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“El príncipe del bosque”, el cuento para chicos de Florencia Bonelli

Florencia Bonelli, impulsora del género romántico en Argentina, junto a Penguin Random House publicaron un nuevo microcuento, esta vez para los más pequeños. De esta forma, la autora continúa colaborando desinteresadamente con la campaña #YoMeQuedoEnCasaLeyendo y comparte una nueva historia online, inédita y de libre acceso.

 

La autora ha escrito dos libros de cuentos para niños, Los enamorados del lago Nahuel Huapi y otras leyendas de amor y Cuentos para Felipe que le han ganado con muchos seguidores de corta edad. Lleva vendidos más de 3 millones de ejemplares de todos sus libros solo en Argentina. Sus títulos llegaron a Estados Unidos, España, Brasil, Chile, Ecuador, México, Perú y Uruguay y se tradujeron al alemán, al portugués y al italiano. Con una carta para sus seguidores de corta edad pero enorme sabiduría, Florencia Bonelli los invita a viajar a tierras lejanas y mágicas sin salir de casa. Te invitamos a leer la carta completa y los cuentos aquí.

Florencia Bonelli inició su exitosa carrera de escritora en 1999. Con títulos como Bodas de odio, Indias blancas, El cuarto arcano y Me llaman Artemio Furia, se convirtió en la referente actual de la novela histórico-romántica de la Argentina. Obras como Marlene, Lo que dicen tus ojos, la trilogía Caballo de fuego (París, Congo y Gaza) y la trilogía del Perdón (Jasy, Almanegra y La tierra sin mal) la han situado como una de las autoras más populares y reconocidas del ámbito de la lengua castellana. Nacidas es su última serie, integrada por Nacida bajo el signo del Toro, Nacida bajo el sol de Acuario y Nacida bajo el fuego de Aries.

 

El príncipe del bosque

POR FLORENCIA BONELLI

Esto ocurrió hace muchos años en un lugar lejano…
En medio de la noche, la niña corrió, descalza, por las galerías del palacio real. Las conocía de memoria, incluso en la oscuridad, pues ella y su padre vivían allí desde que tenía memoria.
Se detuvo frente a la puerta del dormitorio del príncipe Gabriel y entró sin llamar.
Gyspy, la pastor alemán, paró las orejas al oírla ingresar y saltó de la cama para recibirla. Le lamió los pies desnudos, y la niña le acarició la cabeza.
-¡Gypsy, deprisa! No hay tiempo que perder. Ayúdame a despertar a Gabriel.
La perra trepó de nuevo en el colchón y ladró cerca del rostro de su dueño.
-¡Despierta, Gabriel! –le pidió la niña, mientras le sacudía el hombro-. ¡Vamos, Gabriel! ¡Arriba!
El príncipe, un niño de diez años, se refregó los ojos y se sentó en la cama.
-¡Emma! ¿Qué haces aquí?
-¡Vamos, Gabriel! Sal de la cama y vístete. No hay tiempo que perder. Están viniendo por ti.
-¿Quiénes? –preguntó el niño, medio dormido.
Confiaba en Emma como en nadie; era su mejor amiga, por eso no dudó en hacer lo que le indicaba aunque le resultase muy raro el pedido. Apartó las sábanas y bajó de la cama.
-¿Quiénes vienen por mí? –insistió.
-Los que han decidido destronar al rey Kael.
-¿Han decidido destronar a mi padre? –se asombró Gabriel.
-Sí. ¡Vamos! Vístete –le ordenó, en tanto le arrojaba los pantalones.
El niño se vistió y se calzó con unas botas altas.
-¿Cómo sabes que han decidido destronar a mi padre?
-Se lo oí decir a mi padre –admitió Emma-. Él y otros nobles le arrebatarán el trono.
-Pero… Emma, el conde Luan, tu padre, es el mejor amigo de mi padre, es su hombre
de confianza. ¡Es imposible!
-¡Lo sé! –exclamó la niña-. Pero mi padre es ambicioso y no quiere ser solo un conde.
Quiere ser el rey del Reino de la Alegría. ¡Vamos! Apúrate. Están llegando.
Gypsy ladró al oír las botas de los soldados que marchaban sobre el piso de mármol del corredor. Emma entregó a Gabriel una chaqueta bien abrigada. Fuera hacía mucho frío.
-Usemos el pasadizo secreto –propuso Gabriel-. Será imposible escapar por la puerta.
Gabriel apretó un botón oculto tras el zócalo y se abrió una portezuela bien disimulada en la pared, a la altura del suelo, que nadie habría descubierto a simple vista. En ese instante, cuando los niños se agachaban para deslizarse dentro del pasadizo, dos soldados irrumpieron
en la habitación.
-¡Deténganse! –les ordenaron, pero Gabriel no les hizo caso.
Tomó a Emma de la mano y la tiró hacia él. Uno de los soldados se arrojó al suelo y aferró a Emma por el tobillo. Gabriel tiró y tiró, pero el soldado no la soltó. Emma gritaba de dolor. Su mano comenzaba a resbalar en la húmeda de Gabriel. Finalmente el soldado consiguió separarlos. El niño manoteó para agarrarla por los hombros, pero solo consiguió arrancarle la cadena que la niña llevaba siempre al cuello con un gran medallón que había pertenecido a su abuela.
-¡Emma!
-¡Gabriel! –se desesperó la pequeña al ver que la alejaban de su mejor amigo-. ¡Vete, vete! ¡No permitas que te atrapen!
-¡Volveré por ti! –prometió a su querida amiga.
El pasadizo era oscuro, Gabriel no podía siquiera verse la mano. En el apuro no se le había ocurrido tomar una lámpara, por lo que fue Gypsy, con su olfato, la que lo guió fuera.
Uno de los soldados lo siguió, pero, sin la guía de Gypsy, eligió un camino equivocado y pronto el sonido de sus pisadas se desvaneció.
Gabriel temía que otros guardias estuviesen esperándolo fuera, pero no había nadie, lo cual no lo sorprendía: pocos conocían los pasadizos del palacio, pocos sabían dónde conducían.
Antes de escapar hacia el bosque, Gabriel y Gypsy echaron un vistazo hacia atrás. El palacio estaba iluminado como si hubiese una fiesta, solo que en lugar de música y risas, se oían gritos, órdenes, insultos. El mejor amigo del rey Kael, el conde Luan, lo había traicionado para quedarse con el Reino de la Alegría. Con profunda tristeza, Gabriel se dio cuenta de que su padre y su madre, la Reina Gair, seguramente habrían caído prisioneros a manos de los soldados del conde. Él, en cambio, le debía la vida a Emma, la hija del traidor Luan.
Corrió y corrió por los prados con Gypsy junto a él. La luna llena les iluminaba el camino. Los caballos de los soldados galopaban y los seguían de cerca.
Entraron en el bosque, un sitio oscuro, lleno de árboles que impedían que la luz de la luna les mostrase el camino. Los soldados, que tenían antorchas, se lanzaron a buscarlos.
Gabriel no sabía qué hacer. Se ocultó tras el tronco grueso de un castaño, mientras observaba
a lo lejos el reflejo de las llamas de las antorchas que se aproximaba. Pronto lo encontrarían.
Tenía que ponerse en movimiento. Pero ¿cómo, si no veía nada?

