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Los amores de Julio Cortázar

Repasamos lo que Julio Cortázar mejor supo describir: el amor. «Lo que me gusta de tu cuerpo es el sexo. Lo que me gusta de tu sexo es la boca. Lo que me gusta de tu boca es la lengua. Lo que me gusta de tu lengua es la palabra», escribió. Estos fueron sus tres amores.

 

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Aurora Bernárdez

Cortázar describió como “una crisis lenta pero inevitable” su separación de Aurora Bernárdez. Catorce años después de la boda, algo se había roto. O desencajado, mejor. Porque al final de sus días, fue ella la que estuvo cerca de él hasta el último suspiro.

En 1948, la escritora Inés Malinow ofició de Celestina: “Conocí a Julio por esa época. Salimos un par de veces a tomar café y hablar de literatura. Aurora Bernárdez era mi amiga, le comenté sobre él y quiso conocerlo. Así, una tarde, en el café Boston, la cité a ella, a Julio y al escritor Pérez Zelaschi y ahí se conocieron. Después ellos empezaron a tratarse. Todavía Julio era un desconocido”. Habrá fruncido el ceño Julio al observarla, reparó en “nariz respingadísima” como la describirá más tarde. Comenzaron a salir y mientras la relación crecía, Cortázar viaja a Francia, vuelve a Buenos Aires y le propone a Aurora radicarse en la capital francesa. Primero se va él, y ya para no volver, gracias a una beca del gobierno francés. Era octubre de 1951.

Se instala, le roban su biblioteca, busca un empleo y su amiga Edith Aron (la Maga) lo ayuda. Comienza a distribuir libros en su Vespa hasta que tiene un accidente de gravedad. Pasaba tiempo de calidad con Aron: “Hacía todo el tiempo ese tipo de juegos, contará ella, en los que nunca me sentí a la par. ¡Me acomplejaba porque él sabía tanto y yo tan poco! No me decidí a irme a vivir con él justamente porque quería estudiar. Además, sabía que él admiraba mucho a Aurora Bernárdez, que estaba en Buenos Aires. ¿Yo enamorada de Cortázar? No lo sabía. Cierta noche, Julio me dijo que Aurora llegaría fin de año a París, ya era 1952, y me preguntó qué era más importante para mí, si Navidad o el año nuevo. No sé por qué le dije año nuevo, que Navidad lo pasaría con mi padre. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue al perderlo que me di cuenta de lo que lo quería”.

Jóvenes traductores ambos, se casaron en la capital francesa en 1953 y trabajaron para la UNESCO. Recorrieron las calles de París, tan altos los dos, tan guapos. Vargas Llosa, quien compartía el mismo empleo que la pareja, profesará su envidia por esa “convivencia mágica y la afinidad intelectual” entre Julio y Aurora. Los apremios económicos se hicieron presentes: “Comíamos kilos de papas fritas, hacíamos los bifes casi clandestinamente porque en la pieza del hotel no había cocina ni se nos autorizaba a cocinar, abríamos la ventana para que no humear tanto”, contará Aurora. Ella logra conseguir un trabajo de traducción muy importante: una enciclopedia de filosofía, lo cual los mantiene y también ayudará a Cortázar a traducir la obra completa en prosa de Edgar Allan Poe por pedido de la universidad de Puerto Rico para lo cual se trasladan a Italia. Ese año entero de trabajo le valió al escritor su primer gran mérito: aún hoy es considerada la mejor traducción de Poe al español. Concluida la tarea, viajan en barco a Buenos Aires. Viajaron por la India descubriendo juntos nuevas culturas, tuvieron su primera casa en la Provence, y mientras él escribía febrilmente, ella le recordaba situaciones mundanas como comer, por ejemplo, porque se le olvidaba. Catorce años convivieron, con ausencias de por medios por viajes de ambos cónyuges, Glop, como Julio llamaba a Aurora, fue testigo y cómplice de las creaciones del autor. Esa “crisis lenta” a la que hará referencia el escritor detona la separación en 1967, pero no el afecto: Cuando ella vuelve a su lado para cuidarlo en sus últimos días, él le legará su herencia y la mitad de los derechos de autor.

 

 

Ugné Karvelis

La lituana Ugné Karvelis no se casará con el autor. Muchos la creyeron la causa de la separación de Julio y Aurora, Karvelis era lo opuesto a Bernárdez: temperamental, fuerte, decidida. Veintidós años menor que Cortázar, lo conoció en Cuba cuando aún estaba casado. (Aurora había viajado a Buenos Aires a cuidar de su madre enferma.) La lituana, que trabajaba para Gallimard, la editorial francesa que publicará más adelante a Cortázar, se acerca al escritor como admiradora. Se creía digna protagonista de Rayuela y presumía de llevar una vida igual a la de la novela. Cuatro años estuvieron juntos. Sus celos, el alcoholismo y los malos modos de Ugné los alejó.

 

 

Con Carol Dunlop en París.

 

Carol Dunlop

Su tercer (y último) amor y segunda esposa, la americana Carol Dunlop, tenía treinta y dos años menos que Julio. El primer encuentro se produce en Canadá, el autor, que ya tenía 63, había viajado a Montreal a un encuentro internacional entre escritores. Dunlop era escritora también y fotógrafa aficionada. Osita, como la llamaba, compartió cinco años con él -el Lobo, como lo llamaba ella- que sin duda, hubieran sido más si no hubiese muerto repentinamente a sus treinta y seis a partir de una complicación medular. La escritora Cristina Peri Rossi, amiga personal del autor y biógrafa suya, asegura que ambos, Julio y Carol murieron de hiv. Cortázar se habría contagiado por una transfusión en el sur de Francia y se lo habría pasado a la Dunlop. Sin embargo, el biógrafo Miguel Herráez, asegura que fueron la aplasia medular en ella y la leucemia meloide crónica en él lo que acabó con sus vidas. Cortázar escribió con Dunlop Los autonautas de la cosmopista, que proyectaba la dimensión de lo que Dunlop le significó al escritor. Él morirá a los dos años, dos años de desconsuelo absoluto donde, según recuerdan sus amigos, hablaba de Carol como si estuviera viva. Cortázar pedirá ser enterrado junto a Carol en el cementerio de Montparnasse.

Julio Cortázar, ese hombre de mirada profunda, delineada por el marco de sus gruesas cejas, fue quien quizá mejor le habló al amor. Y de este modo lo vivió.

 

 

 

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