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Pessoa, el hombre de las mil máscaras

 

En el aniversario del nacimiento del portugués Fernando Pessoa, lo celebramos repasando su trabajo y compartiendo ocho poemas traducidos al español. Pessoa, quien echaba mano a diferentes personalidades a la hora de escribir, le dio voz a cada uno de los sentimientos que confluían en él. Una delicada esquizofrenia poética. 

Fernando Pessoa nació el 13 de junio de 1888 en Lisboa.

“Si después de morirme quisieran escribir mi biografía/no hay nada más sencillo./Tiene solo dos fechas/la de mi nacimiento y la de mi muerte./Entre una y otra todos los días son míos”, escribió el poeta. Partió muy joven, a los cuarenta y siete, habiendo dejado tras sí, un material literaria con una carga de belleza tal que sigue hipnotizando con los años. Famoso, además, por el uso de heterónimos a la hora de firmar (Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis son los más conocidos) y habiendo creado verdaderas personalidades tras cada uno de ellos, es posible marcar los distintos estilos distintivos en cada uno de los poetas reinventados. Y qué más interesante que el misterio tras un personaje. El desasosiego en sus poemas, la capacidad de concluir filosóficamente (“Ansiar poco es tener todo;/ansiar nada es ser libre;/no tener ni ansiar,/hombre, es ser cual los dioses”) y su sensibilidad frente a lo cotidiano, lo han conformado como un poeta entero, perfecto. En su prodigioso andar, legó a la humanidad también de diarios, novelas policiales y relatos que van de la crónica a la ficción y todo con la misma poética como característica.

Murió el 30 de noviembre de 1935 en la misma ciudad que lo vio nacer.   

 

 

Autopsicografía

 

El poeta es un fingidor.

Finge tan completamente

Que hasta finge que es dolor

El dolor que verdaderamente siente.

Y los que leen lo que escribe

En el dolor leído sienten duro,

No los dos dolores que él tuvo,

Sino solo el que ellos no tienen.

Es así como en los palos de la rueda

Gira, distrayendo a la razón

Ese juguete de cuerda

Que se llama corazón.

De Alberto Caeiro

 

XLVII de El guardador de rebaños (En un día excesivamente nítido)

En un día excesivamente nítido,

Día en el que quiso la voluntad haber trabajado mucho

Para luego no trabajar nada en él,

Entrevi, como una avenida a través de los árboles,

Lo que tal vez sea el Gran Secreto,

Aquel Gran Misterio del que los poetas hablan.

Vi que no hay Naturaleza.

Que la Naturaleza no existe.

Que hay montes, valles, planicies,

Que hay árboles, flores, hierbas,

Que hay ríos y piedras,

Pero que no hay un todo al que todo eso pertenezca,

Que un conjunto real y verdadera de las cosas

Es una dolencia de nuestras ideas.

La Naturaleza es partes sin un todo.

Esto es tal vez el tal misterio del que hablan.

Esto fue lo que sin pensar ni parar

Acerté que debía ser la verdad

Que todos quieren creer y que no creen

Y que solo yo, porque no quiero creer, creo.

 

XLVIII de El guardador de rebaños (De la más alta ventana de mi casa)

 

De la más alta ventana de mi casa

Con un pañuelo blanco digo adiós

A mis versos que parten para la humanidad

Y no estoy ni alegre ni triste.

Ese es el destino de los versos.

Los escribí y a todos debo mostrárselos

Porque no puedo hacer lo contrario

Como la flor no puede esconder su color,

Ni el río esconder que corre,

Ni el árbol esconder que da frutos.

Ellos ya van lejos como si fueran en una diligencia

Y yo sin querer siento pena

Como un dolor en el cuerpo

¿Quién sabe quién los leerá?

¿Quién sabe a qué manos irán a parar?

Flores, mi destino recoge para ojos.

De árboles se arrancan frutos para bocas.

Río, el destino de mi agua no era permanecer en mí.

Me someto y me siento casi alegre,

Casi alegre, como quien se cansa de estar triste.

¡Vayan, vayan, váyanse de mí!

Pasa el árbol y queda disperso por la Naturaleza.

Se marchita la flor y su polvo dura siempre.

Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la que fue suya.

