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Poesías para mamá

Por supuesto la poesía tiene un espacio enorme dedicado a la madre. La sensibilidad del poeta siempre lo llevará a escribir sobre ella. Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Miguel de Unamuno, Fabián Casas y Paula Andrea Galíndez son apenas un puñado de ellos que dedicaron poemas a quienes les dieron la vida.

 

 

 

 

Obrerito, de Gabriela Mistral

Madre, cuando sea grande,
¡ay…, qué mozo el que tendrás!
Te levantaré en mis brazos,
como el zonda al herbazal.
O te acostaré en las parvas
o te cargaré hasta el mar
o te subiré las cuestas
o te dejaré al umbral.
¿Y qué casal ha de hacerte
tu niñito, tu titán,
y qué sombra tan amante
sus aleros van a dar?
Yo te regaré una huerta
y tu falda he de cansar
con las frutas y las frutas
que son mil y que son más.
O mejor te haré tapices
con la juncia de trenzar;
o mejor tendré un molino
que te hable haciendo el pan.
Cuenta, cuenta las ventanas
y las puertas del casal;
cuenta, cuenta maravillas
si las puedes tú contar..

 

 

 

Después de largo viaje, de Fabián Casas

El salmón (Mansalva, 1996)

Me siento en el balcón a mirar la noche.
Mi madre me decía que no valía la pena
estar abatido.
Movete, hacé algo, me gritaba.
Pero yo nunca fui muy dotado para ser feliz.
Mi madre y yo éramos diferentes
y jamás llegamos a comprendernos.
Sin embargo, hay algo que quisiera contar:
a veces, cuando la extraño mucho,
abro el ropero donde están sus vestidos
y como si llegara a un lugar
después de largo viaje
me meto adentro.
Parece absurdo: pero a oscuras y con ese olor
tengo la certeza de que nada nos separa.

 

 

 

Mater, de Paula Andrea Galindez

Van llegando (Mansalva, 2017)

Mi madre corta un gajo de pelón
y deja el resto
en la mesa de la cocina.
El pedazo de pelón se oxida
y lo cubre
un pelaje liviano y marrón.
Tan hermoso e irregular es el pelón.
Ya nadie va a comerlo.
Te veo ayer
mordiendo una mano
que se aprieta contra tu boca
sentada a la mesa
tratando de tragar un pan con manteca
corriendo de tu casa,
las puertas rojas
todavía tiemblan,
tropezando con un juguete
que estaba en el pasto
tirada en la cama
con la ventana abierta,
una mano en tu sexo
te quiero gritar
me quiero acercar, susurrarte
que te escondas ahora
que nunca más vas a escapar del vacío
que a partir de ahora
vas a correr tropezando
vas a hablar mordiendo
vas a descansar tapando
que nunca nadie te va a volver a ver
con los ojos cerrados
con las manos firmes contra la piel.
La ropa de mi madre
ha contraído sus hábitos.
Colgada de una silla,
encima de la cama
frente a una leve brisa
tiembla.

 

 

Madre, llévame a la cama, de Miguel de Unamuno

Madre, llévame a la cama.
Madre, llévame a la cama,
que no me tengo de pie.
Ven, hijo, Dios te bendiga
y no te dejes caer.
No te vayas de mi lado,
cántame el cantar aquél.
Me lo cantaba mi madre;
de mocita lo olvidé,
cuando te apreté a mis pechos
contigo lo recordé.
¿Qué dice el cantar, mi madre,
qué dice el cantar aquél?
No dice, hijo mío, reza,
reza palabras de miel;
reza palabras de ensueño
que nada dicen sin él.
¿Estás aquí, madre mía?
porque no te logro ver….
Estoy aquí, con tu sueño;
duerme, hijo mío, con fe.

 

 

Palabras a mi madre, de Alfonsina Storni

No las grandes verdades yo te pregunto, que
No las contestarías; solamente investigo
Sí, cuando me gestaste, fue la luna testigo,
Por los oscuros patios en flor, paseándose.
Y sí, cuando en tu seno de fervores latinos,
Yo escuchando dormía, un ronco mar sonoro
Te adormeció las noches, y miraste en el oro
Del crepúsculo, hundirse los pájaros marinos.
Porque mi alma es toda fantástica, viajera
Y la envuelve una nube de locura ligera
Cuando la luna nueva sube al cielo azulino.
Y gusta si el mar abre sus fuertes pebeteros.
Arrullada en un claro cantar de marineros
Mirar las grandes aves que pasan sin destino.

 

 

 

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