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Alfonsina Storni, el retrato del dolor

Alfonsina tuvo la voz fuerte, decidida: se sabe por sus letras. Una mujer de vanguardia, en el plano artístico y en el suyo personal respecto a su familia y su concepción de la vida. La de ella, una muy difícil, infausta; con la poesía como escudo. Aquí un perfil apenas delineado, más bien una introducción, una invitación a su lectura.

POR LALA TOUTONIAN

 

Alfonsina creía que era una mente varonil encerrada en el cuerpo de una mujer y esa condición le dolía.

La Storni nació en Suiza en 1892 y partió de la ciudad de Mar del Plata en la provincia de Buenos Aires cuarenta y seis años más tarde. Alfonsina fue actriz.

Una vez instalados otra vez en Argentina, sus padres -que habían dejado San Juan para ir a trabajar a Europa donde nació la pequeña-, abren un bar en Rosario tras algunas vueltas. Una joven Alfonsina ofició de mesera pero lo dejó casi inmediatamente para aventurarse por el interior de Argentina en una gira teatral donde actuaba (tarea que abandonará aunque sí dedicará algunas de sus obras a la dramaturgia). Antes de eso, a los doce años, había escrito un poema que dejó deliberadamente a la vista de su madre. Siendo aún tan púber, ya tenía esa particular sensibilidad propia de los poetas y entendía todas las idas y vueltas de su familia; ella, una de cuatro hermanos, de padres con origen ítalo-suizo radicados en San Juan vueltos a Suiza, luego otra vez en la provincia donde habían tenido un bar pero el incipiente alcoholismo del padre los empujó a dejar el país, todo muy pesado para una niña. Luego se mudan a Rosario donde también intentan mantener el negocio, es cuando Alfonsina piensa en ayudarlos trabajando ahí pero no pudo. No le gustaba. Y el alcoholismo del padre ya era un problema. Así es como ella escribe esa poesía tan gris, triste quizá, pero es reprendida por su madre quien alega que la vida es bella.

A los dos años de esta circunstancia, muere el padre.

Estudia magisterio en Santa Fe, trabaja como puede para mantenerse (es celadora en una escuela, obrera en una fábrica de aceites, cosía gorras y hasta fue corista de un grupo teatral para lo cual se trasladaba desde Corinda hasta Rosario) pero cuando ve que el entorno se entera de su vida laboral en el mundo del espectáculo, sin poder soportarlo, flirtea con las primeras ideas del suicidio. Apenas tres años después, queda encinta. Sola, sin un hombre al lado, lo cual en aquellos tiempos era aún -porque el estigma continúa anquilosado en la sociedad- peor visto. No habló del padre, se limitó a criar a Alberto, su hijo.

Tú que el esqueleto

conservas intacto

no sé todavía

por cuáles milagros

me pretendes blanca

(Dios te lo perdone)

me pretendes casta

(Dios te lo perdone)

¡me pretendes alba!, escribirá en Tú me quieres blanca en clara referencia a su disgusto al hombre.

 

Había intentado ejercer como maestra luego de recibirse pero los constantes ataque de nervios, como le decían entonces, quizá hoy esas neurosis, la despuntante depresión, hubiera sido tratada de algún modo.

Es agradablemente perturbador ver las pocas fotografías que se conservan de ella: si no está sonriendo -casi siempre lo está-, tiene una pose de serenidad, nunca triste, ningún halo de oscuridad. Algunas de esas imágenes son en Montevideo, cuando viajaba a ver a su amigo/amor el también poeta y cuentista Horacio Quiroga.

“Morir como tú, Horacio, en tus cabales

y así como siempre en tus cuentos, no está mal

un rayo a tiempo y se acabó la feria

Allá dirán” rezará la poesía que le dedique cuando Quiroga muere.

Quiroga muere intoxicado tras beber un vaso de cianuro: no pudo hacerle frente al cáncer y prefirió marcharse antes.

“Más pudre el miedo, Horacio, que la muerte

que a las espaldas va

bebiste bien, que luego sonreías

Allá dirán”.

Un año y medio más tarde, cuando ella tomará la misma decisión y frente a la misma enfermedad, se arrojará desde el Muelle de las Mujeres en la ciudad de Mar del Plata, probablemente se haya cruzado en su nublado pensamiento el recuerdo de Horacio Quiroga. O no, quizá la noche, su eterna amiga, su reflejo, la envolviera con su frío manto marino y la empujaría a ese final. Ideal, “en sus cabales”.

La inquietud del rosal, su primer libro de poemas que data de 1916, le abrió el espacio reservado exclusivamente a los literatos siendo ella, Alfonsina, la primera mujer en lograrlo.

¿Habrá sido entonces cuando se le ocurrió que podía ser un hombre más?

Se sucedieron los libros (El dulce daño, Irremediablemente…, Languidez, Ocre, Mundo de siete pozos y más)  los poemas, los hombres, algunos pocos, los miedos, los dolores, los reconocimientos (acopió distintos y distinguidos premios), las inestabilidades emocionales, su soledad… Y la enfermedad.

No iba a continuar su dolor, ni el del cáncer ni el de la existencia.

“Voy a dormir, nodriza mía

ponme una lámpara a la cabecera

una constelación, la que te guste

todas son buenas, bájala un poquito”, se despidió.

“Si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido».

 

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