, que ya conocía de intervenciones pasadas. Ella se comportó como siempre, no reaccionó a las provocaciones, ingirió su comida y se retiró a su camarote para clasificar las pruebas y escribir sus notas. ¿Qué había sucedido entonces? Su estado de aturdimiento solo podía significar una cosa: ¡la habían anestesiado! ¿Y después? Tuvo náuseas y miró su cuerpo hacia abajo. No podía ver absolutamente nada, pero, con cada segundo que pasaba, la certeza iba perforando más hondo en su interior. Percibió que hacía minutos que mantenía instintivamente los muslos prietos. Como si eso fuera a cambiar ahora algo. Sintió arcadas. Las caras de los marineros iban desfilando junto a ella. Movió la cabeza de un lado a otro, con desesperación, como si así pudiera librarse de esas imágenes. ¿Cuánto tiempo pasó hasta que perdió la conciencia? ¡Las muecas de aquellos tíos! ¿Qué le habían hecho? ¿Fueron varios o solo uno? ¡Solo! ¿Llevaba anestesiada horas o habían sido días? No tenía noción alguna del tiempo transcurrido. Tenía la garganta reseca y sentía ganas de vomitar. Estaba echada en un camarote sin ventanilla a bordo de un arrastrero, dos metros por debajo de la línea de flotación en algún lugar del Atlántico Norte. Eso era todo lo que sabía con seguridad. Se le empezaron a contraer los muslos. Trató de relajarse y de pensar con claridad, pero no conseguía concentrarse. Se le escapó un gemido, tan desesperado e iracundo, tan extraño y desacostumbrado, que estuvo a punto de asustarse a sí misma. Acto seguido, el pánico se apoderó de ella otra vez. ¡Las ampollas! Aunque era inútil, clavó la vista en la oscuridad e intentó reconocer los objetos que había sobre la mesita de la pared de enfrente del camarote. La distancia era escasa, había poco más de un metro de separación entre la mesita y la litera sobre la que estaba tumbada, pero no podía ver nada. Le castañeteaban los dientes. El frío avanzaba lentamente por su cuerpo desnudo y el hecho de haber sudado antes con la manta áspera no hacía sino acelerar ahora el enfriamiento. Poco a poco fue recordando más detalles. La extraña sensación que le sobrevino al regresar a su camarote. No se trataba de ningún cansancio normal. Pensó en todo lo que le habían inculcado una y otra vez durante su formación. «Harán desaparecer vuestros portátiles —les habían advertido—. Destruirán vuestros documentos si pueden. También lanzarán las muestras por la borda. Y no olvidéis nunca que sois el único policía a bordo y que nadie, absolutamente nadie, os querrá tener allí. Han anestesiado incluso a observadores. Y les han hecho cosas terribles.» Se le aceleró la respiración. ¿Y si habían encontrado las ampollas y se las habían llevado? ¿Había llegado por sí misma a su camarote o se había desmoronado antes? No tenía ni idea. —¡Eeeh! —gritó. Tenía la voz ronca y se le quebró al instante. Tragó saliva y se le desfiguró la cara por el dolor. Le escocía la garganta. Reunió saliva, la tragó, respiró hondo y volvió a gritar—: ¡Eeeh! El ruido de fuera prosiguió sin alteraciones. ¿Eran pasos lo que se oía en la cubierta? Oyó el traqueteo de un motor, posiblemente un torno de cable, pero ante su puerta no se movió nada. Iba a gritar de nuevo, pero se lo pensó mejor. Quien entrara, fuera quien fuese, iba a verla así. Desnuda. Violada. Se arqueó hasta que el dolor en las extremidades casi la dejó sin sentido. El frío, el dolor, el desvalimiento y la humillación la paralizaron. «¡Piensa, piensa! Tienes que salir de aquí antes de que regresen. Tienes que salir de aquí.» Un cabrestante traqueteó y se oyeron gritos y exclamaciones por todas partes. El mar de fondo debía de ser enorme, pues el barco se elevaba y descendía incesantemente. «Fuera de aquí», volvió a pensar. Y, a continuación, de nuevo: las ampollas. ¿Estarían a salvo? Trató de palpar el tipo de ataduras del que se trataba con el dedo corazón. Desistió dos veces porque el dolor se estaba volviendo demasiado intenso, pero finalmente la punta de su dedo chocó contra algo duro, una correa delgada que se le clavaba muy adentro en la piel y que estaba ligeramente ranurada. La palpó varias veces por encima y acabó abandonando con resignación. Era inútil. Un agavillador de