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La importancia de llamarse Wilde

Borges tradujo el cuento “El príncipe feliz” de Wilde a los nueve años y así fue su debut en el mundo literario, lo que vino después siempre tendrá que ver con eso. Y corría 1908, fueron contemporáneos. Podemos decir que Wilde le cedió una pluma a Borges, que le dio una voz que mantendrá hasta el último día. Así de grande fue Oscar Wilde.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

Oscar Fingal O’Flahertie Wills Wilde vino al mundo un día como hoy en 1854 en la ciudad de Dublín. Pocas personalidades como la de él, ¿verdad? Y no solo en el mundo literario y cultural sino hasta en la moda: el tipo era un dandy y todo el mundo se daba vuelta para mirarlo cada vez que entraba a un salón. Las influencias de los graves conflictos emocionales e intelectuales que tuvieron su origen en la infancia de Oscar Wilde, da cuenta de su obra. Hijo de intelectuales, eximio estudiante; su vida e ingenio da luz de la repetida aparición en su trabajo de figuras de su infancia, y los conflictos inconscientes que impidieron su surgimiento emocional desde ese momento. Estos conflictos inspiraron su trabajo más brillante y su terrible final. Hijo de intelectuales, un médico cirujano y una escritora, fue un erudito con sus estudios de filosofía estética y se ocupó de viajar por el mundo para dar seminarios al respecto. Las consecuencias de la ambición de los padres de Wilde de que se convierta en un héroe irlandés lo llevó a identificar conductas homosexuales manifiestas con heroísmo irlandés según leemos en sus escritos. Un misterioso apego a su hermana menor, Isola, quien murió cuando solo tenía once años, coloreó su mejor escritura, así como los amores de su vida posterior.

Paralelamente, escribía poemas, ensayos y cuentos. 

Había estado en Grecia, Italia, Estados Unidos dando sus charlas pero siempre regresaba a su Irlanda natal hasta que el amor se interpuso. Se enamoró de Florence Balcombe, una joven que destacaba por su belleza, pero ella se casó con Bram Stoker y así Wilde juró no volver a su tierra con el corazón partido entre sus manos. Eventualmente, conocerá a Constance Lloyd, hija de un consejero de la reina, con quien se casará y tendrán dos hijos. 

Fue un gran dramaturgo; obras como Salomé (1891), escrita en francés, o La importancia de llamarse Ernesto (1895), fueron y siguen siendo un juego de diálogos vivos y cargados de ironía gracias a su particular ingenio.

Con un encanto natural conquistaba por igual hombres y mujeres de toda edad: el vuelo de su pluma estaba acompañado de su retórica, siempre barroca, voluptuosa aunque precisa y encantadora. Así fue el epicentro de todo centro cultural que se preciara a la época -fue amigo personal de Verlaine-, todos adoraban a este escritor impecable con modos tan distintivos. Pero todo llegó a su fin, todo se acabó: su vida personal y social. El romance con el joven Lord Alfred Douglas fue un escándalo. En tiempos donde la homosexualidad se penalizaba con todo el rigor de la ley, a pesar de los pedidos de los sectores más progresistas de la época, Oscar Wilde es enviado a la cárcel acusado de sodomita.

Su esposa e hijos cambiaron sus apellidos para que no se los relacionara con él. Lord Alfred se abstuvo de plantarse a su padre quien había acusado a Wilde y nunca lo visitó. En esos dos años ¡eternos! que pasó el escritor tras las rejas, estuvo atado a trabajos forzados y fue centro de toda burla. ¡Él! ¡El autor más esteta! El hechizador de palabras, el encantador de versos. Allí escribió su última obra, De Profundis La balada de la cárcel de Reading, en realidad, una larga y sentida carta de amor y de odio a Douglas. 

Esto escribió ahí: “El amor se alimenta de la imaginación, gracias a la cual nuestra razón sobrepasa nuestra sabiduría, nuestra bondad, nuestro sentimiento, nuestra nobleza, nuestra propia existencia; la imaginación, gracias a la cual nos es dado abarcar la vida en su conjunto; la imaginación, que nos permite comprender a los demás en sus relaciones reales e ideales. El amor solo puede alimentarse con lo bello y lo bellamente ideado”.

La imperfección, o quizá la inutilidad del lenguaje, se reduce a una herramienta única: la pluma. Oscar Wilde perfeccionó la lengua, le otorgó provecho a la palabra. Siempre será Wilde una invitación a la lectura reflexiva interpelando la riqueza de sus líneas.

Murió en París como Sebastian Malmoth, solo, pobre y desconocido. Antes de eso había compartido unos meses con Lord Alfred Douglas en Italia.

 

 

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