Paso y quedo, como el Universo.

 

XLIX de El guardador de rebaños (Entro y cierro la ventana)

 

Entro y cierro la ventana.

Traen el candelero y me dan las buenas noches.

Y mi voz, contenta, da las buenas noches también.

Ojalá mi vida sea siempre esto:

El día lleno de sol, o suave de lluvia,

O tempestuoso como si se fuera a acabar el Mundo,

La tarde suave y los jornaleros que pasan

Observados con interés desde la ventana,

Una última mirada amiga hacia el sosiego de los árboles

Y después, cerrada la ventana, el candelero ardiendo,

Sin leer nada, sin pensar en nada, ni dormir,

Sentir la vida correr por mí como un río por su lecho,

Y allá fuera un gran silencio como un dios durmiendo.

 

Si muero joven

 

Si muero joven

Sin poder publicar libro alguno,

Sin ver la cara que tienen mis versos en letra impresa,

Pido que, si alguien se quiere preocupar por mi causa,

Que no se preocupe.

Si así sucedió es que así tenía que suceder.

Aunque mis versos nunca se publiquen

Ellos allá tendrán su belleza, si son bellos,

Pero ellos no pueden ser bellos y quedar sin imprimir,

Porque las raíces pueden estar debajo de la tierra

Pero las flores florecen al aire libre y a la vista.

Tiene que ser así por fuerza. Nada lo puede impedir.

Si muero muy joven, escuchen esto:

No fui nunca más que un infante que brincaba.

Fui gentil como el sol y el agua,

Profesé una religión universal que solo los hombres no tienen.

Fui feliz porque no pedí cosa alguna,

Ni procuré creer en nada,

Ni creí que hubiese otra explicación

Más allá de que la palabra explicación no tiene sentido alguno.

No deseé nada sino estar al sol o a la lluvia.

Al sol cuando había sol

Y a la lluvia cuando estaba lloviendo

(Y nunca a ninguna otra cosa),

Sentir calor y frío y viento,

Y no pretender ir más lejos.

Una vez amé, pensando que me amarían,

Pero no fui amado.

No fui amado por una única razón inmensa –

Porque no tenía que serlo.

Me consolé girándome hacia el sol y a la lluvia,

Y sentándome otra vez a la puerta de mi casa.

Los campos, a fin de cuentas, no son tan verdes para quienes son amados

Como para quienes no lo son.

Sentir es estar distraído.

 

De Álvaro de Campos

Trapo

 

El día ha desembocado en lluvia.

La mañana, con todo, estaba bastante azul.

El día ha sido lluvioso.

Desde la mañana he estado un poco triste.

¿Anticipación? ¿Tristeza? ¿Ninguna de las dos?

No sé: desde que me acuerdo ya estaba triste.

El día estuvo lluvioso.

Bien sé que la penumbra creada por la lluvia es elegante.

Bien sé que el sol oprime, por ser tan ordinario, al elegante.

Bien sé que ser susceptible a los cambios de luz no es muy elegante.

Mas, ¿quién le dijo al sol o a cualquier otro que yo quiero ser elegante?

Denme un cielo azul, un sol visible.

Niebla, lluvia, oscuridades –eso ya tengo en mí mismo.

Hoy solo quiero sosiego.

Hasta añoraría mi hogar, si no tuviese uno.

Hasta llego a soñar con tener deseos de sosiego.

¡No exageremos!

Solo tengo sueño, sin necesidad de explicación.

El día está lluvioso.

¿Cariños? ¿Afectos? Son solo memorias…

Es preciso ser un niño para tener algo así…

¡Mi madrugada perdida, mi cielo azul y verdadero!

El día está siendo lluvioso.

La linda boca de la hija del casero,

Pulpa de fruta de un corazón a punto de ser devorado…

¿Cuándo fue eso? No lo sé…

En el azul de la mañana…

El día será siempre lluvioso.

 

Oda marítima (fragmento)

 

Solo, sobre el muelle desierto, en esta mañana de Verano,

Miro al otro lado de la bahía, miro hacia lo Indefinido,

Miro y me alegra ver,

Pequeño, negro y claro, un buque entrando.

Va a lo lejos, nítido, clásico a su manera.

Deja en el aire distante a su paso la estela vana de su humo.

