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Setenta balcones y ninguna flor

Baldomero Fernández Moreno (Buenos Aires, 1886-1950) fue, además de un gran poeta, un médico que pasó su infancia en España, la tierra de sus padres y regresó a Argentina a sus trece años. Un verdadero flaneur, esto es, un caminante -de la ciudad y del campo como apreciamos en su poesía- que traduce su andar en prosa. Un sentir porteño, un cultor del sencillismo (“Ordéname el pensamiento/—lo único que te pido—/para eso me lo has revuelto”), despojado de los barroquismos narrativos de la época, lo convertirán en un poeta único, querido y admirado. En días como estos donde los balcones han cobrado un protagonismo particular, recordamos a Fernández Moreno por su tan mentado poema.

 

 

POR BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO

 

 

 

SETENTA BALCONES Y NINGUNA FLOR

Setenta balcones hay en esta casa,
setenta balcones y ninguna flor.
¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?

La piedra desnuda de tristeza agobia,
¡Dan una tristeza los negros balcones!
¿No hay en esta casa una niña novia?
¿No hay algún poeta bobo de ilusiones?

¿Ninguno desea ver tras los cristales
una diminuta copia de jardín?
¿En la piedra blanca trepar los rosales,
en los hierros negros abrirse un jazmín?

Si no aman las plantas no amarán el ave,
no sabrán de música, de rimas, de amor.
Nunca se oirá un beso, jamás se oirá un clave…

¡Setenta balcones y ninguna flor!

 

 

TIRANÍA

A doña Dalmira López de Osornio, por cuyas venas corre la sangre terrible de don Juan Manuel

Tienes sangre de tiranos
en tus venas, novia mía;
lo sé por la tiranía
dulcísima de tus manos.
Hay instintos inhumanos
en tu fiero corazón,
en tus ojos de traición
acecha don Juan Manuel,
y es tu boca roja y cruel
como la Federación.

 

VIEJO CAFÉ TORTONI

A pesar de la lluvia yo he salido
a tomar un café. Estoy sentado
bajo el toldo tirante y empapado
de este viejo Tortoni conocido.

¡Cuántas veces, oh padre, habrás venido
de tu graves negocios fatigado,
a fumar un habano perfumado
y a jugar el tresillo consabido!

Melancólico, pobre, descubierto,
tu hijo te repite, padre muerto.
Suena la lluvia, núblanse mis ojos,

sale del subterráneo alguna gente,
pregona diarios una voz doliente,
ruedan los grandes autobuses rojos.

 

 

Baldomero Fernández Moreno

 

YO SUEÑO

Yo sueño con un sueño de pastores
en una choza ríspida y perdida,
la majada muy cerca recogida
en un seto de espinos y de flores.

Con un alba de aromas y colores,
de oculto brezo y nieve derretida,
y después del temblor de la partida
descender vegas y trepar alcores.

¿Hasta cuándo crujir en la yacija
bajo el silbo angular del vigilante
y la ochava espectral movible y fija?

¿Para cuándo el silencio susurrante
de un arroyo de rápida sortija
y una estrella a mi lado por amante?

 

 

YO TE DIJE

Yo te dije:
sol y llama.
A tu lado
me abrasaba.

Yo te digo:
rama, agua,
sombra fresca
de mi casa.

 

 

VIAJE

Todos duermen en el tren,
todos duermen menos yo.

Por la abierta ventanilla
mirando, mirando voy
el campo negro, que argenta
la luna con su esplendor.

Todos duermen en el tren,
todos duermen menos yo.
Nadie tiene sed de espacio,
sed de luna, sed de Dios.

 

 

ROMANCE DEL RELOJ DE PIEDRA

Orillas del Uruguay
una piedra encontré hoy
aplastada, redondita,
y de encendido color:
pequeña obra maestra
de agua, de viento —y de sol.
Y decidí recogerla
y usarla como reloj.
El mismo peso me hace
que la máquina mejor,
la compañía es idéntica
y guarda el mismo calor.
Lo miro de vez en cuando,
y es tan grande la ilusión,
que veo unas manecillas
y los signos de rigor.
Al que pregunta la hora
se la invento y se la doy.
Me equivoco por minutos,
que no es equivocación,
que el tiempo no está en esferas
sino a nuestro alrededor:
en la orla de una nube,
en el cáliz de una flor,
en nuestras entrañas mismas,
en algo como un temblor.
Le doy cuerda al acostarme
y con toda precaución,
entre libros y anteojos
lo pongo en el velador
y antes de dormir parece
que escucho cierto rumor.
No sé si son los segundos,
esa arenilla veloz,
o acaso la vocecilla
del río que lo pulió.
Ante mi reloj de piedra
no tengo más que un temor:
si se me llega a romper,
¿a qué relojero voy?
Sólo pueden componerlo
ojos y dedos de Dios.

 

 

INICIAL DE ORO

Nací, hermanos, en esta dulce tierra argentina,
pero el primer recuerdo nítido de mi infancia
es éste: una mañana de oro y de neblina,
un camino muy blanco Y una calesa rancia.

Luego un portal oscuro de caduca arrogancia
y una abuelita toda temblona y pueblerina,
que me deja en la cara una agreste fragancia
me dice: —¡Él mi nieto, qué caruca más fina!

Y me llenó las manos de castañas y nueces,
el alma de leyendas, el corazón de preces,
y los labios risueños de un divino parlar.

Un parlar montañés de viejecita bruja
que narra una conseja mientras mueve la aguja.
El mismo que ennoblece, hermanos, mi cantar.

 

 

CARLOS DE SOUSSEN

No habíamos hablado dos veces en la vida.
La noche que supimos la muerte de Darío
te encontré en el café de Perú y Avenida,
y esa noche rodó tu llanto con el mío.

Y caminamos juntos por la ciudad dormida,
bajo el cielo de estrellas calientes del estío.
Ya venía la luz por el lado del Río
cuando te dejé solo en la hora perdida.

Despertaba en carritos el alba bulliciosa
y el fondo de la calle era un telón de rosa.
Me volví para verte, deja que lo recuerde:

los pantalones flojos, las piernas vacilantes,
y en las manos nerviosas el bastón y los guantes.
El sol manchaba de oro tu viejo chaqué verde.

 

 

CONTEMPLACIÓN DEL BESO

Debe el beso venir desde la hondura
de una cabeza baja y atraída
en la penumbra gris desvanecida
mientras un viento vuele de frescura.

Boca entreabierta, elástica, madura,
que en el atardecer se haga una herida.
Toda ella roja de profunda vida
con un signo mortal: la dentadura.

Verlo avanzar después muy lentamente
como un ascua encendida o roja estrella
y detenerlo, ay, súbitamente.

Contemplarlo en deliquio y miel de abeja,
huir la boca por rozar la frente
y a ella volver para morir en ella.

 

 

Casa donde vivió y murió el poeta en el porteño barrio de Flores.

 

 

 

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