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El fin del amor, de Tamara Tenenbaum

Este ensayo de la joven autora, El fin del amor – Querer y coger (Ariel), nos trae una nueva mirada sobre la autoficción. Una más sincera, despojada, sin intenciones de grandilocuencia académica. Tenenbaum, licenciada en Filosofía cuenta su propia historia y desde ahí la proyección al tema que nos acoge en la realidad: proponer al erotismo como afecto. ESTACIÓN LIBRO recibirá a la escritora quien dialogará con la cantautora y acérrima lectora Julieta Venegas. La cita es en nuestra sucursal de Adrogué el próximo lunes 25 de noviembre a las 19 hs. Aquí va parte del prólogo.

 

Hay un barrio en Brooklyn que, para quien nunca haya ido a Israel, parece un pedazo de Israel en Brooklyn. Los carteles de la calle están escritos en algo que parece hebreo pero en realidad es ídish, que se escribe con los mismos caracteres. Los protagonistas de los afiches publicitarios en la calle son hombres de barba y sombrero. Todas las mujeres que se ven, además de estar tapadas casi de pies a cabeza, tienen las mismas medias cancán, las mismas, en blanco, gris o negro.
Está prohibido usar medias de colores que se parezcan al color de la piel; hay carteles en el barrio que lo anuncian. Supongo que para ahorrarse el problema de tener que decidir si son parecidas o no al color de sus piernas, las mujeres solo se compran medias en el local del barrio, que vende unas que están permitidas. Por eso todas tienen las mismas. “Mirá”, me dijo mi mamá la primera vez que anduvimos cerca del barrio ese y nos cruzamos a algunos de sus habitantes, “las mujeres caminan detrás de los hombres. En Argentina casi no nos quedan de esa secta tan ortodoxa”, me mostró, tratando de no señalar demasiado, y fracasando.
Mi mamá, mis hermanas y yo nos criamos en una comunidad judía ortodoxa, lo que se conoce como ortodoxia moderna. En Buenos Aires se puede ver por la calle mucha gente de nuestro tipo: chicas que tienen la cabeza cubierta pero usan polleras de jean, varones que no usan sombrero grande ni tienen “rulitos” a los costados pero sí barba y kipá. Nací en 1989 en el Once y viví allí hasta los 23 años, cuando me mudé con una amiga. En términos metafísicos, por suerte me fui antes, aunque, en otro sentido, una no se va nunca. Los jasídicos de Nueva York con sus mujeres cubriéndoles la retaguardia me sorprenden, pero no
tanto. Mi mamá, que es médica y sigue trabajando en el barrio, tiene pacientes así, o más o menos así. Casi todas mis compañeras de la primaria están casadas y van por el segundo, tercero o cuarto hijo. Las compañeras de mis hermanas menores también.
En un documental que se llama One of Us dos hombres y una mujer de mi edad cuentan lo difícil que les resultó abandonar la comunidad jasídica a la que pertenecían, esa misma que vi en Nueva York. Yo la saqué bastante barata, pero mirando el documental en Netflix me sentí identificada, particularmente con
dos motivos que se repetían en los relatos que, en realidad, son un poco el mismo. El primero es la ignorancia más absoluta de todo lo que pasa en “el mundo real”.
A veces cuesta explicar que, aunque una viva ahí, en una ciudad enorme en el medio de todos, en el medio de cualquiera, incluso aunque tenga tele e Internet (yo tenía; los chicos del documental no), es como si vivieras en otro planeta. Hasta los 12 años yo no solamente no había probado jamón; ni siquiera sabía cómo se veía, si parecía un chancho o un bife (nunca llegué a sospechar que era un fiambre: los judíos casi no tenemos, solo pastrón, así que es un concepto que no está muy a mano para nosotros), ni con qué se comía normalmente. A las empleadas domésticas se les dice shikse; es un término despectivo pero no quiere decir ni “negra” ni “esclava”; significa “no judía” (para un judío ortodoxo, esas son las únicas chicas no judías que conoce). Tanto es así que una noche que mi mamá se dio cuenta de que yo me moría de ganas de transgredir el shabat y de jugar a ser normal le pidió a la chica que trabajaba en mi casa que me sumara a una salida al cine que ella había armado con dos amigas (veo que al menos no fue ni tan racista ni tan clasista mi infancia, ahora que pienso en esta historia). Creo que vimos una película de Adam Sandler y de lo que estoy segurísima es de que comimos pochoclo, porque nunca antes había probado pochoclo en el cine. Estaba fascinada con la intrepidez de Juana y sus amigas, la manera en que se movían entre las cosas, comían y charlaban y se subían a un colectivo y hablaban de un hombre o de otro.

 

 