cables. No tenía ninguna posibilidad contra aquello. Jamás podría liberarse sin ayuda. Con los ojos abiertos por el miedo se puso a escuchar con atención en aquella oscuridad impenetrable pero, minuto a minuto, con el ojo interior de la mente fue viendo con más claridad lo que estaba sucediendo en la cubierta. La oscuridad le agudizó todos los sentidos. Conocía esos sonidos. Aquel ruido que se repetía con regularidad e iba acompañado de pequeñas sacudidas que ella percibía en todo el cuerpo solo podía significar una cosa: el barco estaba admitiendo una carga. ¿De quién? ¿Por qué aquí? ¿Con esta marejada? A continuación oyó unos gritos. Aunque sabía muy bien que se hallaba completamente indefensa, le entró un pánico de muerte. Oyó cómo se descorría un cerrojo y luego se abrió la pesada puerta de metal. No vio nada, una linterna enfocaba directamente a su cara y la deslumbró. —¿Quién está ahí? —exclamó intentando demostrar valentía, pero le tembló la voz. La luz fue desplazándose lentamente por encima de ella—. ¡Tú, cerdo! —gritó—. ¡Muéstrate al menos, cerdo cobarde! Quienquiera que estuviese en la puerta permaneció en silencio, mientras la alumbraba como si fuera un animal en el matadero. Las lágrimas asomaron en sus ojos. ¿Qué iba a suceder ahora ? ¿Iba a lanzarse sobre ella alguno de esos perros perversos? ¿Se estaban turnando y ahora le tocaba al siguiente? —¡Anda, ven acá, gallina! —gritó ella—. Imagínate que yo fuera tu hermana o tu madre. Sí, tal vez entonces te guste de verdad, escoria. Vamos, ¿a qué estás esperando? Ella misma no sabía de dónde procedían esas expresiones, pero algo en su interior le hacía expulsar esas palabras de desesperación y de desprecio. El foco de luz volvió a dirigirse a su cara y de pronto se acercó a ella con mucha rapidez. —Buenas noches, zorra. —Oyó decir en español. Un instante después, algo le pinchó en el muslo izquierdo. La luz seguía fijada en ella deslumbrándola hasta que sus párpados fueron haciéndose cada vez más y más pesados al cabo de unos segundos y se cerraron poco a poco. El fuerte impacto de una ola sacudió el barco, pero ella ya no lo percibió. El mensaje de socorro entró a las 4.37 en la central de emergencias de salvamento marítimo de Falmouth. El capitán había enviado el aviso de persona desaparecida a través de una llamada selectiva digital que se reenvió vía satélite al puesto correspondiente de coordinación en el sur de Inglaterra. El Valladolid, un buque arrastrero congelador del tipo Atlantik 333 que navegaba con pabellón español, se encontraba en el momento de la llamada de emergencia en la posición 52° 10’ N, 23° 48’ O. Los servicios de vigilancia entraron inmediatamente en contacto con el capitán y registraron todos los datos transmitidos. Se comunicaba la desaparición de una mujer de la tripulación. No se sabía el momento exacto, solo que hacía media hora que se la echaba en falta. La desaparecida tenía treinta y tres años y se hallaba en buen estado de salud. No se sabía si llevaba puesto un traje de supervivencia o un chaleco salvavidas, pero lo consideraban improbable dado que no faltaba ningún chaleco y a bordo no había habido actividad pesquera. La habían visto por última vez después de la cena, entre las 19 y las 20 horas, en las proximidades de su camarote y vestida con ropa informal. Poco después de las cuatro de la madrugada advirtieron el golpeteo de la puerta de su camarote, que estaba sin cerrar. Este estaba vacío y la luz del techo, encendida. La búsqueda bajo cubierta no arrojó ningún resultado. Tras el aviso al puente de mando y el inmediato recuento se registró todo el barco sin que se hallara a la desaparecida. Se temía que se hubiera caído por la borda. Tras la introducción de todos los datos disponibles comenzó el cálculo de la zona teórica de rescate. Teniendo en cuenta el rumbo del Valladolid durante las últimas horas, la velocidad, la posición en el momento de la llamada de socorro, la fuerza del viento, las corrientes marinas y las provocadas por el viento en ese sector, la zona de búsqueda se correspondía aproximadamente con la extensión de Luxemburgo. A partir de esos cálculos se elaboró una lista de todos los barcos que se encontraban