Viene entrando y con él la mañana y en el río,

Aquí, allá, se despierta la vida marítima,

Se yerguen las velas, avanzan las remolcadoras

Y se entrevén barcos pequeños detrás de los navíos amarrados al puerto.

Hay una brisa vaga.

Pero mi alma está con el que veo menos:

Con el buque que entra,

Porque ella está con la Distancia, con la Mañana,

Con el sentido marítimo de esta Hora,

Con la dulzura dolorosa que sube en mí como una náusea,

Como el comienzo de un mareo, pero del espíritu.

Miro de lejos el buque, con gran independencia del alma,

Y dentro de mí un manubrio comienza a girar, lentamente.

Los buques que entran por la mañana en la bahía

Traen consigo a mis ojos

El misterio alegre y triste de quien llega y parte.

Trazan memorias de muelles abarrotados y de otros momentos

De otras formas de humanidad en otros puentes.

Todo atracar, todo partir de todo barco

Es –lo siento en mí como mi propia sangre–

Inconscientemente simbólico, terriblemente

Amenazador de significados metafísicos

Que perturban en mí quien yo fui…

¡Ah, todo muelle es una saudade de piedra!

Y cuando el buque parte del muelle

y se repara de repente en el espacio

Que se abre entre muelle y nave,

Viene a mí, no sé por qué, una angustia reciente,

Una niebla de sentimientos de tristeza

Que brilla al sol de mis angustias ya sembradas

Como la primera ventana donde golpea la madrugada,

Y me envuelve como el recuerdo de otra persona

Que fuese misteriosamente mío.

Ah, quién sabrá, quién sabrá,

Si no partí antaño, antes de mí,

De un muelle; si no dejé, embarcado

En el sol oblicuo de la madrugada,

Alguna especie de otro puerto…

Quién sabe si no dejé, antes de la hora

Del mundo externo que yo veo

Irradiar para mí,

Un grande muelle lleno de poca gente,

El muelle de una ciudad medio despierta,

De una enorme ciudad comercial, crecida, apoplética,

Si es que algo así puede ser fuera del Espacio y del Tiempo…

Sí, de algún muelle, de algún muelle de algún modo material,

Real, visible como el muelle verdaderamente real,

El Muelle Absoluto a partir de cuyo modelo inconscientemente imitado,

Insensiblemente evocado,

Nosotros los hombres construimos

Nuestros muelles en nuestros puertos,

Nuestros muelles de piedra actual sobre agua verdadera

Que después de construidos se muestran de repente como

Cosas Reales, Cosas-Espirituales, Entidades en Almas-Piedra,

En aquellos momentos nuestros de sentimiento-raíz

Cuando en el mundo externo como que se abre una puerta

Y, sin que nada se altere,

Todo se revela diverso.

¡Ah, el Gran Muelle desde donde partimos en Naves-Naciones!

¡El Gran Muelle Originario, eterno y divino!

¿De cuál puerto? ¿En qué aguas? ¿Por qué me pongo a pensar en ello?

Gran Muelle como otros muelles, pero el único.

Lleno como ellos de silencios rumorosos en las madrugadas,

Y regando en las mañanas los ruidos de las grúas

Y de las llegadas de los buques llenos mercancías,

Bajo la nube negra, ocasional y leve,

Del trasfondo de las chimeneas de las fábricas próximas

Que apenumbra el suelo negro del minúsculo carbón brillante

Como si fuera la sombra de una nube que atravesase el agua sombría.

¡Ah, qué esencia de misterio y sentido erguida

En divino éxtasis revelador

Es ahora color de silencios y angustias,

No puente entre cualquier muelle y El Muelle!

Muelle negramente reflejado en las aguas estancadas,

Bullicio a bordo de las naves,

El alma errante e inestable de la gente embarcada,

De la gente simbólica que pasa y con quien nada dura,

Que cuando el barco vuelve al puerto

¡Lleva siempre alguna alteración a bordo!

¡Oh fugas continuas, idas y embriaguez de lo Diverso!

¡Alma eterna de los navegantes y las embarcaciones!

¡Cascos reflejados lentamente en las aguas,

Cuando el barco parte del puerto!