Gypsy gimoteó y miró hacia arriba. Entonces, Gabriel descubrió a una lechuza sentada en una rama baja que lo miraba y graznaba. Echó a volar. Se detuvo a pocos metros. Volvió a mirar a Gabriel con insistencia.
Los soldados se aproximaban; el brillo de las antorchas y sus voces se volvían más nítidas.
-¿Quieres que te siga? –preguntó Gabriel.
El lechuza asintió y echó a volar de nuevo. Volaba cerca del suelo y como el plumaje plateado de sus alas refulgía en la noche, a Gabriel y a Gypsy no les costó seguirla. Los soldados los habían visto y los perseguían mientras les ordenaban que se detuviesen.
La lechuza se posó sobre un arbusto muy tupido y los miró. Gabriel comenzó a desesperarse. No sabía qué pretendía el ave quedándose en ese sitio cuando los guardias del palacio estaban por caerles encima. Gypsy comenzó a olfatear el arbusto; a Gabriel le pareció que buscaba algo. De pronto, la pastor alemán entró por un espacio entre las hojas y desapareció.
-¡Gypsy! –la llamó Gabriel en voz baja.
La perra ladraba pero no salía; entonces el niño se puso en cuatro patas y entró en el arbusto. Ahogó una exclamación de sorpresa al darse cuenta de que estaba dentro de una cueva. El gran arbusto ocultaba su ingreso. La caverna estaba iluminada con lámparas que no contenían fuego en su interior sino una pequeña pelota brillante. ¿Qué sería esa bola luminosa? ¿De qué estaba hecha? No perdería tiempo para averiguarlo; lo importante en ese momento era poner la mayor distancia entre él y los soldados. Con suerte, no lo habían visto entrar en ese sitio secreto y seguirían de largo.
La perra y el niño corrieron por el sendero de piedra y les pareció que habían corrido muchísimo cuando alcanzaron el final de la caverna y emergieron en un bosque en el cual se
destacaba un árbol gigantesco. Gabriel nunca había visto un árbol tan enorme. No era muy alto, pero su copa, cargada de hojas, se extendía hacia los costados y habría podido dar sombra a todo el ejército de su padre.
La lechuza voló cerca de ellos y se posó en una de las raíces enormes del extraño árbol que no estaban bajo tierra sino que emergían como largos dedos.
Cansados después de la corrida, Gabriel y Gypsy caminaron hacia el majestuoso árbol y se detuvieron antes de entrar bajo su copa. La lechuza ya no les prestaba atención y en cambio se daba un baño en el agua que se había acumulado en un hueco del grueso tronco.
-¿Dónde estaremos? –preguntó el niño a su perra.
-Están en el bosque mágico de los animales –le contestó una voz de hombre viejo.

-¡Quién ha hablado! –exclamó Gabriel, mientras simulaba coraje cuando, en realidad, estaba asustado.
-Yo.
-¿El árbol? ¿El árbol ha hablado?
-Sí, solo que no soy un árbol, soy un ombú. Los ombúes somos grandes arbustos, pero no árboles.
-Pues… Qué raro. –Gabriel se rascó la cabeza, confundido-. Pareces un árbol. Eres enorme. Los arbustos suelen ser pequeños.
-Las apariencias engañan –explicó el ombú-. A veces las cosas no parecen lo que en verdad son. O bien las cosas parecen lo que no son.
-Sí –admitió Gabriel de pronto triste porque estaba acordándose del conde Luan, que había dicho ser amigo de su padre y que, al final, lo había traicionado.
-¿Cómo te llamas?
-Gabriel, hijo del rey Kael, del Reino de la Alegría. Esta es Gypsy, mi perra.
-Buenas noches, Gabriel, hijo del rey Kael del Reino de la Alegría –saludó el ombú-.
Buenas noches, Gypsy. Yo me llamo Sergio, que significa el protector.
-¿Cómo es posible que un ombú hable?
-Tan posible como que tú hables.
-Pero es la primera vez que hablo con un árbol. O más bien con un arbusto –se corrigió Gabriel.
-No a todos les es permitido comunicarse con nosotros.
-Gracias por permitírmelo.
-De nada –dijo el ombú e inclinó una rama a modo de gesto de cortesía.
Gabriel se tomó unos segundos para mirar en torno. Se trataba de un bosque similar al que habían cruzado un momento atrás, solo que allí el aire olía distinto, era más fresco y ligero, y una luz plateada le daba brillo a las cosas. Volvió la vista hacia Sergio y admitió:
-Estoy en problemas.
-Lo sé –respondió el ombú-. Envié a Owly para que te ayudase. –Señaló con una de sus ramas a la lechuza, que seguía bañándose en la concavidad del tronco.
-Gracias –dijo Gabriel-. Pero ¿cómo supiste que estaba en problemas?
-Tengo ojos y oídos en todas partes.
-¿Cómo es eso?
-Mis amigos, los animales del bosque, me mantienen informado. Unos ratoncitos que viven en el palacio de tu padre me advirtieron de que el conde Luan traicionaría al Rey Kael.
-¡Tengo que regresar! –se impacientó de pronto Gabriel, y Gypsy ladró, nerviosa.