cerca del sector afectado y se les reenvió la llamada de socorro junto con el requerimiento de ponerse a disposición de un salvamento marítimo de emergencia. Poco después se recibieron las respuestas con las horas previsibles de llegada a la zona de búsqueda de catorce buques. La central de Falmouth asignó la coordinación in situ a un carguero canadiense que sería el primero en llegar a la zona y que podía poner a disposición el personal suficiente. Arribó al área de destino a las 7.12. A lo largo de la mañana se apresuraron a acudir en ayuda otros barcos, entre ellos una embarcación de pasajeros, un buque cisterna, un carguero, dos naves no clasificadas previamente que resultaron ser barcos militares franceses, así como dos embarcaciones pesqueras. Buscaron sistemáticamente en la zona acotada hasta el anochecer. El capitán del Valladolid informó a su compañía naviera en Vigo, la cual asumió la tarea de informar de inmediato sobre el incidente a los allegados de la observadora pesquera portuguesa que había desaparecido. La Organización de la Pesca del Atlántico Noroccidental, la NAFO por sus siglas en inglés, que había encargado la misión a la joven, interpuso ese mismo día en la fiscalía de Pontevedra una denuncia contra una persona desconocida. El Valladolid recibió instrucciones de su compañía naviera para interrumpir ipso facto la pesca y poner rumbo a Vigo, su puerto de origen. Se confió este asunto al órgano español correspondiente, la Comisión Permanente de Investigación de Accidentes e Incidentes Marítimos, la CIAIM. Al caer la noche no se había divisado a ninguna náufraga a pesar de la intensa búsqueda y a las diecinueve horas se suspendió el rescate. 1 Render La ermita de Nossa Senhora da Luz, en Carvalhais, era una construcción sencilla, pequeña, blanca, con un zócalo pintado de azul, una puerta de color rojo ladrillo y tres ventanas de vidrieras emplomadas. Una cruz de piedra sobresalía del frontón. Habían construido la parte derecha de la ermita un poco más ancha, de modo que a la altura del canalón se había edificado un saliente de muro en el que había un pequeño campanario. De él colgaba incluso una pequeña campana que ya no se utilizaba. Para hacer las veces de ella se había instalado junto al campanario una barra vertical de la que colgaban un sistema de megafonía con tres altavoces. A través de ellos sonaba desde hacía poco el ángelus para laudes, hora sexta y vísperas, pero Johann Render no era consciente de ello. Se encontraba más bien poco receptivo ante lo que sucedía a su alrededor. Acababa de llegar a Carvalhais en un Polo que había alquilado en el aeropuerto de Lisboa. En la plaza del pueblo preguntó por la ermita y la encontró sin problemas, a pesar de que no entendió absolutamente nada de la descripción del camino excepto las indicaciones hechas con las manos. Aparcó frente a la ermita, se bajó del coche y se encaminó directamente hacia la puerta roja. Estaba ajustada pero sin el cerrojo echado. Empujó el picaporte y la puerta cedió con un ligero chirrido y se movió hacia dentro. Render pisó el umbral. El aire era asfixiante y enseguida descubrió el porqué: un impresionante conjunto de velas situadas a su izquierda, sobre un pequeño altar lateral debajo de una imagen de la Virgen. La mayor parte de ellas ya se había casi consumido y la corriente de aire que se originó al abrir la puerta hizo que ondearan brevemente las llamas. A lo lejos, desde la iglesia del pueblo, se oían amortiguadas las campanadas de las horas, pero por lo demás reinaba un silencio absoluto en aquel diminuto templo. Estaba solo, mirando al altar y respirando con pesadez. Nadie conocía su llegada. Había partido espontáneamente. La descorazonadora espera y la certeza que iba volviéndose cada vez más probable con cada día que transcurría y que hacía que toda esperanza resultara vana, le hicieron imposible continuar sentado durante más tiempo a su escritorio sin hacer nada, solo aguardando y rezando, algo que de hecho ya había hecho dos veces. Y que posiblemente volvería a hacer ahora. Despacio, como si pudiera quemarse, se acercó al pequeño altar. Allí estaba la fotografía de ella, sonriendo. La imagen debía de ser de la época