Aunque la película me haya interesado menos que todo lo demás esa noche, el segundo motivo del documental que se repite también en mi vida es la importancia de la cultura, en el sentido más amplio que se pueda imaginar, desde las novelas de Cris Morena, un libro de Vargas Llosa que encontraba en la biblioteca del living o las entradas de sexualidad de la Enciclopedia británica, todo lo que te habla del mundo más allá de tu casa y de tu barrio te lo devorás con pasión: lo que habla de sexo, ante todo, sí, pero también de amistades, de plata, de trabajo, de casas, de ropa, de comida. Uno de los pibes cuenta en el documental que descubrir Wikipedia fue uno de los mejores momentos de su vida. Yo ya era un poco más grande que el chico del documental cuando Wikipedia se hizo conocida en Argentina, pero entendí perfectamente el vértigo de, de pronto, sentir que se te abría una ventana secreta a todo eso de lo que hablan los demás, una ventana en la que podés espiar lo que no entendiste de una conversación sin que nadie te mire, así no se dan cuenta de que no sabés qué es una morcilla o una tanga.
Decía que la saqué barata: en primer lugar, porque mi comunidad no era tan cerrada como la de los chicos de One of Us. En la escuela teníamos enseñanza oficial (aunque no educación sexual) y a casi todos mis amigos y a mí nos dejaban ver televisión e ir al cine. En mi casa, además, la educación y la cultura eran muy importantes, una tradición askenazi, supongo: aunque mi mamá no era muy “del palo del arte”, le importaba llevarnos a museos y fomentarnos el hábito de la lectura, y no controlaba demasiado lo que leíamos.
En algún sentido era un arma de doble filo. Algunos chicos tenían muy en claro que eso que veíamos en la ficción era un exotismo en relación con nuestra propia vida. “No es para nosotras”, decía una amiga de mi hermana sobre la vida que hacían las chicas de las novelitas de Cris Morena, con mucha naturalidad y sin explicar por qué. Algunas nos veíamos seducidas por ese otro universo que parecía estar muy cerca, que sucedía en barrios por los que pasábamos, frente a shoppings que conocíamos, y a la vez imposiblemente lejos. Por esos azares de la vida, terminé llegando ahí.
Mi papá falleció cuando yo, que soy la mayor, tenía 5 años y, a medida que con mis hermanas fuimos creciendo, mi mamá nos empezó a permitir relajar las normas, puertas adentro de casa al menos, aunque manteniendo ciertas apariencias en el Once. Con los años abandonamos también eso. Supongo que no era
cómodo sostener tantas reglas haciendo malabares con tres nenas tan chicas; no sé cómo nos hubieran entretenido sin encender la televisión en shabat cuando mi mamá hacía guardias todos los sábados. Tampoco nadie tenía ganas de prohibirnos más cosas que las que era estrictamente necesario negarnos: yo no me daba cuenta pero los primeros años de viudez de mi mamá fueron difíciles emocional y económicamente.

Para cuando empecé a entender algo ya estábamos mejor, en ambos sentidos, y con un pie entero afuera de la religión. Aunque veníamos saliendo de a poco, yo fui pionera en la familia cuando le dije a mi mamá que quería ir a “un buen colegio”, de esos que te preparan bien para ir a la universidad, y ella accedió. En eso también tuve suerte: no necesité pelearme a muerte con nadie ni fugarme de mi casa para hacer una vida nueva y convertirme en otra persona. Fui la primera que probó el jamón, que tuvo amigos no judíos y que se compró una musculosa para usar en la calle, sin saquito ni nada. Tampoco fue todo risas: mi mamá se puso a llorar una vez que le dije que quería ir a un baile de egresados del Guadalupe, donde una compañera mía del curso de ingreso al ILSE estaba terminando la primaria. “Yo entiendo que vayas a un colegio laico, pero ¿a bailar cumbia con los chicos de la parroquia?”, decía como en una parodia de idishe mame pero con tono melodramático de película italiana. A ese baile no fui, pero terminó siendo menos grave de lo que me pareció en ese momento.
Cuando llegué al nuevo colegio, entonces, me encontré con un abismo: era evidente que yo no conocía las reglas de nada. Había acumulado un cierto bagaje de conocimiento, creía yo, pero estaba basado enteramente en las ficciones que lograba consumir y ahora empezaba a dudar de qué tanto me podría servir para manejarme en el mundo real: ¿desde qué edad había que decir que te dabas besos en la boca? ¿Qué tipo de interacción hay que sostener con los varones en la vida diaria? ¿A los varones se los saluda siempre con beso o solo si los conocés? ¿El uso de minifaldas debe administrarse con cuidado o puedo usarlas todos los días? ¿Perder la virginidad antes del matrimonio es tan común como en las películas? Estas son preguntas que yo me hacía constantemente, de forma explícita, cada vez que me tocaba participar en una conversación o ir a una fiesta de cumpleaños de mis nuevas amigas o, sencillamente, cuando estaba sola en casa y tenía un rato para pensar y organizar mis ideas sobre el tema.
Aclaro, por si no es obvio, que en el mundo del que yo venía (del que yo vengo) todas estas cuestiones tenían una respuesta única. Los judíos ortodoxos tenemos reglas claras para todo: la comida, la ropa, el modo de conducirse con el sexo opuesto, incluso acerca de cómo administrar la menstruación. La mayoría están escritas en alguna parte de la Torá o del Talmud y, si existe alguna duda, se consulta al rabino, que seguro tiene algún precedente como respuesta.

En el mundo que yo empezaba a habitar, la clase media urbana del siglo XXI, no había libros sagrados; y, empecé a pensar, tal vez tampoco hubiera demasiadas reglas. La parte de las relaciones humanas fue la que más me costó. Fui buena alumna y el apetito que me daba la curiosidad de mi vida recluida fue en gran parte responsable, creo, de que siempre me hubiera gustado mucho leer. Pero no había libros que explicaran todo lo que yo no entendía, y ni siquiera había gente que pudiera aclarármelas: jamás me habría animado a preguntar y, además, creo que son esa clase de cosas que la gente ni siquiera sabe que sabe. Decidí, entonces, dedicarme a mirar y a escuchar: a intentar derivar principios o conceptos de las historias que me contaban los demás, de lo que decían sobre los matrimonios de sus padres o sobre los chicos que les gustaban. A ver si, efectivamente, lo de saludarse con un beso les parecía un gesto erótico (como a mí, dado que en mi barrio estaba prohibido) o si era una rutina que ya había perdido todo sentido afectivo. A ver si también se les erizaban los pelos del brazo cuando un varón las abrazaba para una foto. A preguntar si sabían si sus hermanas cogían o si sus tías eran infieles.

 

 

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