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Cinco paradas hasta T.S. Eliot

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T. S. Eliot (Missouri, 1888 – Londres 1965) nació un día como hoy en los Estados Unidos y se estableció de joven en Inglaterra. De algún modo eso enriqueció su poesía y siempre lo traía a cuento. Además, dramaturgo y crítico cultural, Eliot obtuvo el Nobel de Literatura en 1948. Estas cinco poesías que elegimos dan cuenta de su caudal. «El primer coro de la roca», con traducción de Jorge Luis Borges.  

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Taiji Taomote

 

 

El viaje de los magos

Qué helada travesía,

Justo la peor época del año

Para un viaje, y un viaje tan largo:

Los caminos hondos y el aire ríspido,

Lo más recio del invierno”.

‘Y los camellos llagados, sus patas adoloridas, refractarios,

Tendidos en la nieve que se derretía.

A veces añorábamos

Los palacios de verano en las cuestas, las terrazas,

Y las niñas sedosas que nos servían sorbetes.

Iban los camelleros blasfemando, mascullando,

Huyendo, y pidiendo licor y mujeres,

Y las fogatas se extinguían y no había refugios,

Y las ciudades hostiles y los pueblos agresivos

Y las aldeas sucias y caras:

Cuánto tuvimos que aguantar.

Al final preferimos viajar de noche,

Dormir a ratos,

Con las voces cantando en nuestros oídos, diciendo

Que todo esto era locura.

Entonces llegamos al amanecer a un valle templado,

Húmedo, lejos de las nieves perpetuas, y olía a vegetación;

Con un arroyo y un molino de agua que golpeaba la oscuridad,

Y en el horizonte tres árboles,

Y un viejo caballo blanco se fue galopando hacia la pradera.

Luego llegamos a una taberna con hojas de parra en el dintel,

Seis manos junto a una puerta abierta

Jugaban a los dados por un poco de plata,

Y alguien pateaba los odres vacíos de vino,

Pero no había información, y seguimos

Y llegamos al anochecer, y justo a tiempo

Encontramos el lugar; era (podríamos decir) satisfactorio.

Todo esto fue hace mucho tiempo, recuerdo,

Y yo lo volvería a hacer, pero que quede

Esto claro que quede

Esto: ¿nos llevaron tan lejos

Por un Nacimiento o por una Muerte? Hubo un Nacimiento,

Teníamos pruebas y ninguna duda. Yo había visto nacer y morir,

Pero pensaba que eran distintos: este Nacimiento

Nos sometió a una dura y amarga agonía,

Como la Muerte, nuestra muerte.

Regresamos a nuestros lugares, estos Reinos,

Pero ya no estamos en paz aquí, bajo la antigua ley.

Con un pueblo extraño aferrado a sus dioses.

Cuánto gusto me daría otra muerte.

 

El Director 

Desdicha al desdichado Támesis

Que fluye tan cerca del Espectador

El director

Conservador

Del Espectador

Corrompe la brisa

Los accionistas

Reaccionarios

Del Espectador

Conservador

Con los brazos enlazados

Dan vueltas

A paso de lobo.

En un desagüe

Una niña

En harapos

De nariz achatada

Mira

Al director

Del Espectador

Conservador

y muere de amor.

 

Cántico de Simeón

Oh Señor, los jacintos romanos florean en los tiestos

Y el sol de invierno asoma por los nevados montes;

La estación obstinada ceja en su porfía

Mi vida vana espera el viento de la muerte

Como pluma en el dorso de la mano.

En soleados rincones, la memoria del polvo

Espera el viento helado que sopla hacia el desierto.

Concédenos tu paz.

He caminado mucho entre estos muros,

He observado el ayuno y la fe, he velado por los pobres,

He dado y recibido honores, bienestar…

Nadie fue nunca echado de mi puerta.

¿Quién va a acordarse de mi casa? ¿Dónde vivirán

Los hijos de mis hijos cuando llegue la hora del dolor?

Tomarán el sendero de la cabra, la cueva de la zorra,

Para ponerse a salvo de extraños rostros y de extrañas armas.

Antes del día de la soga, del azote y el gemido,

Concédenos tu paz.

Antes de la hora del monte desolado,

Antes de la hora del materno dolor,

En esta hora del nacimiento y de la muerte,

Deja que sea el Niño, el Verbo no dicho aunque sobrentendido,

Quien dé el consuelo de Israel

A éste que tiene ochenta años y ningún mañana.

