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La poesía de Brecht, eso necesitamos

 

Eugen Berthold (Bertolt) Friedrich Brecht (Alemania 1898-1956) fue un dramaturgo y poeta de los más influyentes del siglo XX, creador del teatro épico, también llamado teatro dialéctico. Perseguido por Hilter, abandona Berlín y huye a través de Praga, Viena y Zúrich a Dinamarca, donde pasó cinco años. En mayo de 1933, varios libros suyos fueron quemados por los nacionalsocialistas. La poesía y el teatro de Brecht están absorbidos por razones políticas e históricas y tienen un sobresaliente desarrollo estético. De ahí su compromiso social. Incansable autor de prolífica obra, el alemán nos dejó cosas como esta.

 

 

 

POR BERTOLT BRECHT

 

De «Hauspostille» («Devocionario del hogar»,1927)

Poesías escritas desde 1918 y recogidas en volumen

bajo el título de Hauspostille,

editadas por Propyláen Verlag, Berlín, 1927.

Coral del Gran Baal

Cuando Baal crecía en el albo seno de su madre,

ya era el cielo tan lívido, tan sereno y tan grande,

tan joven y desnudo, tan raro y singular

como lo amó Baal cuando nació Baal.

Y el cielo seguía siendo alegría y tristeza

aunque Baal durmiera feliz y no lo viera,

aunque ebrio Baal, violeta era de noche,

y aunque piadoso al alba, era de albaricoque.

Entre el bullir de pecadores vergonzosos,

desnudo, Baal se revolcaba en paz,

y sólo y siempre el cielo poderoso

la desnudez cubría de Baal.

Es bueno todo vicio para algo

y también, dice Baal, quien lo practica.

Vicios son, ya se sabe, lo que se quiere.

Elegíos dos vicios, porque uno es demasiado.

No seáis vagos e indolentes

pues, por Dios, que no es fácil el gozar.

Hace falta experiencia y miembros fuertes:

la tripa puede a veces molestar.

Parpadea Baal a los orondos buitres

que en el cielo estrellado su cadáver esperan.

A veces se hace el muerto Baal. Desciende un buitre,

y en silencio Baal un buitre cena.

En el valle de lágrimas, bajo lúgubres astros,

chasqueando la lengua, pace campos Baal.

Canta y trota Baal, cuando los ha agotado,

por los bosques eternos yendo el sueño a buscar.

Cuando a Baal le atrae el oscuro seno,

¿qué es ya para Baal el mundo? Está saturado.

Y guarda tanto cielo Baal bajo los párpados

que incluso muerto tiene suficiente cielo.

Cuando Baal se pudría de la tierra en el oscuro seno,

ya era el cielo tan grande, tan lívido y sereno,

tan joven y desnudo, tan raro y singular

como lo amó Baal cuando vivía Baal.

Contra la seducción

No os dejéis seducir: no hay retorno alguno.

El día está a las puertas,

hay ya viento nocturno:

no vendrá otra mañana.

No os dejéis engañar

Con que la vida es poco.

Bebedla a grandes tragos

porque no os bastará

cuando hayáis de perderla.

No os dejéis consolar.

Vuestro tiempo no es mucho.

El lodo, a los podridos.

La vida es lo más grande:

perderla es perder todo.

Gran coral de alabanza

 

 

Pintada en una pared en Barcelona.

 

 

¡Alabad la noche, las tinieblas que os rodean!

Venid todos juntos,

levantad al cielo los ojos

ahora que, el día ha acabado.

2

¡Alabad la hierba, los animales que con vosotros viven y mueren!

Pensad que el animal y la hierba

viven también

y han de morir también con vosotros.

3

¡Alabad el árbol que desde la carroña sube jubiloso hacia el cielo!

Alabad la carroña,

alabad el árbol que se la come,

pero alabad también el cielo.

5

¡Alabad el frío, las tinieblas, la descomposición!

Mirad hacia lo alto.

De vosotros no depende

y podéis morir tranquilos.

De la amabilidad del mundo

A la tierra llena de viento frío

todos llegasteis desnudos.

Sin temer cosa alguna, tiritabais

cuando una mujer os dio un pañal.

No os llamó nadie ni erais deseados.

No os fueron a buscar en carroza.

Erais desconocidos en la tierra

cuando un hombre os tomó de la mano.

A vosotros el mundo nada os debe:

fin. si queréis marcharos, nadie os retiene.

Quizá erais indiferentes para muchos,

pero a otros muchos, niños, les hicisteis llorar.

De la tierra llena de viento frío

con costras y con tiña al fin os vais.