-No es tiempo, Gabriel –le advirtió el ombú.
-Emma, mi mejor amiga, quedó en el palacio. Tengo que ir por ella y traerla aquí. Además quiero averiguar qué les ha sucedido a mis padres.
-No es tiempo, Gabriel –insistió Sergio.
Pero el niño no escuchaba. Era uno de sus defectos, no sabía escuchar. Decidió descansar unas horas y regresar al día siguiente. Con los primeros rayos de sol, Gabriel y Gypsy se pusieron en camino. Volvieron a cruzar la caverna y después el bosque. En las cercanías del Reino de la Alegría, Gabriel se dio cuenta de que el lugar estaba cubierto por sombras, como si lo sobrevolasen nubarrones negros. Las caras de los pueblerinos eran tristes y no felices. No había música ni risas, y todos caminaban por el mercado principal como si les pesasen los pies.
Por fortuna, nadie le prestaba atención a ese niño y a su perra. Sus ropajes de príncipe se habían ensuciado durante la huida hasta perder el esplendor; lucía como un campesino más.
Entró en el palacio por el mismo pasadizo secreto por el que había huido, solo que se desvió para ir hacia el dormitorio de Emma. Abrió la portezuela cercana al suelo y se deslizó dentro sin hacer ruido. La habitación estaba vacía. Se ocultó tras un mueble y se dispuso a esperar. ¿Qué habría sido de Emma?, se preguntó, mientras observaba el medallón de la niña.
Temía que el conde Luan la hubiese enviado lejos.
Después de un rato de espera la puerta del dormitorio se abrió, y Emma ingresó escoltada por dos soldados. Sus ojos verdes enseguida lo descubrieron. Se dio vuelta súbitamente y les habló a los soldados con voz autoritaria.
-¿Cómo se atreven a entrar en mis aposentos? Quiero que se queden fuera.
-Alteza –tomó la palabra uno de los guardias y Gabriel notó que la llamaban “alteza”, como si fuese miembro de la familia real-, vuestro padre, el rey Luan, nos ha ordenado que la protejamos de cerca.
-De cerca –repitió la niña-, pero no tanto como para no darme espacio para respirar.
¡Fuera! –ordenó y les señaló la puerta.
Los soldados se retiraron refunfuñando. Emma cerró con un fuerte golpe.
-¡Gabriel! –exclamó en un susurro y corrió hacia su amigo.
Se abrazaron, mientras Gypsy les saltaba en torno y lamía las manos de Emma; no ladraba, apenas si soltaba débiles gemidos.
-¡Qué felicidad saber que pudiste escapar! Pero ¿qué haces aquí? Es muy peligroso.
Mi padre te apresará si te descubre. Tienes que huir.
-He venido para llevarte conmigo. ¡Vamos! –Gabriel la sujetó de la mano y la tironeó hacia la puerta del pasadizo.
6
-No, Gabriel, no puedo ir contigo.
-¿Qué? –se sorprendió el niño.
-Tengo que quedarme.
Gabriel enseguida se enojó. Ese era otro de sus defectos, se enfadaba muy fácilmente y, enojado, decía cosas que no sentía y de las que después se arrepentía.
-¿Quieres quedarte porque te gusta que te llamen “alteza”, porque te gusta ser la princesa del Reino de la Alegría?
-¿Cómo puedes pensar eso de mí?
-Entonces, sígueme –le ordenó Gabriel-. Encontré un lugar bellísimo donde podremos vivir.
-No puedo acompañarte –insistió la niña, con lágrimas en los ojos.
-¡Eres una traidora como tu padre! –Gabriel, furioso, alzó el tono de voz.
Los soldados lo escucharon y abrieron la puerta rápidamente. Exclamaron al encontrar al hijo del rey Kael en la habitación junto con la princesa Emma.
-¡Vete, Gabriel! –se desesperó la niña-. ¡Vete! –Emma les cerró el paso a los soldados- ¡No se atrevan a seguir avanzado!
-¡Alteza! –se enfadó uno de los soldados-. Permítanos pasar. Tenemos que atrapar al hijo del traidor Kael.
-¡No! ¡Fuera!
El otro soldado, menos paciente, hizo a un lado Emma y la arrojó al suelo. Gabriel y Gypsy escaparon por el pasadizo, y los soldados no tardaron en seguirlos, solo que esa vez iban con antorchas que les iluminaban el oscuro y sinuoso camino y avanzaban a gran velocidad. Gabriel, agarrado de la cola de la pastor alemán, la seguía a ciegas. Los soldados les pisaban los talones.
A lo lejos, Gabriel avistó un objeto verde claro, que brillaba suspendido en el aire. Era una bola refulgente que iluminaba bastante bien el corredor subterráneo. Cuando estuvo a pocos pasos, Gabriel se dio cuenta de que era un enjambre de luciérnagas y supo que Sergio, el ombú, se lo había enviado para ayudarlo. Las luciérnagas, en lugar de avanzar por el camino que llevaban el niño y la perra, tomaron por un desvío y volaron con decisión hacia otro sector. Gabriel y Gypsy las siguieron a pesar de que no conocían ese pasaje y de que no sabían dónde los llevaría. El niño había creído conocer profundamente los pasadizos secretos del palacio de su familia. Las luciérnagas estaban demostrándole que no era así; tenía muchas cosas que aprender.
Salieron por una portezuela que se hallaba en un sector silencioso y deshabitado del palacio. A la luz del día, las luciérnagas se apagaron y se alejaron. Gabriel y Gypsy, que no conocían ese sector, se sintieron perdidos y no sabían qué hacer. Hasta que dos ardillas saltaron del techo frente a ellos y agitaron las patas delanteras para llamar su atención.
-¿Las envía Sergio? –quiso saber Gabriel y los animalitos agitaron las cabezas y soltaron chillidos muy graciosos.
