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William Blake por G. K. Chesterton

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Temperamentos – Ensayos sobre escritores, artistas y místicos de G. K. Chesterton (Jus) reúne una serie de retratos de personajes como Giacomo Savonarola, las hermanas Brontë o Tolstói delineados de puño y letra del escritor inglés.  Porque Chesterton no fue solo (y nada menos) que El padre Brown o El hombre que fue jueves, sino un biógrafo destacado y un crítico literario que se despachó con sendos ensayos sobre diferentes autores. Compartimos aquí su apreciación por otro grande del arte británico: William Blake fue poeta y pintor, acá las palabras dedicadas a él, que ocupan la mitad del libro.

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WILLIAM BLAKE

 

William Blake habría sido el primero en entender que toda biografía debería empezar con las palabras: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra». Si nos propusiéramos contar la vida del señor Jones de Kentish Town, por ejemplo, habría que tener en cuenta muchísimos siglos. Para empezar, tendríamos que comprender que el apellido Jones, siendo tan común, no es por ello un apellido vulgar, sino todo lo contrario: su difusión da cuenta de la popularidad del culto a San Juan el Divino. Sin duda, el adjetivo Kentish es un misterio, dadas sus implicaciones geográficas,1 aunque de ningún modo es tan misterioso como la terrible e impenetrable palabra town [ciudad], cuyo significado sólo estará a nuestro alcance cuando hayamos hurgado en las raíces de la humanidad prehistórica y presenciado las últimas revoluciones de la sociedad moderna. Así pues, cada término nos llega coloreado por su deriva histórica, cada etapa de la cual ha producido en él por lo menos una leve alteración. El único modo correcto de contar una historia sería comenzar por el principio… del mundo; de modo que, en pos de la brevedad, la totalidad de los libros comienza del modo incorrecto. No obstante, si Blake escribiera su propia biografía, no empezaría hablando de su nacimiento o de sus orígenes nobles o plebeyos. Ciertamente, William Blake nació en 1757 en el mercado de Carnaby… pero la biografía de Blake escrita por él mismo no habría comenzado así, sino con una larga disquisición en torno al gigante Albión, los muchos desacuerdos entre el espíritu y el espectro de aquel caballero, las doradas columnas que cubrían la tierra en sus orígenes y los leones que caminaban ante Dios en su dorada inocencia. Habría estado llena de simbólicas bestias salvajes y mujeres desnudas, de nubes monstruosas y templos colosales; y todo habría sido decididamente incomprensible, pero en ningún caso irrelevante. Los mayores acontecimientos de la biografía de Blake habrían tenido lugar antes de su nacimiento.

En cualquier caso, creo que conviene contar la vida de Blake en primer lugar y sólo después ocuparnos de los siglos que la precedieron. Ciertamente, no es fácil resistir la tentación de contar todo lo que pasó antes que Blake existiera, pero resistiré y empezaré por los hechos.

 

William Blake nació el 28 de noviembre de 1757 en la calle Broad, en la zona del mercado de Carnaby; así que, como tantos otros grandes artistas y poetas ingleses, vio la luz en Londres. Y además en un comercio, al igual que muchos filósofos célebres y místicos ardorosos. Su padre fue James Blake, un próspero vendedor de calzas. Desde luego, resulta interesante comprobar cuántos ingleses de gran imaginación surgieron de un entorno como ése. Napoleón afirmó que Inglaterra era una nación de tenderos; de haber llevado su análisis un poco más lejos podría haber descubierto por qué es también una nación de poetas. Nuestra reciente falta de rigor en la poesía y en todo lo demás se debe a que ya no somos los dependientes de la tienda, sino sus propietarios. Sea como fuere, al parecer no hay duda de que William Blake se crió en la atmósfera típica de la pequeña burguesía inglesa. Se le inculcaron modales y moral a la vieja usanza, pero nadie pensó jamás en educar su imaginación, la cual probablemente se salvó gracias a ese descuido. Se conservan pocas anécdotas de su infancia. Un día se quedó hasta muy tarde en el campo y al volver le contó a su madre que había visto al profeta Ezequiel sentado bajo un árbol. La madre lo castigó. Así concluyó la primera aventura de William Blake en el país de las maravillas del que era ciudadano.

Mientras que su progenitora parece haber sido inglesa, prácticamente no hay duda de que su padre, James Blake, era irlandés. Algunos han encontrado en esa sangre irlandesa una explicación a la potencia de su imaginación. La idea parece plausible, aunque no podría aceptarse sin reservas. Quizá sea cierto que, de estar libre de la opresión, Irlanda produciría místicos más puros que Inglaterra, pero por la misma razón produciría menos poetas. Un poeta puede permitirse ser impreciso, mientras que los místicos odian la vaguedad. Los poetas mezclan inconscientemente el cielo con el infierno, mientras que los místicos los separan, aunque disfruten de ambos. Para decirlo sumariamente: un inglés típico asocia indefectiblemente a los elfos con los bosques de la Arcadia, como Shakespeare y Keats, mientras que el típico irlandés puede imaginar ambas cosas por separado, como Blake y W. B. Yeats. Si algo heredó Blake de su estirpe irlandesa fue la solidez de su lógica. Los irlandeses son lógicos en la misma medida en que los ingleses son ilógicos. Destacan en aquellos oficios para los que se requiere la lógica, tales como las leyes o la estrategia militar. Sin duda, Blake contaba entre sus virtudes la de poseer esa clase de raciocinio. Nada en su pensamiento era amorfo o inconexo. Poseía un esquema que explicaba el universo entero, sólo que nadie más podía entenderlo.

Entonces, si Blake heredó algo de Irlanda, fue su lógica. Tal vez en su elucidación del complejo esquema del misticismo hubiera algo de la facultad que le permite al señor Tim Healy comprender las reglas de la Cámara de los Comunes. Tal vez en la súbita beligerancia con la que echó al insolente dragón de su jardín hubiera algo de aquello que garantiza el triunfo al soldado irlandés. Pero esa clase de especulaciones son fútiles porque no sabemos si James Blake era irlandés por accidente o por verdadera tradición. Y tampoco sabemos lo que es la herencia: los más recientes investigadores se inclinan a pensar que no significa nada en absoluto. Y no sabemos lo que es Irlanda, y no lo sabremos hasta que, como cualquier otra nación, sea libre para crear sus propias instituciones.

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