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Mindfulness en movimiento

Mindfulness en movimiento-Practicar a través del cuerpo. Una guía de meditación para occidentales (Grijalbo) de Francisco Vanoni nos ayuda a entender de dónde surge esa mente estresada, ansiosa y acelerada, la posibilidad de reeducarla para pasar del modo supervivencia al modo bienestar. ¿Estamos apurados o vivimos apurados? ¿Cómo se genera el estado de agotamiento y qué puedo hacer al respecto? ¿Por qué pensamos en el futuro o en el pasado, pero nos cuesta tanto anclarnos en el presente? ¿Cómo se puede frenar la mente? ¿Existe «frenar» la mente? Diferentes ejercicios nos permitirán, sin prisa y sin pausa, liberarnos de la tensión e integrar la mente a través del cuerpo.

 

 

POR FRANCISCO VANONI

Mente antigua: los cimientos

Mundial de fútbol de Brasil 2014: un adolescente parapléjico es el encargado de dar el puntapié inicial. Lo hace a través de un exoesqueleto que es controlado por su mente. Este es uno de los tantos ejemplos del poder de la mente y de cómo esta impacta en el cuerpo. Así como la mente tiene el “poder” de decirle a un robot que patee una pelota, también lo tiene para generar estrés, ansiedad y miedo.

La base de la mente (que comprende pensamientos y emociones) se da en los siete primeros años de vida. Los dos primeros años son claves en lo que respecta al aprendizaje de cuestiones básicas como caminar, comer, hablar y también la forma en que nos vinculamos. Es en esta época de nuestra vida donde se generan los cimientos del mundo vincular: con uno mismo, con el medioambiente y con los demás. Todo esto es “dirigido” por la mente.

¿Cuál es el principal objetivo del aprendizaje en esta temprana edad? ¿Por qué copiamos o imitamos lo que nos rodea? Para sobrevivir.

El objetivo primario de cualquier ser vivo es ese: la supervivencia. Y la raza humana no escapa a esta condición. Aún prima en nosotros nuestra condición animal, de mamíferos que buscan sobrevivir al medioambiente, y la mente es una de las herramientas más poderosas y refinadas de nuestra especie para este fin. Pero hay una condición clave para que el mamífero humano pueda sobrevivir: la manada. Imaginate por un momento a un bebé que nace e inmediatamente es abandonado sin ningún tipo de contacto con otro ser vivo. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir? No puede alimentarse por sí mismo o protegerse del clima o de cualquier amenaza que surja. El bebé humano es especialmente vulnerable. Somos los mamíferos más expuestos y frágiles de todos por el hecho de que, durante nuestros primeros años de vida, dependemos ciento por ciento de las personas que nos cuidan.

En esta “lucha” por sobrevivir es donde comienza a manifestarse la emoción de base: el miedo. Debajo del enojo, la ansiedad, la tristeza o las fobias está solapado el miedo. Es la emoción más eficaz para la supervivencia, ya que se dispara ante una percepción de amenaza y tiene como desencadenante tres posibles caminos: lucha, huida o parálisis. Un niño que agrede a otro no es un niño problemático, es la reacción desde el miedo a sobrevivir, a protegerse. Un niño que no registra la violencia de su madre no es un niño distraído, es uno que se protege desde la huida (su cuerpo está, pero su mente “viaja” a otra realidad).

A partir de este miedo se generan dos capacidades que son características de la sociedad adulta del siglo XXI: la comparación y la competencia. Como dependemos totalmente de nuestros cuidadores para sobrevivir, estamos pendientes de hacer todo lo posible para pertenecer a la manada. A veces digo en las clases, medio en broma, medio en serio, que los hijos en sus primeros años de vida no aman a sus padres, sino que les dan cariño y afecto por “conveniencia”, ya que son estos los que a cambio les brindarán alimento, techo y cuidado.

De allí surgirá la comparación, por ejemplo, “tengo que ser igual a mi hermano mayor porque mis padres están orgullosos de él”, o “tengo que competir con mi padre porque mi madre le expresa mucho cariño”, o “la forma de pertenecer a la manada es enojándome con mis padres cuando no me dan lo que quiero”. A partir de la comparación nace la competencia. Esta tiene como objetivo pertenecer al grupo, que me vean, y ser aceptado y reconocido.