El niño y la pastor alemán corrieron tras las ardillas, que los condujeron al bosque del ombú por un camino distinto, no por la caverna detrás del arbusto, sino por un túnel escondido tras una cascada. Se empaparon al pasar bajo el agua, por lo que cuando llegaron al bosque se acercaron a una fogata encendida debajo de Sergio y entraron en calor.
-¿Cómo les ha ido? –preguntó el ombú-. Por sus expresiones, veo que no muy bien –agregó.
-Emma, la hija del traidor Luan, es también una traidora –afirmó Gabriel, con cara de enojado-. No quiso escapar conmigo. ¡Y decía ser mi amiga! Se ha quedado en el Reino de la Alegría porque le gusta ser llamada princesa Emma. –A esto último lo pronunció con tono de burla.
-Eres muy rápido para juzgar a los demás, Gabriel.
Era otro de sus defectos; su madre, la Reina Gair, siempre se lo señalaba.
-No quiso venir conmigo –repitió con menos ínfulas.
-No conoces sus razones.
-Sí, las conozco –dijo con terquedad y de nuevo se apoderó de él la rabia-. Pero algún día volveré y les arrebataré mi reino, porque el Reino de la Alegría es mío.
-Lo harás –habló el ombú-, pero todavía no es tiempo. Primero tendrás que aprender muchas cosas. Ser rey no es fácil, Gabriel, no cualquiera puede serlo.
-¿Qué tengo que aprender?
-Lo primero que aprenderás es que el rey es el servidor del pueblo.
-¿Qué? ¿Cómo? –se asombró el niño-. El rey es el jefe del pueblo, no el servidor.
-Un buen rey sabe que le debe todo a su pueblo. Por eso se convierte en su servidor.
Solo así su pueblo lo amará y protegerá. –Gabriel se rascó la cabeza, confundido-. Pero ya habrá tiempo para que aprendas esa y otras cosas –dijo Sergio-. ¿Qué llevas en la mano? –se interesó.
Gabriel abrió el puño y se quedó mirando la medalla de la abuela de Emma. Era de oro, con el rostro de Emma y su nombre grabados en una cara; en la otra había una frase: Amar es lo único importante en la vida. Era obvio que Emma no había comprendido el significado de esas palabras porque muchas veces le había dicho que lo quería, pero llegado el momento, había elegido quedarse en el palacio y convertirse en la hija del rey, la princesa Emma. A punto de arrojarla, Sergio lo detuvo.
-Llévala al cuello.
-No –se empecinó el niño.
-Hazlo. Algún día entenderás por qué. No seas terco.
Gabriel, rezongando, la ató con un cordón que le entregó una de las ardillas, pues la cadena se había roto y ya no servía.
-Eso es –lo alentó el ombú cuando el niño acabó de colgársela-. Cada mañana, al despertar, verás la medalla y te acordarás de dos cosas importantes: de dónde vienes y quién eres y de que amar es lo más importante en la vida.
Muchos años después…
Gabriel ya no era el niño pequeño y débil que había escapado del palacio de su padre tanto tiempo atrás. Se había convertido en un joven alto y corpulento pues se alimentaba bien y hacía ejercicio. Los cabellos rubios de la infancia se habían vuelto de un color marrón claro y ahora tenía barba en el rostro. Sus ojos azules miraban con desconfianza y dureza. Era hábil trepando árboles y lanzando flechas. Corría tan velozmente como la liebre, con quien jugaba carreras y a veces ganaba. Nadaba mejor que los salmones, con los cuales en el verano hacía
competencias. Montaba a los renos, construía represas con los castores, saltaba por las copas de los árboles con las ardillas, cazaba con el puma y el yaguareté y jugaba al ajedrez con Owly, la lechuza, una anciana muy inteligente. Era amigo de todos los animales del bosque, pero a quien más quería era a Sergio. Él y Gypsy vivían en una pequeña casa que los horneros le habían ayudado a construir entre las fuertes ramas del ombú. Ese era su hogar. Sergio era su hogar.
En esos años en el bosque, Gabriel, además de aprender a sobrevivir, a procurarse alimento, vestido y calor en las noches heladas, se había convertido en un joven que sabía escuchar a los seres más sabios, no se enojaba con tanta facilidad y hablaba solo si estaba seguro de lo que iba a decir; ya no juzgaba a nadie. Aunque nunca olvidaba la noche en la que había escapado del palacio de su padre, la noche en la que su vida se había puesto patas arriba, se sentía feliz viviendo en el bosque. Era el príncipe de ese sitio mágico; al menos eso le decían sus amigos los animales, y él se daba cuenta de que le habían dado el título de príncipe no por lástima sino porque lo respetaban y lo querían.
Pensaba en Emma cada vez que tocaba la medalla que nunca se quitaba del cuello. Se preguntaba si se habría convertido en una joven bonita, si sería caprichosa y gruñona, o dulce y buena. A veces tenía ganas de verla, pero Sergio continuaba diciendo que no había llegado
el momento de regresar al Reino de la Alegría. La intriga le duraba poco, a decir verdad, porque Gabriel era tan feliz en ese sitio alejado del mundo y de los seres humanos que no le interesaba volver.
Una mañana, después de tomar el desayuno, Owly se presentó en la casa de Gabriel y le anunció que Sergio había convocado a los animales del bosque a una reunión urgente. La convocatoria no lo sorprendió; esas reuniones se hacían a menudo para resolver peleas entre
los animales y otros problemas. Pronto supo que ese día la asamblea era muy importante: iban a hablar del Reino de la Alegría.
-O mejor debería llamarlo Reino de la Tristeza –afirmó Sergio.
-¿Por qué dices eso? –preguntó un mapache.
