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Emily Brontë o la inevitabilidad de la tragedia

 

Emily Brontë nacía un día como hoy de 1818 en Thornton, Inglaterra, y partiría apenas treinta años después. La escritora no solo tiene el valor de su obra sino como vértebra de una cofradía que no se repite en la narrativa: las hermanas Brontë resultan el pilar de la novela victoriana y quienes patearon el tablero. Uno rígido, estructurado; tanto, que se calzaron las botas del varón para hacerlo y renacer como las mujeres que sus plumas supieron describir.

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

Oh, en la hora en que deba dormir,

Lo haré sin identidad,

Y ya no me importará cómo cae la lluvia,

O si la nieve cubre mis pies.

 

Emily, Charlotte y Anne Brontë firmaron sus obras como autores masculinos aportando la mirada femenina en la narrativa lo que causó no menos que estupor y desentendimiento. Pocas novelas debut causaron tanta controversia como Cumbres borrascosas. Los primeros críticos la consideraron desde inmoral hasta diabólica: la relación entre Heathcliff y Catherine era prácticamente incestuosa. Pero no fue tal, claro, acaso lo inmoral sea el trato que se le dio a la obra. Emily Brontë es, acaso, la primera novela mejor construida en idioma inglés. De ahí la importancia de su autora. Se elogia la fuerza de la novela, la estructura y el manejo dinámico y disciplinado de del estilo, muy adelantado para la época (publicada en 1847). Brontë seleccionó la sintaxis más adecuada para articular sus ideas de manera efectiva. 

Emily fue la quinta de seis hermanos, huérfana de madre desde muy pequeña, fue enviada junto a sus hermana Charlotte, Mary y Elizabeth a un internado. Estas últimas dos mueren de tuberculosis ahí y así resulta la escuela Lowood tan bien descripta por Charlotte en Jane Eyre. El paralelismo de su obra y su vida es una constante: el fatalismo que la condena prácticamente desde su nacimiento, sin una presencia maternal, con un padre clérigo fuertemente conservador, viviendo en esos páramos alejados de la buena de Dios, con el clima como alineador del temperamento de sus personajes. Su vida y sus escritos son un drama de inestabilidades. Lo borrascoso se introduce en grietas sociales, psicológicas y hasta ideológicas del mundo que representa de manera perturbadora, y como tal, agitadora. Los límites de la identidad social y sexual están dramatizados por sus personajes exponiendo así el ser se construye de modo conflictivo. Ese es el poder de Emily Brontë: argumentar y examinar las contradicciones ideológicas (Heathcliff es la representación del odio a partir del amor imposibilitado, mientras que el delirio de Cathy resulta como consecuencia de su propia inestabilidad frente a los mismos sentimientos). 

La vida de Emily Brontë está cercada por un halo de misterio y como tal, pintarrajeada con mitos, la falta de diarios así lo quisieron (muchos de los escritores guardaban celosamente diarios como crónicas de una vida a estudiar). Sabemos que no se casó sumando quizá al legado de lo que es ese primer puntapié de patada feminista como resultan sus personajes -y los de sus hermanas-, que cuidó a su hermano Patrick de sus vicios y debilidades, que fue una gran poeta -mejor que Charlotte, que fue una eximia novelista, claro- y que la melancolía la acompañó toda su vida.

Emily, como el fantasma de Catherine, sobrevuela entre vientos helados cada vez que un libro suyo se abre. Déjenla entrar.  

 

 

 

 

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