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#DestinoJoyce: Happy Bloomsday, everyone!

 

Bloomsday es una celebración anual en honor a Leopold Bloom, personaje principal de la novela Ulises de James Joyce y se celebra todos los años el día 16 de junio desde 1954. ¿El personaje supera al mismo libro? ¿Es Ulises la mejor novela siglo XX? ¿Y qué tiene que ver Freud en todo esto? Pues a leer la nota.

 

 

 

POR LALA TOUTONIAN

 

 

 

*Ilustración de portada por el mismo James Joyce y su sketch de Leopold Bloom.

 

 

 

Fans de Joyce haciendo la recorrida de Bloom en Dublín.

 

 

 

El 16 de junio es el día en el que transcurre la acción ficticia del Ulises. Este día los celebrantes procuran comer y cenar lo mismo que los protagonistas de la obra, o realizar distintos actos que tengan su analogía en la novela. Especialmente se realizan encuentros en Dublín para seguir el itinerario exacto de la acción.

Leopold Bloom, Poldy, es uno de los primeros grandes (¿cuándo no lo son?) antihéroes de la literatura universal. James Joyce lo elige como protagonista de su Ulises y está casado con Molly Bloom, una mujer infiel con quien tiene una hija. Bloom es un agente de publicidad de 38 años de edad y origen judío.

¿Por qué la alusión al griego Ulises? Porque Bloom está embarcado en su propia Odisea contemporánea en el curso de un solo día: justamente un 16 de junio pero de 1904. Al igual que el héroe de la Odisea, no aparece en el principio de la obra; su entrada se produce en Calipso, el cuarto capítulo, donde se inicia la segunda parte de la novela, tras el protagonismo del joven Stephen Dedalus en los tres primeros. Stephen Dedalus (o Dédalo) es el nombre del personaje de ficción, alter ego del escritor irlandés James Joyce en varias de sus novelas.

Decía una primera crítica en el momento de la edición de libro por parte de Joseph Collins: “En los primeros años de su vida, el señor Joyce se identificó sin duda alguna con Dédalo, el arquitecto, escultor y mago ateniense. Esto, probablemente, tuvo lugar hacia la misma época en que llegó a la convicción de que no era hijo de sus padres, sino una persona distinguida al cuidado de una familia adoptiva, cosa que sucede con mucha frecuencia en psicópatas potenciales y genios en ciernes. Es la trayectoria de Stephen Dedalus la que el señor Joyce retoma en Ulises. De hecho, el libro es un registro de sus pensamientos, gracias, manías y, sobre todo, de sus acciones y de las de Leopold Bloom, un judío húngaro que ha perdido su nombre y su religión, un sensual Hamlet harapiento que ha tomado por esposa a una tal Marion Tweedy, hija de un suboficial destinado en Gibraltar”.

La presentación del personaje por Joyce es uno de los pasajes más emblemáticos de la narrativa: “El señor Leopold Bloom comía con deleite los órganos interiores de bestias y aves. Le gustaba la sopa espesa de menudillos, las mollejas, de sabor a nuez, el corazón relleno asado, las tajadas de hígado rebozadas con migas de corteza, las huevas de bacalao fritas. Sobre todo, le gustaban los riñones de cordero a la parrilla, que daban a su paladar un sutil sabor de orina levemente olorosa”. Nada que agregar.

 

Fan de Joyce y la copia del desayuno de Bloom en un Bloomsday de 2016.

 

En Sigmund Freud: En su tiempo y el nuestro, la enorme Elisabeth Roudinesco escribe: “Bajo la apariencia de la normalidad más grande en su vida profesional de hombre de negocios que dirigía la empresa familiar de sus suegros, en privado Svevo no dejaba de sufrir la invasión de fantasías sexuales y homicidas. Soñaba con devorar a su mujer a pedazos empezando por los botines, se mostraba celoso y excéntrico y pensaba sin cesar en morderle la cara. Así, se parecía tanto a un personaje de novela que Joyce se inspiró en él para esbozar su retrato de Leopold Bloom en Ulises. También se acordaría de Livia y ‘su larga cabellera rubia’ en el momento de acometer Finnegans Wake”. Nada que objetarle a la psicoanalista francesa, por supuesto.

​El autor irlandés utiliza magistralmente la técnica del monólogo interior y así deja expuestos los pensamientos de Bloom. Continúa Collins: “Psicológicamente, el ‘espíritu campesino’ es la mente inconsciente. Cuando un magistral técnico de la palabra y la frase se impone la tarea de revelar el producto de la mente inconsciente de un monstruo moral, un pervertido o un invertido, un apóstata de su raza y su religión, un simulacro de hombre sin trasfondo cultural ni dignidad, que no puede aprender ni de la experiencia ni del ejemplo, como ha hecho el señor Joyce al trazar la imagen de Leopold Bloom, y ofrecer una fiel reproducción de sus pensamientos, decididos, divagantes y obsesivos, sin duda sabe perfectamente en qué se está embarcando, y lo inaceptables que para el noventa y nueve por ciento de los hombres será el vil contenido de esa mente inconsciente, y lo indignados que se sentirán ante el hecho de que les tiren a la cara el nauseabundo resultado final. Esto, sin embargo, no tiene nada que ver con mi propósito en este momento, a saber: ¿está el trabajo bien hecho y es una obra de arte? La respuesta a esto solo puede ser afirmativa”.

Veamos qué dijo otro tipo polémico como Vladimir Nabokov al respecto: “Podran disfrutar de páginas maravillosamente artísticas, de uno de los pasajes más grandes de toda la literatura, cuando Bloom le lleva a Molly su desayuno. ¡Cuán bellamente escribe el hombre!”. Y sabemos que Nabokov supo llevar a sus personajes al máximo.

El mismo Cortázar se enfrentó a la obra de Joyce a partir de una acusación: “Recuerdo vagamente que cuando un tal Murena se precipitó a demoler Rayuela hacia el año 62, hizo alguna alusión al plagio, no sé si en relación directa con Joyce o por la vía de Adán Buenosayres. En ese entonces, y para utilizar una gloriosa frase de Mallea, me reí con todas las vísceras de su grotesquería sin pareja. Su estudio, ahora, sirve entre muchas cosas para probarme hasta qué punto todo lo que cuenta para nosotros en la literatura contemporánea es siempre, de alguna manera, Ulises; y que usted haya tenido la inteligencia (y yo diría incluso la generosidad) de llegar a la conclusión de que el viaje interior de Oliveira empieza allí donde termina el de Bloom, es una manera fecunda, abierta como diría Eco, de mostrar, prolongándola, la presencia inevitable y casi terrible del gran íncubo de Dublín, escribía Julio Cortázar en una carta a Lida Aronne en agosto de 1970.

Los lectores y estudiosos de Joyce, entonces, conmemoran puntualmente cada año en este fecha de hoy, 16 de junio, el Bloomsday. ¿Qué cómo lo hacen? Pues como el mismo Bloom: comiendo vísceras como el mismo Leopold en su desayuno y recorriendo la mítica travesía a lo largo de todo Dublín. Esto se ha replicado con los años alrededor de todo el mundo considerando el valor de la obra de Joyce y el personaje más psicoanalizado de la historia de la literatura. ¡Feliz Bloomsday!

 

 

 

 

 

 

 

 

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