de la universidad. Un gorro de lana le cubría su larga cabellera y solo se le veía la cara lozana, joven. Estaba de pie en la proa de una gran barca de madera varada de lado y miraba ensimismada el mundo que había detrás de la cámara. Se le contrajo el estómago, pero no apartó la vista, sino que se obligó a observarlo todo con detalle. Allí había flores frescas, y también mustias, que por lo visto nadie se atrevía a retirar. «¿Cuánto tiempo permanecerá todo esto aquí?», se preguntó. No se esperaba diez años para los desaparecidos en el mar hasta declararlos oficialmente muertos. Como máximo, tal vez seis meses. Teresa procedía de una familia de pescadores. Los locales sabían muy bien que no volvía a aparecer casi nadie que no se hallara a bordo al regresar a puerto. Junto a la fotografía había un libro de condolencias en el que quedaban muy pocas páginas sin escribir. Pasó las hojas y leyó. Render no hablaba portugués, pero comprendía el sentido de la mayoría de las frases de pésame. Alguien había dibujado una cara arrasada en llanto y escrito un breve poema debajo. Abrió la primera página: la entrada estaba escrita con una caligrafía irregular, torpe: «Mi corazón está contigo en tu tumba fría y húmeda, y te da el calor de todo mi amor. Mamá». Aquellas letras garabateadas se difuminaron frente a sus ojos. Se sentó en uno de los bancos de madera y se sacó un pañuelo del bolsillo, pero lo mantuvo aferrado en la mano y dio rienda suelta a las lágrimas. ¿Qué habría escrito él si fuera capaz de hacerlo? Ella ya no estaba. Y, por consiguiente, él tampoco. Casi dos años atrás, la vida le había hecho un regalo increíble. Y ahora se lo había vuelto a quitar. Aquella llamada telefónica lo arrancó del sueño. La voz de la mujer al otro lado de la línea permaneció en completa calma. Eran las seis menos cuarto. Solo vio el nombre en la pantalla y enseguida tuvo el presentimiento de que debía de haber ocurrido algún suceso extraordinario. —¿Vivian? —John. —Yes? ¡Ya solo por la forma en que pronunció su nombre, pensó que algo ocurría! —What happened? —preguntó él con una mezcla de impaciencia y de temor—. ¿Por qué me llamas a estas horas de la madrugada? —Entonces ¿todavía no lo sabes? —¿El qué? Maldita sea, ¿el qué? ¿Qué pasa, Vivian? La voz titubeó seguramente tan solo una fracción de segundo. ¿O la impresión de que todo se ralentizaba a su alrededor se debía al creciente pánico? —Teresa ha desaparecido. Despertó por completo de golpe. —¿Qué? —balbuceó. —Acabo de recibir hace un momento el aviso. —Oyó decir a través de un ruido de fondo—. Ha sucedido en algún momento de esta noche. Están reuniendo ahora mismo una flota de rescate. En cuanto se haga de día, peinarán la zona. De pronto le resultó difícil respirar. Quería decir algo, pero no lo consiguió. Estaba ahí simplemente sentado, con el auricular al oído y la vista fija y desconcertada en la penumbra de su dormitorio. —Voy ahora mismo a la oficina —dijo ella. Él no fue capaz de responder. —¿John? —Sí —jadeó él. —Todavía no sabemos nada con seguridad. Teresa es una observadora experimentada. Estoy en contacto con todos los departamentos y te informaré en cuanto me entere de algo. Ya sabes dónde puedes encontrarme. —Sí —repitió sin apenas voz—. Gracias. —Hasta luego. Ella colgó. Él dejó caer la mano y el teléfono cayó sobre el suelo de madera con un golpe seco. Así debía de ser cuando perdías un brazo o una pierna. En los primeros segundos no sientes ningún dolor, solo un pánico impreciso, elemental. Cuando fue a levantarse, comenzó a temblar y percibió algo caliente entre los muslos. Se dirigió a toda prisa al baño y consiguió sentarse en el retrete, pero, apenas se sentó, el temblor empeoró. Un escalofrío tras otro le recorría la espalda. Jadeaba y el corazón le iba a toda velocidad. El pecho se le hinchaba y deshinchaba como si estuviera teledirigido, como si alguien lo golpeara con brutalidad. ¡Teresa desaparecida! ¡En el Atlántico Norte! Se precipitó sobre el lavabo y vomitó. Sin saber cómo consiguió ducharse y vestirse. Lo rodeaba una sensación de entumecimiento y de irrealidad: todo parecía empañado, apagado, falso. Se encontraba de pie en la cocina, hecho un completo