Y casi todos habéis amado el mundo

si llegasteis a tener un palmo de esta tierra.

Balada del pobre Bertolt Brecha

Yo, Bertolt Brecht, vengo de la Selva negra.

Mi madre me llevó a las ciudades

estando aún en su vientre. El frío de los bosques

en mí lo llevaré hasta que muera.

Me siento como en casa en la ciudad de asfalto. Desde el

principio

me han provisto de todos los sacramentos de muerte:

periódicos, tabaco, aguardiente.

En resumen, soy desconfiado y perezoso, y satisfecho al fin

Con la gente soy amable. Me pongo

un sombrero según su costumbre.

Y me digo: son bichos de olor especial.

Pero pienso: no importa, también yo lo soy.

Por la mañana, a veces, en mis mecedoras vacías,

me siento entre un par de mujeres.

Las miro indiferentes y les digo:

con éste no tenéis nada que hacer.

Al atardecer reúno en torno mío hombres

y nos tratamos de gentleman mutuamente.

Apoyan sus pies en mis mesas.

Dicen: «Nos irá mejor». Y yo no pregunto: «¿Cuándo?»

Al alba los abetos mean en el gris del amanecer

y sus parásitos, los pájaros, empiezan a chillar.

A esa hora en la ciudad, me bebo mi vaso,

tiro la colilla del puro, y me duermo tranquilo.

Generación sin peso, nos han establecido

en casas que se creía indestructibles

(así construimos los largos edificios de la isla de Manhattan

y las finas antenas que al Atlántico entretienen).

De las ciudades quedará sólo el viento que pasaba por ellas.

La casa hace feliz al que come, y él es quien la vacía.

Sabemos que estamos de paso

y que nada importante vendrá después de nosotros.

En los terremotos del futuro, confío

no dejar que se apague mi puro «Virginia» por exceso de amargura,

yo, Bertolt Brecht, arrojado a las ciudades de asfalto

desde la Selva negra, dentro de mi madre, hace tiempo.

Sobre una muchacha ahogada

Sin hundirse, la ahogada descendía

por los arroyos y los grandes ríos,

y el cielo de ópalo resplandecía

como si acariciara su cadáver.

Las algas se enredaban en el cuerpo

y aumentaba su peso lentamente.

Le rozaban las piernas fríos peces.

Todo frenaba su último viaje.

El cielo, anocheciendo, era de humo,

y a la noche hubo estrellas vacilantes.

Pero el alba fue clara para que aún

tuviera la muchacha un nuevo día.

Al pudrirse en el agua el cuerpo pálido,

la fue olvidando Dios: primero el rostro,

luego las manos y, por fin, el pelo.

Ya no era sino un nuevo cadáver de los ríos.

Recuerdo de María A.

Fue un día del azul septiembre cuando,

bajo la sombra de un ciruelo joven,

tuve a mi pálido amor entre los brazos,

como se tiene a un sueño calmo y dulce.

Y en el hermoso cielo de verano,

sobre nosotros, contemplé una nube.

Era una nube altísima, muy blanca.

Cuando volví a mirarla, ya no estaba.

Pasaron, desde entonces, muchas lunas

navegando despacio por el cielo.

A los ciruelos les llegó la tala.

Me preguntas: «¿Qué fue de aquel amor?»

Debo decirte que ya no lo recuerdo,

y, sin embargo, entiendo lo que dices.

Pero ya no me acuerdo de su cara

y sólo sé que, un día, la besé.

Y hasta el beso lo habría ya olvidado

de no haber sido por aquella nube.

No la he olvidado. No la olvidaré:

era muy blanca y alta, y descendía.

Acaso aún florezcan los ciruelos

y mi amor tenga ahora siete hijos.

Pero la nube sólo floreció un instante:

cuando volví a mirar, ya se había hecho viento.

Trepar a los árboles

Cuando salgáis de vuestra agua, ya a la tarde

-porque debéis estar desnudos, con la piel suave-,

subid también a vuestros grandes árboles

junto a la brisa. El cielo debe estar mortecino.

Buscad árboles grandes, que a la noche

mezan sus copas negra y blandamente.

Y entre sus hojas aguardad la noche,

rodeada de fantasmas y murciélagos la frente.

Las ásperas hojitas de la broza

os arañan la espalda, que debéis, con firmeza,

apoyar en las ramas; trepad aún,

un poco jadeantes, más arriba, entre la fronda.

Es hermoso mecerse subido en el árbol.

Mas no os mezáis jamás arrodillados.

Debéis ser al árbol lo mismo que su copa,

mecida desde siglos por él al atardecer.

 

 

 

 

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