-Porque la felicidad que reinaba entre los habitantes del Reino de la Alegría mientras el rey Kael lo gobernaba ha desaparecido. Ahora todo es tristeza y llanto.
-¿Cómo lo sabes? –se interesó el oso pardo.
-Mis amigas las ratitas que viven en el palacio me lo han contado. El usurpador, el conde Luan –aclaró el ombú-, es un hombre egoísta y avaro, que solo piensa en él y en llenar sus bolsillos con el dinero que les quita a los campesinos que trabajan en el campo. Es holgazán y no se preocupa por el bienestar del pueblo.
-¿Qué podemos hacer nosotros? –expresó el jabalí.
-¡No es asunto nuestro! –exclamó el zorro.
-Claro que es asunto nuestro –lo contradijo Sergio-. No podemos vivir felices sabiendo que cerca de nosotros hay criaturas que sufren y pasan hambre y frío.
-Si fuésemos nosotros los que sufriésemos –dijo el faisán, a quien los seres humanos le caían muy mal-, los hombres no harían nada por ayudarnos.
-Pero nosotros no somos como los seres humanos –respondió Sergio-. Los seres humanos son criaturas débiles, ambiciosas y egoístas, pero nosotros no. Debemos ayudarlos.
Además, no todos los seres humanos son mezquinos y malos. Hay algunos que son buenos, gentiles y tienen un corazón de oro. Hay algunos que saben amar.
Los ojos de los animales se volvieron hacia Gabriel, que se había mantenido apartado y callado.
-Si le hemos dado a Gabriel el título de príncipe del bosque –les recordó el ombú- es porque se lo ha ganado trabajando duramente. Y siendo hijo de un rey, se ha convertido en un servidor de los animales.
-¡El Reino de la Alegría debería volver a manos de Gabriel! –exclamó el jefe de los puercoespines, que adoraba a Gabriel porque había salvado a uno de sus pequeños hijos de morir ahogado en el arroyo.
-Eso no será fácil –opinó el tapir.
-Lo ayudaremos –propuso el macho alfa de la jauría de lobos y sus ojos amarillos brillaron de emoción. Le encantaba la aventura.
Gabriel se tomó un día para reflexionar lo que tenía que hacer, y nadie lo molestó ni lo interrumpió mientras el joven meditaba, ni siquiera Gypsy, que decidió irse a dormir y a pasar el tiempo con sus amigos los lobos. Gabriel pensó mucho acerca de su vida, de lo que había perdido aquella noche y también de lo que había ganado. Pensó en sus padres, probablemente muertos a manos del conde Luan tantos años atrás; pensó en Emma, que lo había traicionado;
pensó en los habitantes del Reino de la Alegría, que, según decían, sufrían a causa de la maldad de Luan. La verdad era que no tenía ganas de volver. En el fondo, él no poseía el corazón de oro del que Sergio hablaba. Él se sentía cómodo y a gusto con su vida como príncipe del bosque y no deseaba cambiarla. Pero se acordó del rey Kael, su padre, de cuánto había amado al pueblo y de cuánto se había preocupado por que sus súbditos fuesen felices.
Al día siguiente, el muchacho se reunió con sus amigos más íntimos.
-¿Qué has decidido? –quiso saber Sergio.
-Primero quiero ir a ver cómo están las cosas. Quiero comprobar si realmente los súbditos de mi padre están sufriendo.
-Y si están sufriendo, ¿qué harás? –quiso saber el lobo.
-No lo sé.
Gabriel iría al Reino de la Alegría en compañía de Gypsy y de Owly. Se vistió con ropas de campesino, se cruzó el arco en el pecho y se acomodó en la espalda el carcaj con flechas. Nadie lo reconocería porque había cambiado mucho; igualmente, se calzó un sombrero, al que dejó caer sobre la frente para que le ocultase el rostro.
Entraron en el Reino de la Alegría temprano por la mañana, cuando el mercado comenzaba a cobrar vida. Enseguida notaron los cambios. Lo que había tenido un aspecto limpio y prolijo estaba lleno de basura y cosas viejas arrumbadas acá y allá. Las paredes de las casas siempre pintadas de colores vivaces ahora estaban descascaradas y tenían manchones de humedad. Las ventanas colgaban de sus goznes y se golpeaban a causa del viento; algunas tenían los vidrios rotos. Perros flacos y enfermos recorrían los puestos de carne buscando algo para comer. Gallinas y otras aves de corral invadían el mercado y complicaban el tránsito y ensuciaban la plaza. No había guardias que vigilasen que las actividades se desarrollasen en paz. Dos carreteros se peleaban a trompadas, en tanto otro les robaba la carga.
Desanimado y triste, Gabriel avanzó en el caos del mercado, esquivando a la gente, los animales y las carretas. El palacio, que se hallaba en la parte más elevada del reino, lo dejó mudo pues así como había visto pobreza y desesperación entre la gente del pueblo, el viejo edificio estaba recargado de riquezas, cambios y mejoras. ¡Hasta tenía piedras preciosas incrustadas en el gigantesco portón principal! “Con razón no hay guardias en el mercado ni en el pueblo”, pensó Gabriel. “Están todos aquí para proteger el oro y las gemas preciosas del palacio. ¡Qué derroche!”.
Gabriel, Gypsy y Owly se escondieron para observar los movimientos de las personas que vivían en palacio. Una cosa que llamó la atención de Gabriel fue que el portón, que en la época de su padre siempre permanecía abierto de par en par, estaba cerrado con grandes trabas, y varios soldados hacían guardia con sus lanzas en las manos.