lío, desconcertado. «A la oficina —pensó—. Tengo que ir ahora mismo a la oficina.» Fue dando tumbos hasta la sala de estar y se dejó caer en el sofá. Había sucedido algo atroz, inconcebible. Teresa estaba desaparecida. Lloró. Transcurrieron los minutos, paulatinamente iba haciéndose de día, un día gris de noviembre. El ruido de fondo del tráfico de Bruselas en hora punta penetraba amortiguado por las ventanas. Tenía que ir a la oficina. ¿Tal vez el aviso sería erróneo? Se puso el abrigo, cogió su maletín y cerró con llave la puerta del piso. Todo parecía igual que siempre. Durante una fracción de segundo imaginó que lo había soñado, pero cuando se sentó en el coche en el aparcamiento subterráneo, volvieron a comenzar los temblores. Condujo con prudencia mientras subía la rampa hasta que la puerta automática desapareció en el techo con un ruido, y se integró en el tráfico de la avenue Louise. En su planta todo estaba en silencio. Casi nadie aparecía por allí antes de las nueve y ahora no eran más que las ocho y pico. Recorrió el pasillo desierto y abrió la puerta de su despacho, pero de pronto ya no sabía qué estaba haciendo allí. Encendió la luz con un movimiento mecánico y luego puso en marcha el ordenador. De pronto oyó unos pasos fuera; la puerta se abrió. Vivian Blackwood estaba frente a él. Su jefa estaba pálida y durante unos segundos hubo un silencio. Él quiso decir algo, pero los labios le temblaban demasiado. Vivian cerró un instante los ojos y negó con la cabeza. —Todavía no se sabe nada seguro. Media armada está ahí fuera buscándola. Es... —¿Cuántas horas, Vivian? —la interrumpió él—. ¿Cuántas? Ella no respondió. —¿Seis? ¿Siete? —contestó él mismo a su pregunta—. Sabes tan bien como yo que solo se dura unos minutos. —Removeremos cada piedra, John. Haremos... Él alzó la mano y volvió a interrumpirla. —Gracias, Vivian, pero hagamos lo que hagamos, eso no nos la devolverá. Y lo que no hicimos... La voz se le quebró. El teléfono móvil de Vivian pitó dos veces, pero ella no reaccionó. —Tengo que subir, John —dijo a continuación—. Moveré cielo y tierra para recibir todas las informaciones. Te prometo que se hará todo lo necesario. Todo. —Gracias. Se acercó a él, lo abrazó y el aroma de su perfume lo envolvió. La mejilla de ella tenía un tacto frío no natural al rozar la suya. Ella se apartó, buscó con su mano la de él y se la apretó. Él se dejó hacer. Vivian no lo había abrazado nunca. De hecho, nunca había traspasado la distancia del escritorio. Y ahora le estaba sosteniendo la mano. ¿Se repetiría esta escena durante toda la mañana cuando los demás llegaran y se enteraran de lo que había sucedido? Teresa, su novia, estaba desaparecida. Probablemente se había ahogado en el Atlántico. Enseguida se difundiría la noticia por toda la casa. Se quedó mirando fijamente el ordenador, en el que ahora iban abriéndose sin pausa las ventanitas de los correos electrónicos entrantes. La cabecera era siempre la misma: «Para Johann RENDER Section C/2 GD MARE Fisheries conservation and control – Atlantic and Outermost Regions». Le habían escrito todos. Neil de la APFO, Gregg de la NAFO e incluso Viktor Bach de la Interpol. Abrió los primeros correos y paseó la vista por su contenido. Eran muy similares, expresaban desconcierto y condolencia, así como la firmeza por ir hasta el fondo del asunto y exigir una explicación completa, sin lagunas. Render cerró el gestor de correo electrónico y fijó la vista en la pared de enfrente. De ella colgaban algunas postales. Y montones de frases tontas. «No debería saberse nunca de qué están hechas dos cosas: la política y las salchichas.» Salió de su despacho, desconectó su teléfono y se dirigió al aparcamiento subterráneo. Dado que seguía la ruta opuesta, es decir, saliendo de Bruselas, se libró del megaembotellamiento de todas las mañanas que se producía a la entrada de la ciudad y consiguió llegar rápidamente a la E40 por los túneles. Condujo en dirección a Gante. El sol irrumpió a través de las nubes y brilló con claridad sobre los campos y bosques que había a izquierda y derecha de la autopista. Los carriles de la dirección contraria estaban atascados sin remedio hasta Ternat. Después de Gante salió a