Vamos entonces, en estos primeros años de vida, cultivando una mente que tiene tres principales características: el miedo, la comparación y la competencia. Casi todo lo creado por el humano occidental promedio se genera desde estas tres bases: la educación, el deporte, la forma de hacer negocios, la conformación de los países y sus leyes. Todo está regido por el miedo, la comparación y la competencia. El gran problema de esto son los estados-rasgos de ansiedad, estrés, miedo e ira.

Objetivo de la Mente Antigua: la supervivencia

Miedo: emoción de base para la supervivencia. Activa el sistema de lucha, huida o parálisis.

Comparación: con lo que fui, lo que soy y lo que puedo llegar a ser (sobreexigencia), con el otro.

Competencia: ser más: exitoso, inteligente, alto, flaco, lindo, poderoso, solidario, etc., con el fin de pertenecer, de ser reconocido. En realidad, las especies evolucionan en cooperación. El humano cree que evoluciona compitiendo.

El impacto de la mente antigua en nuestra vida

Una de las grandes epidemias de este siglo en Occidente es la ansiedad. ¿Quién no ha experimentado este estado? Este estado sostenido en el tiempo pasa a ser un rasgo. Podemos decir que la ansiedad es uno de los rasgos distintivos de la cultura occidental. ¿Cómo se origina la ansiedad? ¿Existe la persona ansiosa?

Las causas son múltiples (la genética y el medioambiente, para nombrar dos), pero vamos a indagar sobre “la” causa: la mente.

La mente es la principal responsable del estilo de vida del siglo XXI que tiene como característica el vértigo, el miedo y la ansiedad. A través de la comparación y de la competencia, de lo heredado, imitado y aprendido, la mente genera:

Sobreexigencia
Sobreestimulación
Sobreadaptación

¿Te suenan? Si es así, tal vez también estas tres:

Desatención
Desregulación
Desequilibrio

El “sobre” genera el “des”.

Sobreexigencia. Carlos Salvador Bilardo fue el director técnico de la selección argentina de fútbol cuando ganó el Mundial de México 1986 con Diego Maradona en la cancha. La historia dice que Bilardo no festejó el campeonato del mundo. ¿La razón? No podía creer que Alemania (el rival en la final) le había hecho dos goles de pelota parada. Para muchos argentinos, Bilardo es el sinónimo de éxito. Pero pongámonos un momento en la cabeza de Bilardo. Acababa de ganar un mundial con el mejor jugador del mundo en su equipo y no festejó. Todos tenemos un “pequeño Bilardo” dentro de nosotros que nos dice: “no sos lo suficientemente inteligente, lindo, joven, alto, rico, etc.”.

¡El sobreexigente es un insatisfecho crónico!

Sobreestimulación. Te propongo un pequeño experimento, cerrá los ojos, quedate quieto, sin hacer nada… observá. ¿Cuántos pensamientos surgen, uno, dos, tres, cinco, diez? ¿Podés quedarte quieto sin hacer nada? Probablemente te des cuenta de que la mente te pide estímulos, que se aburre con facilidad, que necesita hacer algo productivo. Se estima que un niño occidental tiene como promedio unos 150 juguetes. Hemos creado una necesidad de tener y de consumir que se confunden con necesidades reales. Nadie necesita tener el iPhone 7 plus o el último calzado de moda. Creamos necesidades para poder pertenecer, para sentirnos parte.

Sobreadaptación. ¿Cómo te sentiste cuando te despertaste hoy? ¿Te levantaste cansado? ¿Hubieses querido dormir un par de horas más? ¿Desayunaste tranquilo? ¿Almorzaste sentado? ¿Te hiciste tiempo para descansar? ¿Para hacer algo que disfrutes? Nos cuesta mucho poder decir que “no”, estamos cansados, agotados y a pesar de eso vemos maratones en Netflix, hacemos crossfit, salimos a correr, vamos a bares hasta muy tarde.

Si vivimos “sobre” estaremos “des”.

Desatención. Muchas de las personas que acuden a los programas de Mindfulness lo hacen para mejorar su atención. Incluso llegan personas que son derivadas por neurólogos quienes, luego de realizarle a la persona un examen exhaustivo (motivo de consulta, “lagunas”, olvidos permanentes), se dan cuenta de que la persona no tiene ninguna deficiencia a nivel neuronal. La atención es una especie de superpoder en esta sociedad donde muchos viven desatentos a lo que está sucediendo en un constante piloto automático. Desde no poder recordar lo que están leyendo, estudiar, mantener una conversación, hasta dónde dejaron las llaves o el teléfono.

 

 

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