De pronto, las dos hojas del portón se abrieron para dar paso a un grupo de campesinos que acarreaban una parihuela sobre sus hombros. Si bien era imposible ver quién iba dentro pues las cortinillas estaban cerradas, Gabriel se dijo que debía de tratarse de alguien importante, y a esta conclusión arribó pues los soldados dejaron de conversar y de reír, se pusieron firmes, con caras serias y se tocaron la frente con el filo de la mano derecha en señal de respeto mientras la parihuela pasaba frente a ellos.
Gabriel reconoció la parihuela. ¡Había sido de su madre! El corazón le latió fuerte en el pecho. ¿Tal vez la Reina Gair iba dentro? Salió del escondite haciendo oídos sordos de las súplicas de Owly y de los gemidos de Gypsy. Estaba hipnotizado por los recuerdos y por las ansias de saber; quería ver quién iba dentro de la silla que transportaban esos pobres hombres flacos y enclenques.
Una mano pequeña y blanca corrió la cortinilla. Un rostro joven y delicado se asomó.
La desilusión de Gabriel al comprobar que no era la Reina Gair duró poco. Enseguida volvió a latirle el corazón velozmente al reconocer a Emma. Había cambiado, era una joven de una belleza fuera de lo común. Pero sus ojos verdes seguían siendo los mismos y miraban con la gentileza de la infancia. “¡No!”, exclamó para sus adentros. “No debo olvidar que es una traidora, que prefirió ser una princesa y vivir en el lujo a escapar conmigo”.
En ese instante una nube oscura que ocultaba el sol se movió y un rayo de luz tocó la medalla de oro que Gabriel siempre llevaba al cuello. El reflejo llamó la atención de Emma.
La joven apartó un poco más la cortina y observó al dueño de la medalla. Abrió grandes los ojos y dibujó una “o” con los labios. Sin duda, acababa de reconocer a Gabriel, pero nada dijo y se limitó a cerrar la cortinilla.
-Sigámosla –propuso Gabriel.
Owly no era de la misma opinión.
-Es peligroso, Gabriel. Emma te ha reconocido. Podría alertar a los guardias que la custodian.
Dos soldados montados en formidables caballos negros seguían de cerca a la parihuela.
-Si Emma hubiese querido entregarme a los soldados –razonó Gabriel-, ya lo habría hecho.
La siguieron durante unas horas. Cada tanto, la muchacha ordenaba a los hombres que se detuvieran y bajaba de la silla. A Gabriel lo fastidiaba que se cubriese la cabeza con un chal. Quería volver a verle el rostro. Le había parecido bellísima, pero ahora tenía dudas. Tal vez lo había imaginado. Deseaba que fuese fea, con una nariz ganchuda y un lunar lleno de pelos en el mentón.
La joven hacía siempre lo mismo: ordenaba que detuviesen la parihuela, descendía con una canasta en el brazo y entraba en una casa pobre. Salía unos minutos más tarde, acompañada de los dueños de la casa, que le besaban las manos y le agradecían.
En una de las detenciones, una ráfaga de viento voló el chal de Emma y le descubrió por completo la cabeza. La muchacha acomodó la pieza de tela enseguida, pero Gabriel había tenido tiempo para observarla. No era fea como había deseado, sino hermosa como había visto a las puertas del palacio, y por eso la odió todavía más.
¿Qué tramaba Emma visitando las casas de los pobres? ¿Quería congraciarse con el pueblo cuando su padre, el conde Luan, era un tirano y un déspota?
-¡Sus limosnas y migajas no servirán de nada! –se enfureció, y Owly le recordó:
-No la juzgues sin saber.
-¿Qué tengo que saber? Trata de comprar la fidelidad de la gente repartiendo limosna. Lo que el pueblo necesita es que se lo respete y que se le dé lo que le corresponde.
-Estás enojándote fácilmente de nuevo –le señaló la lechuza.
-Lo sé –admitió el joven-. Es que ciertas cosas me sacan de mis casillas.
Regresaron al bosque mágico y le contaron a Sergio lo que habían visto en el Reino de la Alegría. Como estaba muy cansado, Gabriel cenó y se fue a dormir. A la mañana siguiente convocó a los animales más importantes y les repitió lo que le había dicho a Sergio el día anterior.
-Mi pueblo, el pueblo que mi familia gobernó durante siglos, está sufriendo a manos del usurpador Luan. Ya no puede llamarse Reino de la Alegría, sino Reino de la Tristeza.
Quiero volver y reclamar lo que me corresponde.
-¿Cómo lo harás? –preguntó el jefe de los osos, un animal muy tranquilo y prudente.
-La única manera sería atacando con un ejército. Los soldados de Luan son muchos y están armados.
-Nosotros seremos tu ejército –declaró el macho alfa de los lobos, que ya acariciaba la idea de una nueva aventura con su amigo Gabriel-. Todos los animales del bosque juntos
somos más que los soldados del usurpador Luan.
-¡Sí! –exclamaron los animales más jóvenes, mientras los más ancianos se miraban los unos a los otros con preocupación.
-¡Silencio! –exclamó Sergio y enseguida cesó el bullicio-. Gabriel, ven aquí, acércate.
–El joven se acercó y se sentó en una de sus enormes raíces-. Quiero preguntarte algo.
-Dime, Sergio.
-¿Has decidido recuperar tu reino por amor a tu gente o por el deseo de vengarte del conde Luan y de sus cómplices? ¿Regresas por amor o por odio? Piensa con cuidado y respóndeme con la verdad.
Gabriel hizo como el ombú le pedía y reflexionó sobre su decisión de intentar recuperar el Reino de la Alegría. Al cabo, tomó la palabra.
