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Patricio Pron leído por Walter Lezcano

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Mañana tendremos otros nombres de Patricio Pron (Alfaguara) apela a dos tópicos que trascienden la literatura y la vida misma: el amor y la identidad. En este reseña, Lezcano toma más títulos de la narrativa actual y de ensayos que suman un todo aleccionador: nada es certero, todo es incierto. 

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POR WALTER LEZCANO

Cuando el siglo XXI comenzaba a mostrar sus fauces, precisamente en el año 2003, salió un libro que intentaba dilucidar cómo era la convivencia entre lo propio del ser humano (el amor y las relaciones) y las nuevas realidades que traían los avances tecnológicos (internet). De lo que se trataba era de comprender las modalidades de vinculaciones socioafectivas que representaban el surgimiento de un nuevo paradigma: la fragilidad e inestabilidad de las relaciones, lo que venía arrastrado, por supuesto, de la precariedad de la economía y, sobre todo, del mercado laboral en el nuevo siglo donde se vislumbraba lo que luego se conoció como poscapitalismo. Amor líquido del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, tuvo más de quince ediciones (un hit a nivel mundial) y decía cosas como estas: “Las “relaciones son ahora el tema del momento y, ostensiblemente, el único juego que vale la pena jugar, a pesar de sus notorios riesgos”. Más de una década después la cosa no mejoró en absoluto.

En La sociedad del cansancio, el filósofo coreano Byung-Chul Han considera que si en el siglo XX se vivía dentro de la sociedad del control, contra la que el sujeto debía rebelarse y buscar su libertad, ahora mismo la cosa es bien distinta: estamos transitando la era del rendimiento. Lo que significa que el poscapitalismo llegó a un punto máximo de excelencia y sofisticación porque logró que sea la misma gente quien realiza su propia explotación que deriva en algo muy común hoy en día: el burnout. Es decir: estar totalmente quemado por dentro. Y si así es como se vive, ¿de qué forma se ama? ¿Es posible pensar en el amor en estas circunstancias socioeconómicas de la que nadie –absolutamente nadie- escapa? Lo nuevo de Patricio Pron Mañana tendremos otros nombres, ganadora del último premio Alfaguara de novela, intenta pensar estas cuestiones.

Los protagonistas, al igual que los demás personajes, acá no tienen nombre: son, simplemente, Ella y Él. Una pareja que se separa y lo que sigue es ver de qué manera se transita esa experiencia que parecía olvidada. Con distinto nivel de suerte, Ella y Él disuelven su unión de cinco años y regresan a la soledad pero también al mercado de las vinculaciones socioafectivas de la actualidad que tiene a los algoritmos como los nuevos vasos comunicantes donde se trafica con las emociones, los estímulos y las decepciones. ¿Por qué hablar de mercado cuando nos referimos a las relaciones personales? Porque en la sociedad actual, según se desprende de la novela, no hay ninguna aproximación entre los seres humanos que no esté filtrada por la sensación del casting permanente y de la disolución inminente. La seguridad como meta y destino, entonces, es un concepto arcaico que ya puede considerarse una suerte de reliquia del siglo XX.

Él es escritor de ensayos y Ella es arquitecta en Madrid. Son profesiones que nos ponen directamente en una clase social determinada y es un poco lo que marca el territorio en el cual se mueve la novela para mostrar su repertorio de situaciones que pueden parecer generacionales (la palabra “generación” es una de las que más se leen) pero que en realidad muestran solo una parte de ese circuito. De todas maneras, Mañana tendremos otros nombres, como vidriera de exhibición de las neurosis, temores y padecimientos de un tipo de clase media con posibilidades concretas de no caer al fondo de la olla, tira sus dardos de significado con lucidez y refleja un estado de situación actual. Y es en ese sentido en el que podemos decir que sí, que habla de amor y, sobre todo, del desamor en la actualidad. Pero ese sería solamente un nivel de sentido porque el amor es solo un elemento dentro de todo un panorama de crisis y transición donde muchísimas personas están desistiendo de buscar un lugar o están, sencillamente, siendo descartadas. ¿Cómo comprender esto? Con la crisis económica, alimenticia, política y habitacional funcionando a niveles planetarios resulta un síntoma de ceguera pensar que el amor no está siendo afectado por estas realidades. Y es todo lo contrario: el amor y el desamor tienen la misma lógica de utilización, agotamiento y descarte que mantienen todas las vinculaciones, sean o no sexoafectivas.

En su nueva y extraordinaria novela, La única historia (Anagrama), Julian Barnes se hace un cuestionamiento capital para la subjetividad contemporánea: “¿Preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?”. Mañana tendremos otros nombres también va detrás de esta disyuntiva, y la respuesta va a emerger de forma difusa e insegura porque esta no es una novela que dé ni ensaye respuestas porque esa no es la finalidad de la ficción, sino que se introduce en un universo tipo aleph donde convergen muchas problemáticas y vectores caóticos que determinan circunstancias imprevisibles que pueden terminar en dolores irreversibles o alegría fugaces. Y es así como esta novela, a su modo, resignifica algunos de los materiales con los que Alan Pauls trabajó en su excelente y también premiada novela El pasado (Literatura Random House), que acaba de reeditarse.  

Hay otras preguntas que pueden surgir cuando uno termina la novela de Pron: ¿Alguna vez nos vamos a desprender del amor como ideal? ¿Será que en el futuro la felicidad no va a depender de la aprobación de un otro? ¿Cuándo se van a liberar las personas de las compañías que utilizan el sexo como un revólver caliente de sujeción y poder? Es que el amor y el desamor siguen siendo uno de los mayores intereses de los humanos y hay libros sumamente atractivos para seguir acorralando para sacar alguna conclusión, por más provisoria que sea. Por eso vale la pena leer este texto junto a la crónica Camino al Este (Tusquets) de Javier Sinay y al ensayo El fin del amor – Querer y Coger (Ariel) de Tamara Tenenbaum para seguir pensándolo todo una vez más.                  

 

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