la carretera nacional y la siguió hasta la costa. En Breskens estacionó en un aparcamiento abandonado junto al dique. El agua de color plomizo se extendía hasta el horizonte, donde el mundo parecía acabar en una niebla de una sucia tonalidad blanquecina y grisácea. Se pasó toda la mañana recorriendo el camino de las dunas. Almorzó ya tarde en Cadzand, pero se dejó la mitad de la comida y solo se bebió un vino blanco que lo aturdió agradablemente. En el viaje de vuelta, los bocinazos y los frenazos continuos de los conductores se concentraban en los carriles contrarios, y volvió a salir bien librado de los atascos, lo cual no fue óbice para que sus pensamientos cayeran cada vez más en la desesperación, en lo tenebroso. Volvió a conectar su teléfono, pero los mensajes solo confirmaron que todo seguía igual que por la mañana. La habían estado buscando durante todo el día. A las siete de la tarde se habían suspendido todas las medidas de rescate. El incidente no se mencionaba en los medios nacionales ni en los internacionales. Solo en internet se especulaba al respecto de lo sucedido, pero él interrumpió la lectura al cabo de unas pocas frases. Vivian le envió un mensaje donde le decía que le dispensaba de acudir al trabajo durante el resto de la semana; también le comunicaba que si ella podía hacer algo, no tenía nada más que pedírselo. ¿Hacer? Sí, ¿hacer qué? Al llegar a Bruselas se fue al cine por pura desesperación, pero la cosa no funcionó. Daba lo mismo lo que apareciera en la pantalla, porque él veía siempre la misma cara. Media hora después de que empezara la película, se salió del cine. Indeciso, dio algunos pasos en dirección a la porte de Namur, pero descartó entrar en ningún bar y, en vez de eso, caminó torpemente hasta el aparcamiento subterráneo en el que estaba su coche. ¿Qué debía hacer para distraerse, para no volverse loco? Un nudo en la garganta le tenía casi cortada la respiración. Le costó introducir la tarjeta del aparcamiento en la ranura de la máquina por lo mucho que le temblaba la mano. Al final encontró su coche y se sentó en su interior, pero se quedó allí sin hacer nada. Ante él se extendía un entorno espectral de automóviles vacíos, pilares de hormigón y una iluminación mortecina. El culpable era él, oía decir en su mente a martillazos. ¡Él era el culpable de su muerte! Daba lo mismo lo que dijeran los demás. Render agarró con fuerza el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos y esperó a que se desatara poco a poco el nudo de su garganta. Por fin arrancó el viejo BMW y ascendió la estrecha salida de vehículos en forma de espiral. Hacía solo unas pocas semanas, ella estaba sentada en el coche a su lado. Habían cenado en un pequeño restaurante en la rue de la Régence y luego habían regresado al aparcamiento de la rue de Namur, pasando por la place du Petit Sablon. Ella iba colgada de su brazo. Recordó el aroma de su perfume. Llevaba el pelo suelto y, de vez en cuando, el viento le lanzaba contra la cara uno de sus largos mechones. El recuerdo le resultó insoportable. Aceleró, rozó ligeramente la curvada pared de la salida de vehículos, frenó de repente y a continuación avanzó despacio hasta la barrera. Sin prestar atención a los daños ocasionados en el guardabarros introdujo el tíquet en la máquina y se adentró en el tráfico vespertino. No tenía que recorrer mucha distancia. Su vivienda se encontraba en uno de los modernos edificios de alquiler de los años treinta que había en el extremo bajo de la avenue Louise. No era especialmente bonita, pero estaba en una cuarta planta con vistas al square du Jardin du Roi y poseía ventanas con acristalamiento triple, de modo que el ruido de ese bulevar de cuatro carriles llegaba amortiguado a su piso siempre que él las mantuviera cerradas. Su vida se desarrollaba sobre todo en la parte trasera de la vivienda, donde se encontraban el baño y la cocina, el despacho y el dormitorio. Prácticamente no utilizaba nunca la sala de estar ni el comedor. Los tiempos en los que había celebrado cenas de gala quedaban ya muy en el pasado. Pocas veces se habían debido estas a su propia iniciativa, sino que casi siempre las habían organizado sus dos esposas, con