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La tristeza de Pizarnik

 

En un nuevo aniversario de su nacimiento, celebramos a nuestra poeta maldita. Enfant terrible, la sabemos maga de la poesía y gran cuentista, pero también ha sido una crítica cultural importante, una prosista imprescindible. Aquí apenas un esbozo de su existencia.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

Pensamos a Alejandra como espejo de la muerte o el silencio y la locura o el suicidio. Aunque sus textos destaquen su más profunda obsesión: el lenguaje. Todo el poder concentrado en la capacidad de expresar sus sentimientos -y pensamientos- a través del verbo. La palabra, la estructura vocal como su mejor y más afilada arma. De ahí, el vigor de sus textos.

Pizarnik nació el 29 de abril de 1936. De familia judía, hija de rusos, tenía acento extranjero al hablar y no solo eso: tartamudeaba. Hermana menor de una joven guapa según los estándares -rubia y delgada-, la regordeta Alejandra y su acné, además de su condición de asmática, hicieron de su infancia, un lugar para el olvido. Nacida en Avellaneda («Ella y yo sabemos / Que el cielo tiene el color de la infancia muerta»), desarrolló una personalidad algo frágil, algo oscura, siempre alerta, siempre reinventándose («alejandra alejandra / debajo estoy yo / alejandra»).

Estudió filosofía, periodismo, letras. Con un gusto particular por el surrealismo literario, fue amiga de Girondo, Cortázar, Ítalo Calvino, Fernando Noy, Silvina Ocampo (¿se amaron ellas? Seguramente), Silvia Moloy, Simone de Beauvoir. Feminista de primera hora, escribió que sentía «un entrañable calor que me abriga cuando el mundo me golpea», y que ese calor era «el de las otras mujeres».

«D. vuelve a mostrar sus fauces de hembra de alcoba. La deseo profundamente. Su cercanía es como una premasturbación (…) Tan sucia y superficial. Tan adorable. Tan lejana», cuentan algunas de sus confesiones que descansan en la Biblioteca de Princeton. «Hoy llegué a un pobre orgasmo después de imaginar mucho tiempo que los nazis me apuntaban y me entregaban a un militar tenebroso y muy temido, que me castigaba mientras fornicaba conmigo… de todos modos, lo esencial es esto: me excita que me castiguen». Categórica aunque paradójicamente tímida, su vida amorosa fue casi un misterio.

Sí tuvo una relación de intimidad, aunque más no fuera verbal, con León Ostrov. Alejandra Pizarnik inició una terapia psicoanalítica con Ostrov a sus 18 años, presa de fantasmas que la visitaban desde siempre y temía fueran a ser más grandes. El tratamiento, aunque óptimo, se interrumpió transcurrido poco más de un año, pero el profundo interés de ambos por la filosofía y la literatura derivó en una amistad que se afianzó durante los años en que Alejandra residió en Francia entre 1960 y 1964 a través de la correspondencia. Sus inseguridades infantiles, sumadas a las angustias de su identidad: “Heredé de mis antepasados las ansias de huir. (…) De cada trozo de tierra o de mar han usurpado algo y así me formaron, condenándome a la eterna búsqueda de un lugar de origen”.

De esto y mucho más habrá expuesto la poeta con su psicoanalista/amigo, seguramente, a quien dedicó un poema, «El despertar»:

a León Ostrov 

Señor
La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte
y sonríe detrás del viento
a mis delirios

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos

Señor
El aire me castiga el ser
Detrás del aire hay monstruos
que beben de mi sangre.

Y continúa no solo haciendo alusión a su asma como en este último párrafo, sino a su temor a la vejez, y otras tristezas. La angustia por la muerte de su padre fue decisiva para su partida y el 25 de septiembre de 1972, intentó por tercera vez un suicido y lo logró. Salir airosa no pareciera la expresión correcta pero así fue, tuvo éxito, y en ese último hálito antes de la ingesta de barbitúricos delineó:

no quiero ir

nada más

que hasta el fondo.

 

 

 

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