Estación Libro
EXPLORAR LIBROS ->
TODOS LOS AUTORES ->
TODAS LAS EDITORIALES ->
EXPLORAR LIBROS ->

Estaciones

Unicenter Shopping

SHOPPING CENTER LAS PALMAS DE PILAR

NORDELTA CENTRO COMERCIAL

BOULEVARD SHOPPING

Martínez
Av. Paraná 3745
Local 3169

Dom. a Jue. 10 a 22 hs / Vie. 10 a 23 hs / Sab. 10 a 24 hs
Ver Mapa
Pilar
Las Magnolias 754
Local 1044

Lun. a Dom. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Tigre
Av. de los Lagos 7010
Local 219

Dom. a Jue. 10 a 21 hs / Vie. y Sab. 10 a 22 hs
Ver Mapa
Adrogué
Av. Hipólito Yrigoyen 13298
Local 235

Lun. a Jue. 10:30 a 21 hs / Vie. a Dom. 10:30 a 22 hs
Ver Mapa

Ingresar

Inicia Sesión

Registrarse

Tus datos personales se utilizarán para procesar tu pedido, mejorar tu experiencia en esta web, gestionar el acceso a tu cuenta y otros propósitos descritos en nuestra política de privacidad.

¿No tenés cuenta?

Para buscar algo por favor ingrese el texto a buscar en la barra de búsqueda

Continuación de ideas diversas de César Aira

Continuación de ideas diversas de César Aira es justamente eso: más de lo suyo, multiplicado. Jus reeditará en versión rústica el mes que viene y hoy compartimos en Estación Libro el prólogo del mismo autor. Incansable, imparable, siempre saltando sobre el mismo ejercicio de escritura y aún así, sorprendiendo.

 

TODAS LAS RELIGIONES afirman que hay alguna clase de vida después de la muerte. Al parecer es lo que define a una religión o la distingue de filosofías o sabidurías o ascetismos. Y es una de las cosas que más me disgustan de la religión: esa negación timorata de la muerte como lo que realmente es, una aniquilación completa y definitiva. Me disgusta no sólo por la cobardía que refleja y por la frívola necedad de reemplazar un hecho clamoroso de la realidad por una ilusión sin ningún fundamento, sino por algo que encuentro mucho más grave: por excluir al hombre del orden de la naturaleza. El fenómeno histórico de la vida, al que le debemos todo, no existe sin la muerte. Pretender exceptuarnos, en razón de un privilegio tan dudoso como el espíritu o la conciencia, me parece un sacrilegio, o peor: una deslealtad con el resto de los seres vivos (y no excluyo a las moscas ni a los árboles).

 

 

TODO LO QUE EXIGE ATENCIÓN la disminuye. Eso define a la atención como una actividad mental que no puede estar en dos lugares a la vez. Es un tanto contradictorio: para estar en todas partes no debe estar en ninguna.

Hay fenómenos lingüísticos que sí pueden estar en dos lugares a la vez.

 

 

TODO LO QUE SEA VANGUARDIA, desde hace cien años, va reduciendo poco a poco, o aceleradamente, la dimensión temporal de la obra hacia lo instantáneo, al instante. Por eso las vanguardias están más cómodas, y han prosperado más, en las artes plásticas. En las disciplinas donde hay tiempo, como la literatura, la música, el cine, las vanguardias no han tenido más remedio que apelar a una dudosa vindicación del aburrimiento. Típico de la crítica a un libro con procedimientos vanguardistas: «Una vez que vi cómo funcionaba, ¿para qué seguir?».

El tiempo en las artes fue expropiado, definitivamente, y desde épocas inmemoriales, por el relato, y el relato en su estructura básica no admite vanguardismos. Lo único que pueden hacer las vanguardias con el tiempo es espacializarlo.

 

Martin Arnold, artista genial del cine, espacializa el relato, pero lo hace en el tiempo, con lo que consigue una conjunción de vanguardia y tiempo que creíamos imposible.

(Algo que siempre dicen los defensores de lo viejo: que las vanguardias ya pasaron, que son lo viejo… Tienen más razón de lo que creen, porque en la vanguardia las cosas sólo pueden hacerse una sola vez, una vez que se hicieron no se pueden repetir ni hacen escuela. Ese carácter de único es lo que hace que la obra, al hacer su travesía en el tiempo sin compañía, luzca tan antigua.)

