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Cinco poemas de Baudelaire en su aniversario

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Charles Baudelaire es el poeta maldito del dolor. Nació en París el 9 de abril de 1821 y partió de la misma ciudad que lo vio nacer, el 31 de agosto de 1867. Su obra toda -tanto como poeta, ensayista o crítico cultural- está pergeñada bajo el manto del mal. Traductor de Poe, se vio envuelto en su influjo también. Uno de los pilares del simbolismo francés, Baudelaire junto a su bienamado Rimbaud, hizo de los excesos su musa. 

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La destrucción

El demonio se agita a mi lado sin cesar;

flota a mi alrededor cual aire impalpable;

lo respiro, siento cómo quema mi pulmón

y lo llena de un deseo eterno y culpable.

A veces toma, conocedor de mi amor al arte,

la forma de la más seductora mujer,

y bajo especiales pretextos hipócritas

acostumbra mi gusto a nefandos placeres.

Así me conduce, lejos de la mirada de Dios,

jadeante y destrozado de fatiga, al centro

de las llanuras del hastío, profundas y desiertas,

y lanza a mis ojos, llenos de confusión,

sucias vestiduras, heridas abiertas,

¡y el aderezo sangriento de la destrucción!

 

Autor: J.R. Korpa

 

Alegoría

Es hermosa mujer, de buena figura,

que arrastra en el vino su cabellera.

Las garras del amor, los venenos del garito,

todo resbala y se embota en su piel de granito.

Se ríe de la Muerte y desprecia la Lujuria,

y ambas, que todo inmolan a su ferocidad,

han respetado siempre en su juego salvaje,

de ese cuerpo firme y derecho la ruda majestad.

Anda como una diosa y reposa como una sultana;

tiene por el placer una fe mahometana,

y en sus brazos abiertos que llenan sus senos

atrae con la mirada a toda la raza humana.

Ella cree, ella sabe, ¡doncella infecunda!,

necesaria no obstante a la marcha del mundo,

que la belleza del cuerpo es sublime don,

que de toda infamia asegura el perdón.

Ignora el infierno igual que el purgatorio,

y cuando llegue la hora de entrar en la noche negra,

mirará de la Muerte el rostro,

como un recién nacido, sin odio ni remordimiento.

 

Autor: J.R. Korpa

 

Tristezas de la luna

Esta noche la luna sueña con más pereza,

Cual si fuera una bella hundida entre cojines

Que acaricia con mano discreta y ligerísima,

Antes de adormecerse, el contorno del seno.

Sobre el dorso de seda de deslizantes nubes,

Moribunda, se entrega a prolongados éxtasis,

Y pasea su mirada sobre visiones blancas,

Que ascienden al azul igual que floraciones.

Cuando sobre este globo, con languidez ociosa,

Ella deja rodar una furtiva lágrima,

Un piadoso poeta, enemigo del sueño,

De su mano en el hueco, coge la fría gota

como un fragmento de ópalo de irisados reflejos.

Y la guarda en su pecho, lejos del sol voraz.

 

 

Autor: J.R. Korpa

 

El alma del vino

Cantó una noche el alma del vino en las botellas:

¡Hombre, elevo hacia ti, caro desesperado,

Desde mi vítrea cárcel y mis lacres bermejos,

Un cántico fraterno y colmado de luz!»

Sé cómo es necesario, en la ardiente colina,

Penar y sudar bajo un sol abrasador,

Para engendrar mi vida y para darme el alma;

Mas no seré contigo ingrato o criminal.

Disfruto de un placer inmenso cuando caigo

En la boca del hombre al que agota el trabajo,

y su cálido pecho es dulce sepultura

Que me complace más que mis frescas bodegas.

¿Escuchas resonar los cantos del domingo

y gorjear la esperanza de mi jadeante seno?

De codos en la mesa y con desnudos brazos

Cantarás mis loores y feliz te hallarás;

Encenderé los ojos de tu mujer dichosa;

Devolveré a tu hijo su fuerza y sus colores,

Siendo para ese frágil atleta de la vida,

El aceite que pule del luchador los músculos.

Y he de caer en ti, vegetal ambrosía,

Raro grano que arroja el sembrador eterno,

Porque de nuestro amor nazca la poesía

Que hacia Dios se alzará como una rara flor!

 

Autor: J.R. Korpa

 

¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria?

 

¿Qué dirás esta noche pobre alma solitaria,

Qué dirás, corazón, marchito hace tan poco,

A la muy bella, a la muy buena, a la amadísima,

Bajo cuya mirada floreciste de nuevo?

-El orgullo emplearemos en cantar sus loores;

Nada iguala al encanto que hay en su autoridad;

Su carne espiritual tiene un perfume angélico,

Y nos visten con ropas purísimas sus ojos.

En medio de la noche y de la soledad,

O a través de las calles, del gentío rodeado,

Danza como una antorcha su fantasma en el aire.

A veces habla y dice: «Yo soy bella y ordeno

Que por amor a mí no améis sino lo Bello;

Soy el Ángel guardián, la Musa y la Madona».

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