-Quiero recuperarlo para volver a ver feliz a mi pueblo. Antes de saber que sufrían, yo no quería volver. Aquí, con ustedes, estoy bien, soy feliz. Habiendo perdido a mis padres, nada me quedaba en el Reino de la Alegría. ¿Para qué volver? Pero después de ver lo que el conde Luan le ha hecho a mi gente, tengo que regresar en nombre de mi padre y devolverles la alegría. Regreso por amor.
-Muy bien –dijo el ombú-. Ahora planearemos la reconquista.
Esa noche, las alondras y las lechuzas volaron hasta el Reino de la Alegría. Como era verano, los pueblerinos dormían con las ventanas abiertas, por lo que las aves entraron en las casas y dejaron sobre las mesas unos mensajes que Gabriel había escrito en hojas de banano con la pluma de una oca y la tinta de un calamar. Allí les pedía que al día siguiente no abandonasen sus casas porque él y su ejército entrarían en la ciudad para liberarla de manos del usurpador Luan.
El ejército de Gabriel era multitudinario. Los primeros en la formación eran los osos, que acarreaban gruesos troncos con los que echarían abajo las puertas del palacio. Seguían los lobos y detrás los puercoespín, que lanzarían sus púas como flechas. También participarían las
ardillas y los mapaches, que arrojarían piedras con sus hondas. Los renos y los siervos usarían
sus cuernos como espadas. Las águilas y los halcones harían vuelos rasantes para distraer a los soldados. Los zorros se escabullirían dentro de los polvorines y mojarían la pólvora y las municiones para que no pudieran usarlas. Y así, cada animal tenía una misión en esa lucha por la reconquista del Reino de la Alegría. Por supuesto, Gabriel iría al frente del ejército con la fiel Gypsy a su lado. Se protegería con un escudo de roble y con una espada de acero que Owly y sus amigas habían robado a un soldado la noche anterior después de haber terminado de repartir los mensajes a los pueblerinos.
El soldado apostado en la torre del Reino de la Alegría no podía creer lo que veía. Se hacía sombra con la mano y achinaba los ojos porque estaba seguro de que alucinaba. ¿Acaso una horda de animales avanzaba hacia la ciudad? ¿Era eso posible? ¿Quién iba al frente? No era un animal, era un humano, un muchacho joven.
-¡Nos atacan! ¡Los animales nos atacan!
Sus compañeros, que jugaban a las cartas, se rieron y no le prestaron atención.
-¡Nos atacan! ¡Los osos, los lobos, los siervos! ¡Todos vienen hacia aquí!
-¡Cállate! –le ordenó su jefe-. No puedo jugar al truco contigo gritando como un loco.
Los animales entraron en la ciudad que estaba completamente desierta pues el pueblo se mantenía dentro de sus casas, y fue demasiado tarde para que el ejército del conde Luan reaccionase. Se rindieron sin presentar batalla, lo cual alegró a Gabriel.
El conde Luan no estaba dispuesto a ceder el reino tan fácilmente. Abandonó sus aposentos y se encerró en la torre más elevada del palacio. Gabriel, Gypsy, tres lobos, dos osos y Owly lo siguieron. Los osos usaron los troncos como arietes y echaron abajo la puerta.
Gabriel entró corriendo con la espada en alto y se detuvo de golpe. Allí, frente a él, estaban el Rey Kael y la Reina Gair, sus padres.
-¡Padre! ¡Madre! –exclamó.
-¡Hijo!
-¡No te acerques! –ordenó el conde Luan y apuntó con su espada al corazón del Rey Kael-. Si das un paso más, lo mataré.
-¡No lo hagas! –suplicó Gabriel.
-Si no quieres que lo haga, ordena a tus animales que se retiren de mi reino. Tú también tendrás que desaparecer. ¡Yo soy el rey del Reino de la Alegría!
Los osos empezaron a rugir, los lobos a aullar y Gypsy a ladrar. Gracias al ruido que hacían, el conde Luan no advirtió que, detrás de él, se abría una portezuela disimulada tras un tapiz y que su hija Emma entraba en puntas de pie. La joven clavó la mirada en Gabriel y asintió.
-¡Padre! –lo llamó Emma y, en ese momento de distracción del conde Luan, Gabriel le saltó encima y le quitó la espada.
Un lobo y un oso, que le gruñían cerca de la cara, lo mantenían quieto en el suelo.
-¡Gabriel! –sollozó la Reina Gair y corrió hacia el hijo que había creído perdido para siempre.
-¡Madre!
Se abrazaron. El Rey Kael los abrazó a los dos y los tres lloraron de felicidad.
-¡Ese no es el príncipe Gabriel! –exclamó el conde Luan desde el suelo.
-¡Claro que lo es! –lo contradijo Emma.
-¡Hace años que vimos por última vez al príncipe! –insistió el conde, sin prestar atención a que los gruñidos del oso y del lobo aumentaban.
-Él es el príncipe Gabriel –repitió Emma-. Esa medalla que cuelga en su pecho era mía. Él se la quedó la noche en que escapó de los soldados que venían para llevárselo.
-¡Claro que es nuestro hijo! –afirmó la Reina Gair-. Mi corazón de madre así lo siente, y el corazón de una madre no se equivoca.
-¡Lleven a esa basura al calabozo del sótano! –ordenó el Rey Kael y señaló a Luan.
Los osos y los lobos lo condujeron escaleras abajo hasta las entrañas del palacio.
-¡A Emma también enciérrenla en el calabozo! –dijo Gabriel.
-¡Oh, no! –se escandalizó la Reina Gair-. Emma ha sido nuestro sostén y compañía durante estos años, hijo. No puedes encerrarla.
-Ella es tan traidora como su padre. Prefirió quedarse en el palacio y ser la princesa Emma antes que escapar conmigo al bosque.