quienes había pasado dieciséis y dos años, respectivamente. Tenía tres hijos de su primer matrimonio. Sus dos hijas vivían con su madre en Países Bajos y su hijo, el mayor de los tres, estaba estudiando en Estados Unidos. Con su segunda esposa, una jurista austríaca que había conocido en Viena durante una reunión, todo había acabado tras tan solo dos años de matrimonio. Al menos no había tenido más hijos con ella. Por muy incomprensible que le pareciera aquello en la actualidad, después de cada boda había comprado de inmediato una casa y se había metido en reformas que duraron meses. Después de cada divorcio las había vendido, la primera vez con ganancias; la segunda, con unas pérdidas tales que equivalieron a las ganancias de la primera transacción. Mientras tanto, consideraba molesta toda forma de propiedad. No quería estar atado a nada más e incluso habría preferido alquilar los trajes que se ponía. Su tiempo en Bruselas estaba ya prácticamente finiquitado. Al contrario que algunos de sus colegas, que al final de sus carreras pillaban unos lucrativos contratos de asesoramiento para aumentar aún más sus ya sustanciosas pensiones, y se dedicaban en adelante a hacer más o menos lo mismo que desarrollaban hasta entonces, él iba a poner un punto final definitivo a su compromiso con Europa. Durante mucho tiempo no supo adónde iría después. Ya no conocía a nadie en Alemania. Siempre había acariciado y sopesado la idea de viajar a Estados Unidos, de mudarse allí para estar cerca de su primogénito, que era con quien mejor se entendía de sus tres hijos. O a Amsterdam. Sin embargo, la relación con sus dos hijas era difícil. Durante sus años mozos habían estado expuestas masivamente al veneno que les había inoculado su primera esposa después del divorcio. Se negaban incluso a hablar en alemán con él, algo absurdo, porque si bien su neerlandés era más que bueno, no entendía por qué tenía que comunicarse con sus propias hijas en un idioma extranjero. Desde hacía casi treinta años estaba obligado a hablar todos los días en francés o en inglés. Ya estaba hasta el gorro de todo, tanto por ese motivo como por muchos otros detalles. «Estás cansado de vivir en el extranjero», le había dicho Teresa, que lo expresó de una manera muy simple y clara, igual que si su médico le hubiera comunicado que tenía diabetes. No era ninguna enfermedad muy peligrosa, pero sí un estado que perjudicaba y mermaba su vida. «Tienes que volver a casa —le explicó ella—. A tu idioma. A tu mundo. Aquí vives igual que en una estación lunar. No se puede ser solo europeo. Eso es demasiado abstracto. Hay que serlo “además” de otra cosa. Quien “solamente” es europeo no es nada. En algún momento caes en la nada.» Entró en el piso a oscuras, cerró la puerta y percibió cómo le invadía un vacío infinito. ¿Volver a casa? ¿Y dónde quedaba ahora? Con ella —eso es lo que había pensado—, todo adquiría un giro completamente nuevo. Con Teresa el futuro volvía a estar de repente completamente abierto. Tal vez se habría establecido en Lisboa. O habría viajado con ella por el mundo y la habría apoyado en sus proyectos. Así se lo había imaginado él. Pero ¿y ahora? ¡Se acabó! Desaparecida en el mar. Caída por la borda. No había indicios de una intervención externa. Render fue a la cocina, se sirvió una copa de vino tinto de una botella medio llena y conectó su teléfono móvil en una base dock al lado del microondas. Al cabo de unos pocos segundos la música del piano de Bill Evans llenaba el espacio. Render la escuchó atentamente. Luego dejó la copa a un lado y sopesó seriamente echar una carrera con la velocidad suficiente hasta la sala de estar y saltar por uno de los grandes ventanales. Cuando ella iba a verlo a Bruselas solía quedarse junto al ventanal mirando a la calle. Con un abrigo. Con tejanos. Una vez también casi desnuda, solo con una colcha sobre los hombros. Le gustaba la vista sobre la variante bruselense de los Campos Elíseos. La comparación con París no se sostenía en lo más mínimo, por supuesto, a no ser quizá por las tres horas de atasco de cada mañana o por los compradores de marcas de lujo que dominaban la ciudad durante el resto del día. La zona quedaba desierta como