 

 

TODO PUEDE EXPLICARSE sin recurrir a causas sobrenaturales. Nada es inexplicable. Por ejemplo, dos hermanos gemelos se separan, uno se va a vivir a otro país, pasan años sin verse, un día uno tiene un accidente, se quiebra una pierna, y en ese preciso momento el otro, a miles de kilómetros de distancia, siente un súbito dolor en la pierna.

Lo más probable que ese «súbito dolor» a tal hora precisa haya sido «recordado» al enterarse del accidente del hermano. Pero aun en el remoto caso de que no hubiera sido así, de que hubiera habido un testigo que diera fe de que sucedió realmente, o hubiera quedado un registro… antes que aceptar la explicación «inexplicable» de una conexión a distancia de los hermanos, yo postularía esto: en el momento de separarse cada hermano puede prever el movimiento siguiente del otro. Si se separaron en la puerta de la casa cuando llegó el taxi que llevaría al aeropuerto al que se iba, en el momento en que se pierden de vista, el que se va puede prever que su hermano volverá a entrar a la casa, cerrará la puerta, subirá la escalera… El que se queda puede prever que el otro seguirá sentado en el asiento trasero del taxi, mirando por la ventanilla, hasta llegar al aeropuerto, ahí hará la fila para despachar el equipaje… Si hacen estas predicciones en forma consciente, llegan hasta ahí nomás. Pero nada impide que por debajo de la conciencia sigan haciendo la serie, y acertando, durante años. Ya sé que parece improbable. De acuerdo, es improbable, pero no imposible como la conexión invisible a distancia.

Y aunque el grado de improbabilidad llegará a lo imposible, sigo prefiriendo mi explicación a lo inexplicable. El recurso a lo sobrenatural es un atentado contra la poesía del mundo.

 

 

TODOS LOS LECTORES han tenido la experiencia de releer algo que les había parecido admirable y encontrarlo deplorable, o viceversa. Cambio en los intereses, evolución personal, descubrimientos, olvidos: es casi normal que suceda, y hasta parece como si no fuera un buen lector el que se queda fijado en su primer juicio a lo largo de toda su travesía por el mundo de los libros. A mí me ha pasado, en las dos direcciones, muchas veces, pero hay un caso tan extremo que terminó intrigándome. Se trata de Cortázar. Siendo adolescente dos cuentos suyos me provocaron un deslumbramiento sin parangón; me parecieron, directamente, cumbres insuperables de la literatura, casi como para desalentar a un joven pretendiente a escritor: ahí ya estaba todo hecho, no se podía ir más lejos… Los cuentos en cuestión eran «Reunión» (lo leí en su primera aparición, en las Crónicas de América que editaba Jorge Álvarez) y «El perseguidor».

Los volví a leer treinta años después y los encontré malos y más que malos, me fui al otro extremo. Los encontré malos al punto de lo impublicable. Me intrigó que hubiera podido admirarlos alguna vez. Yo era chico pero no tanto, y ya había leído a escritores realmente buenos, a Borges sin ir más lejos. Increíble, asombroso. ¿Qué había visto en esos textos precarios y ridículos para creer que estaba frente a obras maestras? Me negaba a aceptar que hubiera sido tan ciego.

La cuestión me tuvo intrigado mucho tiempo. Recordé un detalle: cuando, la primera vez, leía esos cuentos, uno de los motivos de mi deslumbramiento era que el autor parecía estar adivinándome el pensamiento y anticipando las decisiones que habría tomado yo si estuviera escribiendo ese cuento. Y en cierto modo lo estaba haciendo, porque yo quería ser escritor, y aquí me estaba pegando al proceso de creación. Debe de estar ahí el secreto de la atracción que ejerce Cortázar sobre los jóvenes: ser el repositorio de las ilusiones del aprendizaje de la literatura. Esos dos cuentos eran exactamente lo que yo quería, y quizás podía, o podría dentro de un tiempo, escribir a esa temprana edad. La admiración que me producían era un reconocimiento, y que me parecieran tan sublimemente buenos respondía a lo milagroso de encontrar hecho algo que no existía (mi obra).

Después, en los años y décadas que siguieron, escribí, a partir de aquel punto inicial. Leer esos dos cuentos es lastimoso por el anacronismo autobiográfico. Quizás no son tan malos como me lo parecen.

 

 

 

Posteos Relacionados