Fluctuar como el alma de la vida, partir como voz,

Vivir trémulamente el instante sobre aguas eternas.

Despertarse a días más directos que los días de Europa.

Ver puertos misteriosos en la soledad del mar,

Virar por cabos lejanos para toparse con súbitos paisajes vastos

Por innumerables laderas atónitas…

Ah, las playas lejanas, los muelles vistos a lo lejos,

Y luego las playas próximas, los muelles vistos de cerca.

¡El misterio de cada ida y de cada llegada,

La dolorosa inestabilidad e incomprensibilidad

De este universo imposible

Sentida a flor de piel en cada hora marítima!

La solución absurda que nuestras almas derraman

Sobre la extensión de diversos mares como islas a lo lejos,

Sobre las islas lejanas de las costas por las que pasamos sin detenernos,

Sobre el crecer nítido de los puertos, de sus casas y de su gente,

Para el navío que se aproxima.

Ah, la frescura de las mañanas en las que se llega,

Y la palidez de las mañanas en las que se parte,

Cuando nuestras entrañas se estremecen

Y una vaga sensación parecida al miedo.

(El miedo ancestral de alejarse y partir,

el misterioso recelo ancestral a la Llegada y a lo Nuevo.)

Nos entumece la piel y nos atormenta,

Y todo nuestro cuerpo de angustias siente,

Como si fuese nuestra alma,

Una inexplicable voluntad de poder sentir esto de otra manera:

¿Una saudade de cualquier cosa,

Una perturbación del cariño por qué vaga patria?

¿Por qué costa?, ¿qué nave?, ¿qué muelle?

Tan así que se indispone en nosotros el pensamiento

Y solo queda un gran vacío a nuestro interior,

Una vacua saciedad de minutos marítimos,

Y una vaga ansiedad que sería tedio o dolor

Si supiese como serlo…

La mañana de Verano está, aún así, un poco fresca,

Un leve sopor de noche anda todavía en el aire agitado.

Se acelera ligeramente el volante dentro de mí.

Y el buque viene entrando, porque debe venir entrando sin duda,

Y no es porque yo lo vea moverse en su excesiva distancia.

En mi imaginación él ya está vecino y visible

En toda la extensión de las cuerdas de su carajo

Y tiembla en mí todo, toda mi carne y toda mi piel,

A causa de aquella creatura que nunca llega en barco alguno

Y que yo vengo hoy a esperar al muelle, por un mandato oblicuo.

Las naves que ingresan a la bahía,

Las naves que salen del puerto,

Las naves que pasan a lo lejos.

(Me imagino viéndolas desde una playa desierta.)

Todas estas naves casi abstractas en su ida,

Todas estas naves me conmueven así como si fuesen otra cosa

Y no meras naves, naves yendo y viniendo.

Y las naves vistas de cerca, aunque uno no se vaya a embarcar en ellas,

Vistas de abajo, desde los botes, murallas altas de chapas,

Vistas desde adentro, a través de sus cuartos, de sus salas, de sus despensas,

Mirando de cerca sus mástiles, enfilándonos desde lo alto,

Acariciando sus cuerdas, descendiendo sus escaleras incómodas,

Oliendo la untada mezcla metálica y marítima de todo aquello –

Las naves vistas de cerca son otra cosa y la misma cosa,

Dan la misma saudade y la misma ansia de otra manera.

¡Toda la vida marítima! ¡Todo en la vida marítima!

Se insinúa en mi sangre toda esa fina seducción

Y pondero indeterminadamente los viajes.

¡Ah, las líneas de las distantes costas, aplanadas por el horizonte!

¡Ah, los cabos, las islas, las playas arenosas!

Las soledades marítimas como en ciertos momentos en el Pacífico

En que no sé por qué sugestión aprendida en la escuela

Se siente pesar sobre los nervios el hecho de que ese es el mayor de los océanos

Y del mundo ¡y el sabor de las cosas se torna un desierto dentro de nosotros!

¡La extensión más humana, más chapoteada, del Atlántico!

¡El Índigo, el más misterioso de todos los mares!

¡El Mediterráneo, dulce, sin misterio alguno ya, clásico, un mar para entregarse

al encuentro de las explanadas conocidas de los jardines próximos a estatuas blancas!

