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Un hombre desnudo

Karl Ove Knausgård es todo un desafío a la hora de intentar pronunciarlo. Y todo lo que comience con una provocación, aunque más no sea semántica, es digna de enfrentar. Mi lucha, justamente, titula este noruego a toda esta saga en la que ha convertido su propia vida.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

Prácticamente un suicidio literario. Hace exactamente diez años comenzaba esta maratónica empresa de contar su existencia. Por qué, se preguntarán, es acaso una forma de héroe o un bandido -su rostro refleja ambas circunstancias…-, un ególatra, un miserable. Pues en principio nada de todo esto según hemos leído a partir de las traducciones al español en cinco partes: La muerte del padre, Un hombre enamorado, La isla de la infancia, Bailando en la oscuridad y Tiene que llover (también tiene un ensayo, El otro lado de la cara, que complementa La isla…). La sexta parte se editará en nuestro país en abril. Una tarea titánica, sin duda, que lo ha elevado a lo más alto en lo que actividad literaria refiere. Por igual la lectura: algunos de estos tomos superan las 500 páginas y así es como sabemos de lo adictivo que resulta, a pesar de la extensión, la traducción (son pocos los que pueden disfrutarlo en su idioma original, claro) y la historia de un hombre de quien no sabíamos nada antes que se embarcara en esta loca carrera. Se lo ha comparado y sin equivocación a la empresa proustiana de contarlo todo, absolutamente todo. ¿Un genio o un atrevido?

Y a pesar de esto (sabemos cómo son los críticos culturales: no quieren a nadie), todos (casi, en rigor de verdad) se han rendido frente a este, oh, sí, best seller, la palabra tan temida. Los prejuicios están a la orden del día. Pero lo de Knausgård es una imposible confesión, extendida, dolorosa. Con herramientas tales como su intimidad, su propia retórica vomitada al lector a quien contagia en sus inquietudes, el noruego nos toma de la mano para acompañarlo en su travesía. Repasemos sus libros -su vida- mientras esperamos la sexta parte de su propia saga.

La muerte del padre es brutal: por igual deja al autor dolorida y aliviado. Un hombre que bebe hasta morir deja a un hijo fantaseando sobre su propio epitafio. Lo primero que se traduce de esta primera parte es la vida escandinava (el alcohol es un primer tópico destacado), la conformidad de la familia (un buena madre, un hermano feliz). Se zambulle entonces en un viaje de regreso a su infancia pero con una mirada adulta, alejada, crítica.

En Un hombre enamorado pasa de ser hijo a ser padre. Su primera mujer, su ida a Suecia, el reencuentro con una poeta -la segunda mujer-. Todo cambia y él cambia, la urgencia por escribirlo y no tanto por vivirlo; el amor otra vez, el amor siempre, la belleza, la abulia (Escandinavia toda puede ser por igual perfectamente bella y aburrida) y la escritura. Siempre la escritura. Escribe sobre escribir. Novelar su vida, darle vida a su novela. Un escucha de rock, un apasionado, un analista de la masculinidad, un artista.

En la tercera parte vuelve a la primera. La isla de la infancia es una explosión de recuerdos -las delicias de un psicoanalista-, es 1969, Karl tiene ocho meses y su madre lo pasea en un carrito. La escuela, los primeros amigos y los primeros libros. La identidad.

No hay orden cronológico, todo está envuelto con una manta compasiva, anárquica, del desorden porque sí, sin más. En Bailando en la oscuridad, el joven Karl tiene dieciocho años y es maestro en un pueblo. Es duro consigo mismo, en la vida y en las letras. Y empuja al lector a hacer un juego como el suyo: volver atrás en el tiempo sin darle más importancia que la del presente pero sí a considerarla. Si quedaba duda sobre el talento de Knausgård, con esta entrega se disipa cualquier nube. (De todos modos, no hubo tal titubeo, la verdad.)

Tiene que llover, desea el autor. En Tiene que llover casi no hay memorias sino un profundo, duro, crudo análisis. Hace sus propias devoluciones, repasa errores, torpezas, trae a cuenta sus días universitarios, su incipiente adultez, la bebida, más rock y siempre la escritura. El amor, el primer amor, un sorpresivo descubrimiento sobre su capacidad de crítico literario y etcétera. Humano demasiado humano, pensará el lector. La sexta parte cuenta con 1600 páginas. Ya lo sabe, lo leeremos. Lo ha confrontado todo en todas estas entregas. ?Y pensamos, ¿escribir le ha servido a Knausgård para exorcizar sus fantasmas? “No en lo básico; -le cuenta a Babelia-, mis miedos fundamentales no han cambiado; dudo que identificarlos sea superarlos; entender te ayuda a perdonar y hoy me perdono más a mí mismo, pero no creo en la escritura terapéutica: leer, como escribir, te ayuda sólo el tiempo que lo haces, pero luego las cosas siguen igual; por eso continúo escribiendo”.

Amén.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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