muy tarde después del cierre de las tiendas. Pasadas las diez de la noche, llegaban las prostitutas. Volvió a sentarse y ocultó la cabeza entre las manos. Se sentía como si tuviera un agujero inmenso, invisible, en el pecho, a través del cual soplara el viento. Continuamente se veía obligado a tragar saliva sin motivo. ¿Cómo iban a seguir las cosas? ¿Por qué debía continuar nada en absoluto? Su despacho en la rue Joseph II no lo esperaba. No se agobiaría conduciendo por la avenue Louise y luego atravesando el túnel hasta la rue Belliard, como había hecho miles de veces hasta entonces. No tenía actos pendientes ni sesiones. A las once cualquier otro colega acompañaría a Vivian a la comisión presupuestaria. ¿La cita con el defensor del consumidor? ¿El encuentro con el ponente de la Comisión de Pesca del Parlamento Europeo? Todo se había aplazado para la semana próxima. ¡La semana próxima! Se levantó y se dirigió a su despacho. La pantalla del ordenador se encendió en cuanto tocó el ratón y, con un suave zumbido, arrancó el disco duro. Tres minutos más tarde ya había encontrado la conexión más rápida para ir a Carvalhais. Reservó el vuelo que salía más temprano hacia Lisboa y luego un coche de alquiler que cogería a su llegada. Luego metió algunas cosas en una maleta pequeña, pidió un taxi al aeropuerto para las seis de la mañana, se tomó un somnífero y se fue a la cama. Así fue como su estado de paralización por la conmoción se convirtió de pronto en unas ganas ciegas de acción. Las cosas no pudieron suceder más rápido. El vuelo aterrizó en Portela a las once, y media hora después estaba sentado en su coche de alquiler. El trayecto no le llevó siquiera dos horas, y ahora se encontraba en la ermita de la localidad donde ella había nacido y crecido. ¿Y ahora qué? ¿Qué podía hacer en estos momentos? ¿Seguir esperando? ¿El qué? ¿Un consuelo? ¿Esperar cualquier señal de que por un azar inimaginable ella hubiera sobrevivido lo suficiente en las aguas y que otro barco la hubiese rescatado? Se conminó a levantarse de nuevo, se acercó otra vez al altar y examinó las muestras de pésame, duelo y desesperación. Allí estaba una pequeña tarjeta con la foto de un bebé que anunciaba su nacimiento. Teresa Maria da Carvalho. 14 de abril de 1989. Debajo había fijado un mechoncito de cabello infantil. Al lado había una cadenita de oro con una cruz. «Lo que debe estar pasando su madre», pensó. Su padre. Sus hermanos y hermanas. Él no los conocía, solo lo que ella le había contado. Ningún familiar de ella se había puesto en contacto con él. No sabían de su existencia. Sacó una vela nueva de un recipiente de latón que estaba junto al libro de condolencias, la encendió con una de las que ya estaba casi consumida y la presionó contra el pabilo y la cera líquida de la anterior. Al cabo de unos pocos segundos la soltó, comprobó durante un instante si se sostenía en pie y se dio la vuelta. Al salir de la ermita no vio a nadie por ningún lado. El cielo tenía un color azul radiante, el aire era suave y a la vez fresco. Respiró hondo, se sentó al volante de su coche y se puso a esperar. Al cabo de un rato llegaron a pie, despacio, algunas personas procedentes del pueblo. Dos mujeres vestidas de negro y un hombre joven con pantalón de pana de color castaño oscuro, una camisa a cuadros de franela y una chaqueta de piel raída. Render no se movió. Pasaron justo al lado de su vehículo, pero no le prestaron atención. Vio sus caras. Las mujeres eran ancianas, sus rostros estaban vacíos, carentes por completo de expresión. El hombre era considerablemente más joven y su paso, era firme. Tenía una espesa cabellera negra y unos ojos oscuros, serios, escrutadores. «¿Su hermano?», se preguntó, pero no fue capaz de bajarse del coche y hablarles. Entraron en la ermita, la puerta se cerró tras ellos y todo quedó como estaba antes. El cielo seguía vacío sobre su cabeza. El viento acariciaba los campos circundantes haciendo mecer a un lado y a otro las hierbas altas. Unas golondrinas pasaron veloces por encima sin hacer ruido. Arrancó el motor y se marchó de allí.   [/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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