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Claudia Piñeiro: Ciudadana ilustre de la ciudad

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Dos días antes del Día de la Mujer, la escritora Claudia Piñeiro fue condecorada como Ciudadana Ilustre de la ciudad de Buenos Aires. El bloque Evolución la había propuesto junto a otros destacados y la Legislatura porteña le otorgó el título.

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POR LALA TOUTONIAN

 

¿Por sus dotes narrativas? En absoluto, para eso tiene los premios literarios que acumula y los que seguirá recibiendo, sin dudas. Piñeiro es una ciudadana activa y como tal, merecedora del galardón.

Un axioma al que hay que apelar siempre a la hora del discurso es: antes de hablar definamos los términos. Probablemente el concepto de libertad de alguien, por ejemplo, sea distinto al de otro.

Entonces, ciudadana ilustre.

Veamos, ilustre. La RAE indica que proviene del latín illustris: claro, brillante, lustroso, lúcido, distinguido, noble y su etimología de illustrare: ilustrar, explicar.

Y así con dos o tres vocablos, con estos términos, la lengua nos define muy precisamente qué hace Claudia: aclara, da luz. Hace ya tiempo que la autora se hizo voz del activismo de las mujeres. Y aunque es un gran error reclamarle al intelectual la lucha que se considere, siempre resulta gratificante contar con ese apoyo. En este caso, mucho más que una adhesión de su parte. Con sus discursos, como sus inolvidables palabras en la apertura de la Feria del Libro del año pasado o su nota de estos últimos días para The Guardian, por nombrar algunas pocas, o su exposición en el Congreso. La mujer es su tema: la lucha por la legislación de leyes que refieran a la legalización del aborto o su compromiso por el colectivo Ni una menos.

Piñeiro refirió al respecto: «De todas las distinciones o premios que he recibido, la de ciudadano ilustre es probablemente aquella cuya definición resulta menos asible. Cuando un escritor recibe un premio por un libro, por una novela, o por un cuento, está claro qué se está premiando. Incluso cuando lo recibe por la obra en general. Pero la distinción de ciudadano ilustre obliga, si me lo permiten, a una reflexión sobre ese título». Citó el artículo 2 de la ley 578 de la ciudad, que instaura la distinción, que aclara que «no puede otorgarse a personas que hayan cometido crímenes de lesa humanidad en cualquier parte del mundo, ni a quienes hayan ejercido e impartido órdenes de represión durante las dictaduras militares en Argentina.»

«Cuando leí el artículo mencionado me sorprendió que fuera necesario aclarar ese punto. Pensé: ¿A quién se le podría ocurrir darle la ciudadanía ilustre a personas que porten semejantes antecedentes en el currículum? Pero luego, con un poco de sensatez, asumiendo los tiempos que corren en los que parecería que acuerdos que creíamos inalterables han dejado de serlo, y teniendo en cuenta que en los últimos días hasta presenciamos discusiones acerca de si la tierra es redonda o tiene forma de lenteja aplanada, agradecí que al sancionar esta ley hayan introducido el párrafo en cuestión».

Y como digna mujer de letras que disecciona quirúrgicamente cada palabra, expresó: «Definir qué es ilustre, con Rae o sin Rae, podría llevarnos a una discusión de nunca acabar. Pero sí me gustaría reflexionar sobre qué es ser ciudadano, sobretodo qué es ser ciudadano hoy. Con los sustantivos me atrevo, son menos ladinos que los adjetivos».

Como ciudadana, como habitante de la ciudad de Buenos Aires, nuestra capital federal, nuestro puerto, entrada y salida al mundo, la Piñeiro citó doce bellos títulos «que permiten un recorrido por la ciudad. Algunos son sitios que podrán ubicar en la realidad, otros son construcciones literarias. Pero todos son Buenos Aires».

La casa de la calle Garay, de El Aleph, de Jorge Luis Borges. La fuente de Recoleta y la casa de la calle Ayacucho, de El vestido de terciopelo, de Silvina Ocampo. El pasaje de la Calle Güemes, en El otro cielo, de Julio Cortázar. El edificio Kavanagh, en el libro del mismo nombre de Esther Cross. La puerta del departamento de Palermo por el que un ex marido desliza el poema que aparece en El libro de Tamar, de Tamara Kamenszain. La villa 31, en La 31, una novela precaria, de Ariel Magnus. La ochava de la calle Muñecas, que aparece en Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal. Los grafitis en las paredes de Buenos Aires, en Perdidas en la noche, de Fabián Martínez Siccardi. El edificio de la calle Santa Fe, esquina Esmeralda, en La muerte baja en ascensor, de María Angélica Bosco. El recorrido de la Biblioteca Nacional al Hospital Alemán que hace la protagonista de Acá todavía, de Romina Paula. La represión de estado en la Buenos Aires de La ciudad ausente, de Ricardo Piglia. El barrio de Constitución en El chico sucio, un cuento de Mariana Enríquez. «Me detengo en estas doce, -dijo. El recorrido literario de Buenos Aires sería interminable, tan interminable como la discusión acerca del adjetivo ilustre. El listado de títulos posibles tiende a infinito, porque Buenos Aires es también su literatura».

Claudia Piñeiro es ciudadana ilustre de Buenos Aires. Esto le confiere simbólicamente desde una autoridad hasta una sensibilidad particular por lo que acontece en las calles -esas calles que eran la entraña de Borges-, un día como hoy, por ejemplo, que las mujeres tomamos las calles reclamando lo que nos pertenece: autonomía e independencia.  

 

Piñeiro con el Ministro de Cultura porteño, Enrique Avogadro, la legisladora Inés Gorbea, los periodistas María O Donnell y Reynado Sietecase y el escritor Guillermo Martínez Fuente: LA NACION – Crédito: Daniel Jayo

 

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