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Leonard Cohen: un escritor antes que músico

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La salida de La llama (Salamandra, 2019) nos recuerda que Leonard Cohen partió hace poco y este poemario es su legado. Poesías, dibujos, anotaciones, subrayados, todo se publicó tal cual lo había escrito, tachado, mamarracheado el artista. Fue su elocuente despedida, sabía que lo era y dejó su alma en estos escritos melancólicos, irreverentes, con su sello. Walter Lezcano hace un profundo análisis de su obra.

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POR WALTER LEZCANO

El 21 de septiembre del año 2016, Leonard Cohen estrenó en su sitio web y en todas sus plataformas la canción You Want It Darker. Significaba una ocasión especial ya que era el cumpleaños número 82 de Cohen y se trataba del adelanto de un nuevo disco a publicarse en breve. La canción ya gustaba: había sonado un fragmento en la serie Peaky Blinders. Finalmente, el disco, que se llamó igual que el sencillo adelanto, You Want It Darker, salió el 21 de octubre de ese mismo año. Se  pudo saber que Leonard Cohen grabó todas las voces en su casa de Los Ángeles porque sus graves problemas en la espalda le impidieron llegar al estudio. El canadiense, al escucharlo completo, estaba contento con este nuevo trabajo y lo que se nota en ese disco es una de las mejores despedidas que pudo realizar un músico de ese calibre y trayectoria (ubicado en ese estante junto a Blackstar de David Bowie, por ejemplo). Su acto final estuvo a la altura de sus gloriosos comienzos y eso, francamente, es extraordinario. Leonard Cohen murió el 7 de noviembre del 2016 mientras dormía, según contó su hijo Adam, quien produjo You Want It Darker.

Pero tiene sentido hablar de esto y comenzar por ahí porque en esa época en la que no pudo salir de la cama, Leonard Cohen -que antes de cualquier otra cosa era escritor-, no solo estuvo trabajando en su música, por la cual era conocido mundialmente, sino que también estaba preparando un nuevo libro de poemas (su primer y verdadero amor) en el que había estado trabajando durante sus últimos años. Y ahora ese mismo libro llega a la mesa de novedades como una muestra concreta de que todavía sigue entre nosotros: La llama.    

Esta nueva obra de Leonard Cohen fue armada por sus históricos editores canadienses, Robert Faggen y Alexandra Pleshoyano, junto con su hijo Adam, y es él quien cuenta en el prólogo lo siguiente: “Este libro contiene los últimos esfuerzos de mi padre como poeta. Ojalá lo hubiese visto terminado, y no porque en sus manos hubiera sido un libro mejor, más acabado, más generoso y estructurado, ni porque, de una manera más fiel, hubiera reflejado lo que mi padre quería ofrecer a sus lectores, sino porque su cometido era lo que lo mantenía vivo al final de sus días, su único objetivo vital”. Y estas son palabras que ponen en relieve algo muy importante sobre el tipo de artista que fue Cohen. Es decir: en el comienzo y en el final lo suyo (la llama que le daba el combustible necesario para seguir adelante) fue y siguió siendo la poesía.

 

 

La llama como obra póstuma nos pone en contacto con un poeta que tenía múltiples intereses (recordemos que Cohen también fue novelista: The Favourite Game y Beautiful Losers son grandes textos) y que, por el devenir de su vida profesional, digamos, siempre trató de difuminar los bordes entre literatura y música. O por lo menos intentar dilucidar cuáles era los límites de esos territorios. Tal como pasa con Patti Smith o Rosario Bléfari (por poner solo dos ejemplos de compositoras que empezaron como poetas), Cohen entregó letras de canciones que bien pueden estar en un libro de poemas como efectivamente sucede en La Llama.

Botón de muestra:

Ábrete paso a través de las ruinas del Altar y el Centro Comercial

Ábrete paso a través de las fábulas de la Creación y La Caída

Más allá de los Palacios que se alzan sobre la putrefacción

Año tras año

Mes tras mes

Día tras día

Pensamiento tras pensamiento.

En ese sentido, la primera y la segunda sección de La Llama (en la tercera parte están las anotaciones poéticas de sus cuadernos personales) pueden ser intercambiables: los poemas se leen como canciones y las canciones habilitan a la lectura y la entidad de la poesía. Y es que en más de un sentido (tal como sucede con Bob Dylan) esa fue la búsqueda de Leonard Cohen: derribar las etiquetas. Simplemente vivir en función de las palabras y de poder encontrarlas.

El Indio Solari, el artista popular más convocante del país, en el programa radial Big Bang, conducido por el escritor y periodista Marcelo Figueras, suele leer entrevistas de Leonard Cohen. ¿Por qué lo hace? En principio: porque lo que dice Cohen es interesante en términos de violencia intelectual: su mente parece viajar a un ritmo y frecuencia diferente, lo que le da profundidad y trascendencia a sus expresiones. Y por otro lado, cuando Leonard Cohen habla, su reflexión parece estar en conexión con saberes atávicos y profundos. Hay sapiencia en lo que dice Cohen porque sabe que cuando la palabra aparece debe ser mejor que el silencio. Es en este sentido en el que la aparición de Cohen por Cohen. Entrevistas y encuentros con Leonard Cohen. Editado por Jeff Burger (Planeta) tiene su magnitud e importancia porque sirve también como una suerte de biografía involuntaria. Y si bien estas conversaciones están sujetas únicamente a la salida de los discos de Cohen, son entrevistas que nos muestran a un artista que siempre intenta correrse del lugar de estrella de rock para ubicarse en un sitio que derrumba los privilegios del poder para buscar cierta esencia, cierta humanidad, cierta naturaleza. Por ejemplo, dijo en Varsovia antes de cantar Hallelujah, su canción más reconocida: “Sé que hay un ojo que nos observa a todos. Hay un juicio que sopesa todo lo que hacemos. Y ante esta gran fuerza, que es más grande que cualquier gobierno, me detengo pasmado y me arrodillo con respeto. A este juicio dedico la siguiente canción”. O lo que dijo cuando trató de definir quién era: “No soy un novelista. No soy siquiera un poeta. Soy compositor. Con el paso del tiempo te das cuenta de que no vas a hacer más que eso. No vas a liderar un movimiento social. No vas a ser el faro de tu generación. No vas a hacer muchas cosas que creías que harías. Eres solo un tipo sentado frente a una mesa en el mejor de los casos, y arrastrándote por la alfombra en el peor. Eso haces”.

 

Un joven Leonard Cohen enfrentado a su máquina de escribir.

 

Cuando Bob Dylan ganó el premio Nobel de Literatura muchos se pronunciaron en contra. Pero los pocos que estaban a favor sabían que no se trataba solamente de un Nobel a un artista de la talla de Dylan, que por otra parte se lo merece. Era la posibilidad de que aquellos que trabajaron la lírica desde la música y le dieron cierta perspectivas nuevas a su pueblo (y a su tribu) con sus creaciones pudieran tener su lugar en los libros de historias. Es ahí donde, por supuesto, entra Cohen: en el lugar de un creador que quiso que la palabra fuera algo más que comunicación, que sirviera para elevarse por encima de la experiencia cotidiana y que también ayude a comprender nuestro paso por la tierra.  

        

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