Conforme a tu promesa,

Ha de penar quien te honre en cada generación,

Con gloria y con escarnio, luz tras luz,

Ascendiendo la escala de los santos.

No para mí el martirio, el éxtasis de la meditación y la plegaria,

Ni la postrera visión.

Concédeme tu paz.

(Y una espada ha de herir tu corazón,

También el tuyo.)

Estoy cansado de mi propia vida y de la de quienes han de vivir.

Yo muero de mi propia muerte y de la de quienes han de morir.

Haz que al partir tu siervo

Vea tu salvación.

Taiji Taomote

 

 

 Asesinato en la catedral

Desde que el dorado octubre declinó en sombrío noviembre

y las manzanas fueron recogidas y guardadas, y

la tierra se volvió ramas de muerte, pardas

y agudas, en un erial de agua y lodo,

el año nuevo espera, respira, espera, murmura en la sombra.

Mientras el labriego arroja a un lado la bota lodosa y tiende las manos al fuego,

el año nuevo espera, el destino espera su advenimiento.

¿Quién ha acercado las manos al fuego sin

recordar a los santos en el Día de Todos Santos,

a los mártires y santos que esperan? y ¿quién, tendiendo

las manos al fuego, negará a su maestro: y quién, calentándose junto al fuego, negará a su maestro?

Siete años, y ha terminado el verano,

siete años hace que el arzobispo nos dejó,

él, que fue siempre bueno con su rey.

Pero no estaría bien que regresara

El rey gobierna o gobiernan los señores,

hemos sufrido diversas tiranías;

pero casi siempre se nos deja a nuestros propios recursos,

y vivimos contentos si nos dejan en paz.

Tratamos de mantener nuestras casas en orden,

el mercader, tímido y cauto, se afana por reunir una modesta fortuna,

y el labriego se inclina sobre su pedazo de tierra, color de tierra su propio color,

y prefiere pasar inadvertido.

Ahora temo disturbios en las apacibles estaciones: el

invierno vendrá trayendo del mar a la muerte;

la ruinosa primavera llamará a nuestras puertas,

raíz y vástago nos comerán ojos y orejas,

el desastroso verano aplastará el lecho de nuestros arroyos

y aguardarán los pobres otro octubre moribundo.

¿Por qué el verano habría de consolarnos

de los fuegos del otoño y las nieblas invernales?

¿Qué haremos en el sopor del verano

sino esperar en estériles huertos otro octubre?

Alguna dolencia viene sobre nosotros. Esperamos, esperamos,

y los santos y mártires esperan a quienes serán mártires y santos.

El destino espera en la mano de Dios, que modela lo todavía informe:

yo he visto estas cosas en un rayo de sol.

El destino espera en la mano de Dios, no en las manos de los estadistas,

quienes, unas veces bien, otras mal, hacen proyectos y conjeturas

y abrigan propósitos que giran en sus manos en la trama del tiempo.

Ven, feliz diciembre, ¿quién te observará, quién te preservará?

¿Nacerá otra vez el Hijo de! Hombre en el pesebre del escarnio?

Para nosotros, los pobres, no hay acción, sino sólo esperar y dar testimonio.

             

  El primer coro de la roca

Traducción de Jorge Luis Borges

Se cíerne el águila en la cumbre del cielo,

El cazador y la jauría cumplen su círculo.

¡Oh revolución incesante de configuradas estrellas!

¡Oh perpetuo recurso de estaciones determinadas!

¡Oh mundo del estío y del otoño, de muerte y nacimiento!

El infinito ciclo de las ideas y de los actos,

infinita invención, experimento infinito,

Trae conocimiento de la movilidad, pero no de la quietud;

Conocimiento del habla, pero no del silencio;

Conocimiento de las palabras e ignorancia de la Palabra.

Todo nuestro conocimiento nos acerca a nuestra ignorancia,

Toda nuestra ignorancia nos acerca a la muerte,

Pero la cercanía de la muerte no nos acerca a Dios.

¿Dónde está la vida que hemos perdido en vivir?

¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?

¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?

Los ciclos celestiales en veinte siglos

Nos apartan de Dios y nos aproximan al polvo.

Taiji Taomote

              

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