¡Todos los mares, todos los estrechos, todas las bahías, todos los golfos

Quisiera acercarlos a mi pecho, sentirlos bien y después morir!

¡Y ustedes, oh cosas navales, los hermosos juguetes de mi sueño!

¡Componen fuera de mí toda mi vida interior!

Quillas, mástiles y velas, ruedas de timón, cordajes,

Chimeneas de vapor, hélices, gavias, banderines,

Galdropes, escotillas, calderas, colectores, válvulas;

¡Caen por mí a montones, se amontonan,

Como el contenido confuso de una gaveta desperdigada en el suelo!

¡Son ustedes el tesoro de mi codicia febril,

Son ustedes los frutos del árbol de mi imaginación,

El tema de mis cantos, la sangre en las venas de mi inteligencia,

Ustedes son el lazo que me une estéticamente al exterior,

Me proveen de metáforas, imágenes, literatura,

Porque real, verdaderamente, en serio, literalmente

Son mis sensaciones un barco de quilla al aire,

Mi imaginación un ancla a medias sumergida,

Mis ansias un remo partido,

Y la punta de mis nervios una red puesta a secar en una playa!

Suena en el ocaso del río un silbato, solo uno.

Tiembla ya todo el suelo de mi psiquismo.

Se acelera cada vez más el volante dentro de mí.

¡Ah, los buques, los viajes, el no-saber-el-paradero

De Fulano-de-tal, marítimo, nuestro conocido!

¡Ah, la gloria de saber que un hombre que andaba con nosotros

Murió ahogado al pie de alguna isla del Pacífico!

Nosotros que andábamos con él vamos a hablar sobre eso a todos

Con un orgullo legítimo, con una confianza invisible

En que todo eso tiene un sentido más bello y vasto

Que meramente el de haber él perdido el barco a donde iba,

¡De haber ido él a parar al fondo por habérsele metido agua a los pulmones!

¡Ah, los buques, los navíos cargueros, los veleros!

¡Veo escasear -¡ay de mí!– ¡los veleros en el mar!

Y yo, que amo la civilización moderna, que beso como al alma las máquinas,

Yo, el ingeniero, el civilizado, el educado en el extranjero,

Gustaría de tener al pie de mi vista solo los veleros y los barcos de madera,

De no saber de otra vida marítima que la antigua vida de los mares!

Porque los mares antiguos son la Distancia Absoluta,

El Puro Lejos, libres del peso de lo Actual…

Y, ah, aquí como que todo me acuerda a esa vida mejor,

Esos mares más grandes porque se navegaban más despacio,

Esos mares más misteriosos porque se sabía menos de ellos.

Todo vapor visto a lo lejos es un barco de vela visto de cerca.

Toda nave distante vista ahora es una nave vista próximamente en el pasado.

Todos los marineros invisibles a bordo de los barcos en el horizonte

Son los marineros visibles del tiempo de los más bellos navíos,

De la época lenta y velera de las navegaciones peligrosas,

De la época de madera y de lona de los viajes que duraban meses.

Se apodera de mí poco a poco el delirio de las cosas marítimas,

Me penetra físicamente el muelle con su atmósfera,

La marea del Tajo me desborda por encima de los sentidos

Y comienzo a soñar, comienzo a envolverme con el sueño de las aguas,

Comienzo a pegar bien las corrientes de transmisión a mi alma

Y la aceleración del volante me sacude nítidamente.

Claman por mí las aguas,

Claman por mí los mares,

Claman por mí, alzando una voz corpórea, las lejanías,

Las épocas marítimas sentidas todas en el pasado, claman.

 

De Ricardo Reis

Nada queda de nada. Nada somos.

Nada queda de nada. Nada somos.

Al sol y al aire libre, un poco, nos atrasamos.

Por lo irrespirable de la tiniebla que pesa sobre nosotros,

Por lo húmedo de esta tierra impuesta.

Cadáveres aplazados que procrean.

Leyes decretadas, estatuas vistas, odas ya escritas –

Todo tiene su color. Si nosotros, carne

Al que un íntimo sol brinda sangre, tendremos

Un ocaso, ¿por qué no ellas?

Somos cuentos contando cuentos, nada.

 

 

 

 

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