-Hijo –habló el Rey Kael-, si Emma no te acompañó en aquella ocasión fue para evitar que el conde Luan nos quitase la vida a tu madre y a mí. Como Emma le había dicho que se escaparía para ir a vivir contigo al bosque, Luan le hizo jurar que nunca abandonaría el Reino de la Alegría. Si lo hacía, tu madre y yo moriríamos. ¿Ahora comprendes por qué tuvo que rechazarte cuando viniste a buscarla?
Gabriel, mudo de la impresión, volvió la mirada hacia Emma, que lloraba abrazada al cuello de Gypsy. La culpa y la vergüenza le hicieron bajar los ojos. ¡De nuevo había juzgado a una persona sin conocer cabalmente los hechos! No cabía duda, era su mayor defecto.
Se dirigió hacia su amiga de la infancia y se arrodilló junto a ella.
-Perdóname, Emma. Nunca debí dudar de tu fidelidad.
-Te comprendo, Gabriel. Mi padre había traicionado a tu padre. ¿Por qué ibas a creer en mí? Después de todo, yo soy la hija del conde Luan.
-Tú eras mi mejor amiga y yo te conocía bien. No debí dudar –insistió el muchacho- Dime que me perdonas.
-Te perdono.
-Gracias por haber cuidado a mis padres todos estos años.
-Emma ha sido nuestro gran consuelo –dijo la Reina Gair-. Nunca tuvimos hambre ni frío gracias a ella.
-Y si mi pueblo no ha pasado mayores penas –acotó el Rey Kael- ha sido porque Emma se ha preocupado por sus problemas y los ha solucionado.
-No pude evitar que mi padre arruinase el Reino de la Alegría –se disculpó la joven.
-¡Nada podías hacer, tesoro! –la consoló la Reina Gair.
-Pero ahora que mi hijo y sus amigos me han devuelto la corona, todo volverá a ser como antes y seremos felices de nuevo –prometió el rey Kael.
Días más tarde el rey les concedió a los animales del bosque el título de caballeros de la Orden del Reino de la Alegría y les entregó una medalla a cada uno. Se organizó un gran banquete para festejar la reconquista del reino. Se bailó y se comió hasta la madrugada.
Sergio, que permanecía en el bosque mágico, se enteraba de cómo iba la fiesta porque cada tanto una lechuza o un ruiseñor volaba para contarle.
A la mañana siguiente, cuando la ciudad aún dormía después de los festejos, Gabriel despertó a Emma y le pidió que lo acompañase a un sitio muy especial. Quería presentarle a un amigo. La guió hasta el bosque mágico y le mostró los dos caminos secretos, el de la caverna y el de la cascada, y en su vida el príncipe Gabriel se lo reveló solo a ella, que era en quien más confiaba, pues no quería que otros seres humanos supieran de ese lugar especial, no quería que lo arruinasen. Allí, sus amigos los animales eran felices, vivían en libertad y en armonía, sin temor a ser cazados o a que su hogar fuese destruido, los árboles talados o la tierra y el agua contaminadas.
-Emma –dijo Gabriel y señaló al viejo ombú-, este es mi mejor amigo, Sergio. Él es mi hogar.
-Hola, Emma –saludó el ombú y Emma soltó una exclamación.
-Hola –contestó, atemorizada-. Nunca había escuchado hablar a un árbol.
-Él no es un árbol. Es un arbusto –la corrigió Sergio.
-No pareces arbusto, Sergio –dijo la joven.
-A veces las cosas no parecen lo que en verdad son –dijo el ombú-. O bien las cosas parecen lo que no son.
-Es verdad –expresó Gabriel y bajó la vista, avergonzado-. Parecía que me habías traicionado cuando en realidad estabas protegiendo a mis padres.
-Ya no hablemos de eso –pidió Emma-. Más bien, cuéntame de tus años lejos de mí.
Pasaron el día en el bosque. Gabriel la llevó a conocer cada rincón de ese espacio cargado de magia y de paz y le presentó a sus amigos, que enseguida la consideraron una de ellos y le dieron el título de Princesa Emma del Bosque.
Emma fue feliz ese día y todos los que siguieron, aunque una pena la acongojaba. Su padre, el conde Luan, había sido sentenciado a trabajar en los campos junto con los campesinos y habitaba en una modesta cabaña en las afueras de la ciudad, y eso, para un hombre como él, que nunca había trabajado y que siempre había vivido en el lujo, esa condena le resultaba intolerable. Emma iba a visitarlo una vez por semana y le llevaba comida y ropa limpia y lo ayudaba con la limpieza de la casita. A su hija, el conde Luan le decía que estaba arrepentido de haber traicionado al Rey Kael, pero nadie le creía, ni siquiera Emma.
El pueblo y la familia real trabajaron duro para que el Reino de la Alegría volviese a brillar como en el pasado. Gabriel y Emma se levantaban muy temprano y ayudaban en las tareas codo a codo con la gente del pueblo, y así fue cómo Gabriel comprendió lo que su amigo Sergio le había dicho tanto tiempo atrás, que un rey tenía que ser el servidor de sus súbditos.
Una vez que la alegría regresó al reino, Gabriel y Emma se casaron. Celebraron su boda en la plaza principal de la ciudad, y fue un día de júbilo, como lo había sido el de la reconquista. Hubo comida y bebida, música, juglares y espectáculos de circo. Los animales del bosque, los que pertenecían a la Orden del Reino de la Alegría y los que no fueron los invitados de honor. Solo Sergio, clavado en la tierra, se perdió los festejos. Por eso, cuando acabaron, Emma y Gabriel corrieron a visitarlo y a contarle acerca de lo felices que eran por amarse.
-Pues claro –dijo el ombú-, amar es lo único importante en la vida –y con la punta de una de sus ramas tocó el medallón que había vuelto a colgar del cuello de Emma.

FIN

 

 

 

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